lunes, 6 de mayo de 2013

El chip de la vida


El chip de la vida

Un grupo de médicos, científicos y bioingenieros de las mejores universidades del mundo dieron a conocer una mañana el proyecto por el que estuvieron trabajando más de un cuarto de siglo: la creación del “chip de la vida”.

Sin pensar en las reacciones que pudiera traer consigo dicho invento, el cuerpo colegiado presentó en la conferencia de prensa, que era cubierta por los medios de comunicación más importantes a nivel internacional, el resultado de sus continuos desvelos, desbordadas pasiones y fallidas pruebas de laboratorio. El chip sería un artilugio que, según sus palabras: “cambiaría, de ahora en adelante, el destino de la humanidad”. Pero, eso sí, se decían conscientes del valor de la vida, de manera que no la tomaban como un juego ni mucho menos pretendían ser más que Dios. Todo su esfuerzo era “en beneficio de la humanidad”, según sus palabras.

Milán Takahashi, el científico que fue designado para dar la noticia, refirió las propiedades y los beneficios que obtendrían las personas que decidieran, siempre por voluntad propia, instalárselo. Pronosticaba que, en menos de cinco años y con los patrocinios suficientes, cada uno de los países podía adquirir los aparatos necesarios para su adecuado funcionamiento. Los líderes nacionales que dotaran en su administración pública los servicios de salud para la instalación y el mantenimiento gratuito del chip, tenían más que asegurada su permanencia en el poder.

La primera característica del invento mencionado por Takahashi era un sistema que permitía la ubicación exacta de la persona, a través de un posicionamiento geosatelital, misma que podía ser obtenida desde una página en internet, aún en construcción; resguardada por “vigilantes de la salud”, personas que trabajarían para controlar y mantener estables y con buena saludo a todos los portadores del artilugio. Lo segundo, es que el chip ofrecía un análisis y seguimiento, segundo a segundo, de los signos vitales de la persona. Programaba, de acuerdo a las necesidades de cada usuario, un análisis frecuente de la condición médica de cada uno de los sistemas del cuerpo humano, con la finalidad de situar cualquier descompensación fisiológica y evitar futuras enfermedades. Por si fuera poco, el chip estaba dotado para indicar cualquier situación que pusiese en riesgo la sanidad del portador. Si bien no podía combatir aún los paros respiratorios, infartos o embolias, emitía, minutos antes de que sucediesen, una leve sensación de hormigueo en todo el cuerpo, alertando así a la persona y recibir con mayor prontitud los primeros auxilios (previo envío de una ambulancia, por los “vigilantes de la salud”), teniendo una mayor probabilidad de salvar su vida.

Decidieron nombrarlo “el chip de la vida” porque con cada una de las acciones que podía llevar a cabo aumentarían de forma potencial el estándar y calidad de la misma. Aunque aún no evitaba las muertes accidentales, los asesinatos o los suicidios, sus inventores pronosticaban el interés y desarrollo de la ingeniería biomédica en el mundo gracias a su invento, en aras de llevar a cada país, a cada habitante, la posibilidad real de prolongar su vida por mucho más tiempo. Takahashi dio por terminada la conferencia presentando a Stephen Reichel, la primera persona con el chip instalado. Aunque no se le permitió a la prensa hacer alguna pregunta al ciudadano, éste expresó unas palabras: “Los invito a protagonizar junto conmigo la nueva era”.

Después de la noticia, las personas quedaron a la expectativa de lo que consideraban “el invento del siglo”. Representantes de los laboratorios médicos y químicos más importantes se arremolinaron en las instalaciones donde se llevaba a cabo la investigación, esperando poder tener en sus manos la patente y con ello la producción infinita y su distribución a gran escala. Ricos, empresarios y mandatarios, voltearon la mirada e impulsaron como nunca a las ciencias médicas y a la infraestructura tecnológica. Varias universidades instauraron en sus aulas cursos, talleres, diplomados y hasta nuevas carreras afines a la ciencia biomédica.

Por su parte, la Iglesia –que para todo tiene una opinión– protestó en contra de los científicos creadores de tan “infernado invento”, además de pregonar en la feligresía que su uso era ir en contra de la voluntad de Dios. Quien osara instalarse el “diabólico circuito”, estaría perjurando el designio divino. Por otro lado, los humanistas, cultos, filósofos y letrados –quienes eran los menos claros a la hora de definir “vida”– comenzaron a reinterpretar el concepto, como queriendo reavivar el debate que hasta hace poco parecía acabado sobre el ser y su existencia. Sea cual fuere la trinchera de pensamiento, todos estaban a la expectativa de saber los costos, cuidados y demás parafernalia que traería consigo el uso del sorprendente instrumento.

Con el paso del tiempo, en los países subdesarrollados, el implante médico-electrónico fue instalado a un porcentaje mínimo de las poblaciones. Millonarios, artistas de televisión y figuras del medio político, tenían la dicha de perpetuar su salud por muchos años más, y con ello continuar amasando su fortuna. Protestas, marchas y plantones con motivo de la desigualdad de oportunidades para la instalación del chip no se hicieron esperar. Bajo las consignas “el chip al pueblo”, “nosotros pagamos por tu chip, político, ahora tú paga por el nuestro”, “los de arriba viven más con el chip, los de abajo morimos peor sin él” entre otras tantas, los ciudadanos exigían al Estado políticas públicas que permitieran y gestionaran la gratuidad del chip, o de menos, los instrumentos necesarios en cada hospital público para que la intervención quirúrgica no fuera exclusiva de los hospitales privados.

El mercado negro –que todo lo fabrica– hizo del deseo y la necesidad de la gente de poseer un chip el negocio perfecto. Pronto supieron descifrar la configuración del circuito integrado, además de su programación e instalación médica, para elaborar chips genéricos a un menor costo y con las mismas o más propiedades. Poco pudieron hacer los organismos mundiales de salud para detener la comercialización de “chips piratas”. Las campañas publicitarias para erradicar su compra y venta ilegal fueron ineficientes ante la propagación de centros clandestinos para su instalación. Todos querían tener la oportunidad de aumentar más de veinte años su vida, según las estadísticas ofrecidas por un estudio socio-científico publicado por la revista Biosalud, una de las más reconocidas en el medio de la salud y la ciencia.

Pasado un lustro, la compañía Hoechst-Rhône presentó la “revolución del chip”, al ser los responsables del primer implante de circuitos integrados simbióticos. Los individuos Philippe y Nathalie –no se dieron sus apellidos–, fueron la primera pareja en la historia que decidió someterse a tal operación. La novedad que presentaba el invento era la posibilidad de acompañar a la pareja en el lecho de su muerte, es decir, que en cuanto una de las personas portadoras falleciese su chip emitiría una última señal, misma que llegaría al chip del otro portador para generar el bloqueo de las fibras haz de his (las cuales se encargan de transportar impulsos eléctricos al corazón), suspendiendo los latidos cardiacos, provocando la muerte del otro portador en cuestión de minutos.

Defensores de los derechos humanos, moralistas y combatientes pro vida reprobaron las acciones de la compañía pues, según éstos, se habían rebasado los límites establecidos con la supuesta innovación del “chip de la vida”. El portavoz de la empresa envió un comunicado al respecto, donde se hacía referencia que Hoechst-Rhône no obligaba a ninguna persona a consumir su producto, sino que, por el contrario, ofrecían una posibilidad real a millones de personas de acompañar a su ser amado más allá de la muerte. “Somos una opción si es tu decisión”, fue la frase que adoptó la compañía como slogan para la venta de su producto. En plazas comerciales y tiendas departamentales, se abrieron  locales para adquirir y promocionar el producto. Las autoridades se hicieron, como quien dice, “de la vista gorda”, aceptando sobornos económicos o la instalación gratuita de chips a familiares y amigos a cambio de su silencio y firma para aprobar la apertura de más clínicas. Otro tanto de la población, gente de la tercera edad, se dijeron agradecidos por tener la posibilidad de morir a la par que su pareja. No se imaginaban, y no querían, pasar el resto de su vida en duelo. Preferían la muerte a la nostalgia constante del recuerdo de la vida que pasaron acompañados de su ser amado.

A su vez, en la telefonía móvil, un grupo de hackers lograron colocar en el mercado de aplicaciones para los celulares, un programa que permitiera registrar la ubicación del la otra persona, sólo con el código de identidad que poseía cada chip. Celosos y celosas –que por todos lados se cuecen habas–, hicieron de la aplicación la herramienta de su preferencia para tener ubicada a la pareja en todo momento. No faltaron los y las que descubrieron al amor de su vida en un motel. No faltaron los y las que terminaron con su relación porque descubrieron a su pareja siguiéndolos a todas partes. Tampoco faltaron los primeros muertos por el chip simbiótico a raíz de una pelea con la pareja, como el extraño caso de suicidio-homicidio de Berenice y Joaquín. Ella descubrió que su pareja le fue infiel, y como castigo, decidió suicidarse el mismo día en que descubrió tan importunada verdad, y así, quitándose la vida, dejó sin función el chip de su compañero, quien fue sorprendido mientras trabajaba. Falleció casi al instante. Dicen que los peritos encontraron una carta hecha por ella, en su casa, donde describía todo el odio y frustración de saberse engañada, y más, con una mujer mucho más joven que ella. “Si ya no quería ser mío, ¿por qué no decirlo? Pues bien, si mío no es, entonces de nadie”.    

Sea como fuere, el chip de la vida había logrado ser un parteaguas en la historia de la humanidad, en la vida cotidiana, en la forma de amar y de relacionarse. Usted: ¿se lo instalaría?

Rodrigo O´Gorman

1 comentario:

  1. Buenísima idea y gran desarrollo, pero un poco botado.
    En principio, "el chip de la vida" no suena tan (TAN) sorprendente como para generar una revolución social y opiniones de todos lados. En principio se resumen sus acciones a "monitorear" y "avisar". El asunto es que ya existen chips médicos que hacen eso y, además, suministran medicina al portador y se usan para diabéticos (la realidad superó a la ficción).
    La función del marcapasos es similar.
    Para que se hagan marchas pro-chip y TODO mundo desee tenerlo, debes convertirlo en un objeto utópico (esa es la exageración de la que hablábamos de Arreola con Plastisex y Baby Horse-Power, las muñecas son robots que además hablan y tienen miel en los senos, los bebés, según esto, con su movimiento generan energía y todos los papás sabrán la conveniencia de esto).
    El chip debería ser un objeto milagroso: adelgaza al portador, lo hace alto, le altera el color de cabello y ojos, le arregla la dentadura, le alarga el pene -y en consecuencia, hay mujeres que se estrechan la vagina, porque creen que es bueno-.
    Juega con el típico "la gente no puede tener todo lo que quiere, porque no sabe lo que quiere".
    El chip revolucionado tampoco parece muy coherente. Define el perfil de los que se instalarían el chip de "corazón roto" (por llamarlo de algún modo, porque se parece al síndrome de corazón roto). Así como, en un detalle buenísimo y tierno, hay viejitos que agradecen el chip, ¿qué pasa con aquellos que están esperando la muerte de su pareja porque toda su vida ha sido un martirio? Existe con más frecuencia que lo primero.
    El suicidio homicidio es genial.
    No opines con las líneas como "la iglesia -que opina de todo-" o algo así, o los celosos y celosas o el mercado negro. Es como si pusieras al autor en un pedestal de conocimiento, deja que eso lo deduzca el lector sólo con saber lo que opinaron esos sectores.
    Lo que es un gran detalle es que no sea un chip impuesto por el gobierno.
    El cierre francamente demerita. Terminar con una pregunta directa al lector es para comerciales. ¿Qué tal si todo lo escrito es del folleto de la historia del chip que te dan cuando te lo vas a implantar? ¿Qué si es un anuncio y después dices que a continuación darás la dirección y teléfonos para la instalación, pero sin darlos terminas el cuento?
    Y hay un pedillo con los verbos. ¿El chip existió y ya no existe o el chip se anunció hace poco? Tienes una frase por ahí del estilo "el chip de la vida había sido..." ¿había sido?, ¿fue?, ¿"es, desde entonces"?.
    Mejor que el anterior.

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