martes, 13 de agosto de 2013

Algo muy grave va a suceder con PEMEX

algo muy grave va a suceder con pemex 
Para Gabo.

Imagínese usted un país variopinto donde hay una madre soltera, pero “de las luchonas”, que tiene dos hijos. El primero de ellos, “Rubencito” –como así le ha dicho su madre desde que lo tuvo en brazos– acaba de ingresar a la universidad y el segundo de ellos, Omar a secas, está por terminar el último año en la secundaria. Continuando con el ejercicio imaginativo, la señora comienza a servir la comida con gesto huraño en la cara, que bien podríamos traducir como un “cada vez alcanza para menos”. Mientras se disponen a comer, el hijo mayor rompe el silencio:

– Un compa de la escuela me dijo que algo muy grave va a suceder con PEMEX.

La madre se mostró indiferente, como si no hubiera escuchado las palabras de su Rubencito. Omar se preguntó a sí mismo de qué podría tratarse eso de PEMEX. Al final de la comida, la madre se levantó para llevar los trastos al lavaplatos, tomar sus cosas para el segundo trabajo, decirle a Omar que le confiscaría la consola de videojuegos hasta que terminara con su tarea y deberes en casa, y se despidió con una severa advertencia, mirada fija en los ojos de su más grande tesoro: “Donde me entere que andas de revoltoso en la universidad, te meto a trabajar”. La madre comienza las labores en su segundo trabajo como “asociada de ventas”, para una cadena de minisúper, y tira una caja con frascos de mayonesa que se disponía a acomodar, por lo que su compañera le dice:

–´Ora tú, ¿qué te trais?

La mujer se pendejea a sí misma, comienza a levantar los frascos que se salvaron de estrellarse en el piso y le responde a su compañera:

–Nada, sólo me quedé con la preocupación de algo que dijo mi hijo a la hora de la comida. Según le dijeron en la universidad que algo muy grave va a suceder con PEMEX.

Su compañera de trabajo niega con la cabeza mientras suelta una sonrisa, misma que no tardó en transformarse en una breve pero incrédula risa. Después de hacer corte de caja con la mamá de Rubencito, dicha compañera regresa a casa, donde ya se encuentra su esposo. Como queriendo transmitir la escena de la tarde, ella le dice:

–¿´Ora con qué crees que salió la Martha?
–¿Con qué? –respondió el esposo, quien veía televisión, más por seguirle la plática que por saber qué fue lo que había pasado.
–A la mensa se le cayó una caja de mayonesa que iba a rotar, tuvo que limpiar y pagar como tres que se rompieron del chingadazo y otros cuatro que quedaron estrellados y ya ves que así no se los lleva la gente.
–¿Y por qué se le cayeron? –volvió a preguntar, con el mismo tono indiferente, el esposo.
–Que por que según le dijeron a su hijo en la universidad que algo muy grave va a suceder con PEMEX.
–Pues igual y hay que hacerle caso al morro ese –respondió el esposo, para sorpresa de ella–.Ves que ahí en la universidad les dicen cosas que nosotros ni por enterados.

Entrada la mañana, el esposo sale al trabajo y se percata que no tiene gasolina suficiente para llegar, por lo que se dispone a cargar en la primera gasolinería que encuentra en su camino. Así lo hace y le dice al despachador:

–Échale cien pesos –y en el momento en que el despachador está por terminar de cargar gasolina, el esposo le grita para que lo escuche– Sabes qué, mejor ponle los trescientos pesos, porque andan diciendo que algo muy grave va a suceder con PEMEX y más vale prevenir que luego andarla mentando.

El despachador termina de cargarle gasolina, recibe el billete y entrega el cambio para, momentos después, decirle a todo aquel conductor que se estacionara en la bomba que él despachaba:

–Yo que usted, patrón, mejor llenaba el tanque porque la gente anda diciendo que algo muy grave va a suceder con PEMEX, y todos andan llenando sus tanques.

“Entonces llénelo, joven”, fue la frase que más escuchó en aquel día, además de ver acrecentados sus bolsillos con propinas en agradecimiento por decir su “información ultra secreta”. Viendo el resultado de aquel día, pronto pasa el consejo a su compañero de trabajo, y éste a otro y así hasta que todos los despachadores de la gasolinería lo decían a cuanto conductor cargaba gasolina, y éstos a los despachadores de otras gasolinerías, y así hasta que llegó el momento en que todos los ciudadanos del país tenían plena consciencia de que algo muy grave va a suceder con PEMEX. Los rumores llegan a oídos de millonarios que tienen contratos con la petrolera y a oídos de personas que trabajan para ésta, el rumor tambalea por unos instantes la bolsa nacional de valores y, según escucharon decirle a alguien, eso muy grave que va a suceder con PEMEX produjo una llamada del presidente vecino para preguntarle a su homólogo: How that something very serious is going to happen with PEMEX?

Intentando resarcir el daño, desmentir a propios y extraños, y apaciguar la calma de la ciudadanía, el presidente del país variopinto hace un anuncio, mediante el vocero de la presidencia a la prensa, de que daría un anunció en la noche con motivo de la “resiente preocupación que preocupa –así, tal cual– a los ciudadanos y ciudadanas”. A través de los medios de comunicación, la noticia del discurso del presidente se expandió casi a la misma velocidad que el rumor de que algo muy grave va a suceder con PEMEX. Para la tarde, en alguna de las cantinas del variopinto país, podía escucharse una plática:

–¿Qué será lo que tendrá que decir el preciso?
–¡Puras chingaderas, como siempre!
–Pero, date cuenta –contestó el primero–, nunca se había visto tan preocupado al presidente.
–Si siempre ha tenido esa cara de pendejo.
–Sí, pero ahora tiene cara de pendejo preocupado.

Para la noche, el país entero se concentraba en sus casas, escuelas, trabajos y demás lugares donde pudiera ver, o de menos escuchar, el anuncio presidencial:

–Ciudadanos muy buenas noches. Me dirijo a ustedes con la emoción pero sobretodo con la firme convicción de que el gobierno de la república hoy dará a conocer una noticia en relación a PEMEX y que resulta trascendental para el desarrollo de nuestro país…

Y todos los ciudadanos, expectantes, comienzan a decir para sus adentros y afueras:

–Valimos verga.
–Yo por eso les dije que no votaran por ese pendejo.
–Ya ni la muelan los que vendieron su voto por una pinche despensa.
–Ahora sí vamos a saber lo que es adorar a Dios en tierra de indios.
–¡Pinche sistema capitalista de mierda!
–PEMEX no se vende.
–Vale madres.

Y así, uno tras uno, exponen cada una de sus interpretaciones, mismas que llevan a todo el país a pensar en qué es lo que dirá el presidente. Y en uno de aquellos departamentos, de una de aquellas inhóspitas unidades habitacionales, de aquella mancha urbana, de aquel país variopinto con la ciudad más grande del mundo, un par de hermanos se encuentra viendo el anuncio presidencial por la televisión mientras se disponen a cenar. Y el mayor de ellos le dice al otro:


–¿Ves, Omar? Lo que me dijeron era cierto: Algo muy grave va a suceder con PEMEX, y mamá tachándome de revoltoso.

Rodrigo O´Gorman


lunes, 6 de mayo de 2013

El chip de la vida


El chip de la vida

Un grupo de médicos, científicos y bioingenieros de las mejores universidades del mundo dieron a conocer una mañana el proyecto por el que estuvieron trabajando más de un cuarto de siglo: la creación del “chip de la vida”.

Sin pensar en las reacciones que pudiera traer consigo dicho invento, el cuerpo colegiado presentó en la conferencia de prensa, que era cubierta por los medios de comunicación más importantes a nivel internacional, el resultado de sus continuos desvelos, desbordadas pasiones y fallidas pruebas de laboratorio. El chip sería un artilugio que, según sus palabras: “cambiaría, de ahora en adelante, el destino de la humanidad”. Pero, eso sí, se decían conscientes del valor de la vida, de manera que no la tomaban como un juego ni mucho menos pretendían ser más que Dios. Todo su esfuerzo era “en beneficio de la humanidad”, según sus palabras.

Milán Takahashi, el científico que fue designado para dar la noticia, refirió las propiedades y los beneficios que obtendrían las personas que decidieran, siempre por voluntad propia, instalárselo. Pronosticaba que, en menos de cinco años y con los patrocinios suficientes, cada uno de los países podía adquirir los aparatos necesarios para su adecuado funcionamiento. Los líderes nacionales que dotaran en su administración pública los servicios de salud para la instalación y el mantenimiento gratuito del chip, tenían más que asegurada su permanencia en el poder.

La primera característica del invento mencionado por Takahashi era un sistema que permitía la ubicación exacta de la persona, a través de un posicionamiento geosatelital, misma que podía ser obtenida desde una página en internet, aún en construcción; resguardada por “vigilantes de la salud”, personas que trabajarían para controlar y mantener estables y con buena saludo a todos los portadores del artilugio. Lo segundo, es que el chip ofrecía un análisis y seguimiento, segundo a segundo, de los signos vitales de la persona. Programaba, de acuerdo a las necesidades de cada usuario, un análisis frecuente de la condición médica de cada uno de los sistemas del cuerpo humano, con la finalidad de situar cualquier descompensación fisiológica y evitar futuras enfermedades. Por si fuera poco, el chip estaba dotado para indicar cualquier situación que pusiese en riesgo la sanidad del portador. Si bien no podía combatir aún los paros respiratorios, infartos o embolias, emitía, minutos antes de que sucediesen, una leve sensación de hormigueo en todo el cuerpo, alertando así a la persona y recibir con mayor prontitud los primeros auxilios (previo envío de una ambulancia, por los “vigilantes de la salud”), teniendo una mayor probabilidad de salvar su vida.

Decidieron nombrarlo “el chip de la vida” porque con cada una de las acciones que podía llevar a cabo aumentarían de forma potencial el estándar y calidad de la misma. Aunque aún no evitaba las muertes accidentales, los asesinatos o los suicidios, sus inventores pronosticaban el interés y desarrollo de la ingeniería biomédica en el mundo gracias a su invento, en aras de llevar a cada país, a cada habitante, la posibilidad real de prolongar su vida por mucho más tiempo. Takahashi dio por terminada la conferencia presentando a Stephen Reichel, la primera persona con el chip instalado. Aunque no se le permitió a la prensa hacer alguna pregunta al ciudadano, éste expresó unas palabras: “Los invito a protagonizar junto conmigo la nueva era”.

Después de la noticia, las personas quedaron a la expectativa de lo que consideraban “el invento del siglo”. Representantes de los laboratorios médicos y químicos más importantes se arremolinaron en las instalaciones donde se llevaba a cabo la investigación, esperando poder tener en sus manos la patente y con ello la producción infinita y su distribución a gran escala. Ricos, empresarios y mandatarios, voltearon la mirada e impulsaron como nunca a las ciencias médicas y a la infraestructura tecnológica. Varias universidades instauraron en sus aulas cursos, talleres, diplomados y hasta nuevas carreras afines a la ciencia biomédica.

Por su parte, la Iglesia –que para todo tiene una opinión– protestó en contra de los científicos creadores de tan “infernado invento”, además de pregonar en la feligresía que su uso era ir en contra de la voluntad de Dios. Quien osara instalarse el “diabólico circuito”, estaría perjurando el designio divino. Por otro lado, los humanistas, cultos, filósofos y letrados –quienes eran los menos claros a la hora de definir “vida”– comenzaron a reinterpretar el concepto, como queriendo reavivar el debate que hasta hace poco parecía acabado sobre el ser y su existencia. Sea cual fuere la trinchera de pensamiento, todos estaban a la expectativa de saber los costos, cuidados y demás parafernalia que traería consigo el uso del sorprendente instrumento.

Con el paso del tiempo, en los países subdesarrollados, el implante médico-electrónico fue instalado a un porcentaje mínimo de las poblaciones. Millonarios, artistas de televisión y figuras del medio político, tenían la dicha de perpetuar su salud por muchos años más, y con ello continuar amasando su fortuna. Protestas, marchas y plantones con motivo de la desigualdad de oportunidades para la instalación del chip no se hicieron esperar. Bajo las consignas “el chip al pueblo”, “nosotros pagamos por tu chip, político, ahora tú paga por el nuestro”, “los de arriba viven más con el chip, los de abajo morimos peor sin él” entre otras tantas, los ciudadanos exigían al Estado políticas públicas que permitieran y gestionaran la gratuidad del chip, o de menos, los instrumentos necesarios en cada hospital público para que la intervención quirúrgica no fuera exclusiva de los hospitales privados.

El mercado negro –que todo lo fabrica– hizo del deseo y la necesidad de la gente de poseer un chip el negocio perfecto. Pronto supieron descifrar la configuración del circuito integrado, además de su programación e instalación médica, para elaborar chips genéricos a un menor costo y con las mismas o más propiedades. Poco pudieron hacer los organismos mundiales de salud para detener la comercialización de “chips piratas”. Las campañas publicitarias para erradicar su compra y venta ilegal fueron ineficientes ante la propagación de centros clandestinos para su instalación. Todos querían tener la oportunidad de aumentar más de veinte años su vida, según las estadísticas ofrecidas por un estudio socio-científico publicado por la revista Biosalud, una de las más reconocidas en el medio de la salud y la ciencia.

Pasado un lustro, la compañía Hoechst-Rhône presentó la “revolución del chip”, al ser los responsables del primer implante de circuitos integrados simbióticos. Los individuos Philippe y Nathalie –no se dieron sus apellidos–, fueron la primera pareja en la historia que decidió someterse a tal operación. La novedad que presentaba el invento era la posibilidad de acompañar a la pareja en el lecho de su muerte, es decir, que en cuanto una de las personas portadoras falleciese su chip emitiría una última señal, misma que llegaría al chip del otro portador para generar el bloqueo de las fibras haz de his (las cuales se encargan de transportar impulsos eléctricos al corazón), suspendiendo los latidos cardiacos, provocando la muerte del otro portador en cuestión de minutos.

Defensores de los derechos humanos, moralistas y combatientes pro vida reprobaron las acciones de la compañía pues, según éstos, se habían rebasado los límites establecidos con la supuesta innovación del “chip de la vida”. El portavoz de la empresa envió un comunicado al respecto, donde se hacía referencia que Hoechst-Rhône no obligaba a ninguna persona a consumir su producto, sino que, por el contrario, ofrecían una posibilidad real a millones de personas de acompañar a su ser amado más allá de la muerte. “Somos una opción si es tu decisión”, fue la frase que adoptó la compañía como slogan para la venta de su producto. En plazas comerciales y tiendas departamentales, se abrieron  locales para adquirir y promocionar el producto. Las autoridades se hicieron, como quien dice, “de la vista gorda”, aceptando sobornos económicos o la instalación gratuita de chips a familiares y amigos a cambio de su silencio y firma para aprobar la apertura de más clínicas. Otro tanto de la población, gente de la tercera edad, se dijeron agradecidos por tener la posibilidad de morir a la par que su pareja. No se imaginaban, y no querían, pasar el resto de su vida en duelo. Preferían la muerte a la nostalgia constante del recuerdo de la vida que pasaron acompañados de su ser amado.

A su vez, en la telefonía móvil, un grupo de hackers lograron colocar en el mercado de aplicaciones para los celulares, un programa que permitiera registrar la ubicación del la otra persona, sólo con el código de identidad que poseía cada chip. Celosos y celosas –que por todos lados se cuecen habas–, hicieron de la aplicación la herramienta de su preferencia para tener ubicada a la pareja en todo momento. No faltaron los y las que descubrieron al amor de su vida en un motel. No faltaron los y las que terminaron con su relación porque descubrieron a su pareja siguiéndolos a todas partes. Tampoco faltaron los primeros muertos por el chip simbiótico a raíz de una pelea con la pareja, como el extraño caso de suicidio-homicidio de Berenice y Joaquín. Ella descubrió que su pareja le fue infiel, y como castigo, decidió suicidarse el mismo día en que descubrió tan importunada verdad, y así, quitándose la vida, dejó sin función el chip de su compañero, quien fue sorprendido mientras trabajaba. Falleció casi al instante. Dicen que los peritos encontraron una carta hecha por ella, en su casa, donde describía todo el odio y frustración de saberse engañada, y más, con una mujer mucho más joven que ella. “Si ya no quería ser mío, ¿por qué no decirlo? Pues bien, si mío no es, entonces de nadie”.    

Sea como fuere, el chip de la vida había logrado ser un parteaguas en la historia de la humanidad, en la vida cotidiana, en la forma de amar y de relacionarse. Usted: ¿se lo instalaría?

Rodrigo O´Gorman

martes, 16 de abril de 2013

Si supieras (cuento)


Si supieras
Para Marcos

Imagina que, al borde de la barra, un hombre bebe y piensa:

Quiero lo que no quieres. Tu negativa es lluvia torrencial que no permite encender esta fogata de leños secos. Y más todavía, cuando indiferente, flama que me confundes, te convoco de nuevo por mi gracia, y con ansias me conduzco por el derrotero que, ilusionado, llegue a cruzarse algún día con el tuyo. Aunque tu ausencia la tolero por un tiempo, la distancia sobre distancia provoca en mí un ardor negado, y así, ardor tras ardor, vas sofocando todas nuestras vidas posibles que no serán porque no quieres. A duras penas hilo mis ideas, y con éstas me inspiro para imaginar tus contornos, capturarlos con los ojos, y explorarlos apenas con las yemas de los dedos. Desnuda mi deseo lo que desnudar no quiere tu capricho. De tu cuerpo las quimeras, salamandras flamígeras, que son tentación dolorosa para el que te conozca, trampa sui géneris del erotismo, y sempiterna inseguridad de quien las acoja. Y te odio, como odio desde ahora revivir aquel momento que tierra pone sobre tierra, para obligar a no encenderme nunca. Poco importa. Quemarme quiero, pues cenizas yo, me acercaré por fin a tu cuerpo, para encender la mecha. Con mi lengua polvorienta sabré consumir tus placeres; un ardor descubriré en tu vientre, y nos enroscaremos para renacer la alquimia; y tus piernas rodearán mi tronco, cada uno de mis leños, al tiempo que nos abrasamos y enunciamos las más tentadoras alabanzas y los más pasionales cantos. El fuego de tu hoguera buscará expandirse, porque de no hacerlo habrá de extinguirse. Negar no podrás ya que quisieras dejar negarme como me niegas, pues de escuchar todo lo que te digo, querrás ya ni extraviarme. Entonces, nuestro encuentro comenzará con un ígneo mirar, para incendiarnos luego.

Amanece, el frío de agosto remueve su recuerdo, mas no lo sabores insípidos. Sobre la barra, una cartera es abierta con la ayuda del cantinero. Entre los billetes, arrugado desde el centro hasta las puntas, sobresale un papel cuadriculado que tiene escrito las palabras de Arreola: “Se alquila paraíso en ruinas”. 
Rodrigo O´Gorman

domingo, 7 de abril de 2013

Nadar en las nubes


Nadar en las nubes
Para Vicente Quirarte:
“Pisar en el aire”.

Aprendí a nadar por miedo. El viaje que planearon mis papás a Acapulco terminó con una escena de llanto mío por no querer entrar al mar, un regaño de mamá a papá por intentar obligarme, y una desaprobación de él por mi cobardía. Esa misma semana, al regresar del viaje, mis papás me inscribieron a un curso de natación. Entré con las piernas temblando como gelatina, limpiando una y otra vez los goggles que se empañaban con el vapor de la alberca. La maestra me colocó un par de inflables en los brazos y me pidió que entrara con cuidado. Entonces fui advertido por el grito de Ulises: “¡Al agua patos!”, quien terminó por darme un empujón que me hizo perder el equilibrio y caer al agua. La profesora me sacó a flote mientras regañaba al niño, quien también se metió al agua entre risas. Al final del día, ya en las regaderas, Ulises se acercó a mí para pedirme disculpas. “Lo siento, pero fue divertido”. 
Con el paso de las semanas mi relación con el agua fue cambiando. Comenzaron a desaparecer esas pesadillas nocturnas donde terminaba navegando solo y a la deriva, con olas gigantescas intentando destruir el barco en que viajaba. Papá me compró un libro de animales marinos, con los que quedé fascinado por sus múltiples formas, tamaños y colores. Mamá me hablaba por las noches, a la hora de acostarme, de esos seres fantásticos como las nereidas y los tritones, provocando en mi imaginación la posibilidad de encontrarme con alguno por irreales que fuesen.
También cambió mi relación con Ulises. Los primeros días seguía enfadado por lo que me había hecho. Mientras yo aprendía a nadar “de perrito”, veía cómo él nadaba en un crol perfecto, como si el agua supiera desplazarse por su cuerpo. Era el más rápido de todos nosotros. Había ganado una medalla de bronce en el concurso estatal del año pasado, y estaba dispuesto a todo con llevarse a casa la medalla de oro del próximo concurso regional. Nuestra amistad inició casi un mes después de haberme inscrito al curso. Cuando comenzaba a practicar el estilo crol, la maestra de natación le pidió que me explicara cómo debía hacer la técnica de deslizamiento, pues parecía que sólo golpeaba el agua con las manos.
    ¿Has jugado con arena?
    Una vez, cuando salí de vacaciones.
    ¿Es como la arena con que construyen las casas?
    Parecida.
Él me confesó que, a pesar de ser un buen nadador, no había conocido aún el mar. Pero mayor fue mi sorpresa cuando me dijo por qué estaba en la natación. “Mis papás no me quieren en casa”. Aseguraba que si por ellos fuera, él pasaría todo el día en la calle con tal de no causarles problemas.
        ¿A ti por qué te metieron?
        Porque me daba miedo el mar.
        ¿Y ya no te da miedo?
        Todavía, más cuando lo sueño.

***
No sé cómo es la vida de los niños cuyos padres no los aman. A veces papá y mamá tenían diferencias, pero nunca las trataban si yo estaba presente. Preferían discutir en la noche, cuando pensaban que ya estaba dormido, o en las horas que me encontraba en la escuela. En ocasiones desobedecía, pero nunca llegaron a golpearme. Creo que el regaño más fuerte fue una vez que no quise recoger mis juguetes y papá iba a tirarlos. Al querer levantarme de la cama, mamá me miró enfadada y con la mano en alto, como haciendo el ademán de un golpe, cosa que me hizo romper en llanto. Por suerte no los tiraron, ni me pegaron. Sé que si ellos me metieron a la natación no fue porque me quisieran lejos de casa, sino para enfrentar mi miedo.
Sin embargo, no podía decir lo mismo de Ulises. Él aseguraba que su nacimiento había sido un error. Que sus papás no se querían y que se habían juntado sólo por obligación. Su mamá lo regañaba a cada momento, un par de ocasiones llegó a decirle que era un tonto, un inútil. Su papá le pegaba si sacaba malas calificaciones o cometía alguna travesura. La orientadora de su escuela les propuso que lo inscribieran en la natación, para que el niño pudiese salir de ese ambiente conflictivo en el que vivía y pudiera lograr una estabilidad emocional e incluso algún reconocimiento que lo ayudara a levantar su autoestima.
Con el tiempo, Ulises se había convertido en más que un compañero de natación. Aunque no íbamos juntos en la misma escuela, podíamos platicar varias cosas durante el calentamiento o al finalizar la clase. Me explicaba cosas que no entendía de alguno de los estilos que la profesora nos enseñaba a cambio de convidarle de mi bolsa de frituras que mamá me compraba a la salida. Después de pedírselos insistentemente, los papás de Ulises aceptaron que él fuera a mi casa para pasar la noche.
Aquel día resultó inolvidable. Lo primero que hicimos fue jugar videojuegos. Jugamos uno contra uno, él ganó tres partidos y yo cuatro, para después disputar con la selección nacional la copa mundial. La ganamos contra Brasil con gol de oro en tiempos extras. Éramos la mancuerna perfecta porque Ulises sabía driblar a los contrincantes, conduciendo el balón por una de las bandas de la cancha mientras yo me acercaba al centro del área para esperar su servicio y anotar. Al terminar comimos hamburguesas y papas fritas que, por la ocasión, le había pedido a mamá que las cocinara. Ulises se comió como tres y aún le quedó espacio para comerse unas palomitas que mamá nos preparó para ver en la televisión un programa sobre los animales misteriosos que habitan en el fondo del mar. Quedamos maravillados al ver aquellas especies acuáticas desconocidas. Tal vez las nereidas y los tritones eran reales y estaban junto con aquellos animales, en lo más profundo.
– De grande me gustaría ser buzo.
– Para ti es fácil, no le tienes miedo al agua.
– ¿A ti qué te gustaría ser de grande?
– No sé, me gusta aprender de animales marinos, pero no podría nadar tan profundo.
– ¿Y si formamos un equipo? Yo nadaría y tú escribirías sobre ellos. Me dices que eres muy bueno en la clase de español.
Estrechamos las manos como símbolo de una promesa, como dos adultos pactando un negocio multimillonario. Algo me decía que él se convertiría en un extraordinario buzo y me platicaría de todos los animales que encontraría en el mar. Terminamos de ver los documentales y fuimos a mi habitación. Ulises quedó maravillado, de inmediato hojeó el libro que papá me había comprado y quiso jugar con el parque acuático miniatura, mi último regalo de cumpleaños, que tenía sobre el ropero. Su animal favorito era el tiburón blanco. “Este será el primero que buscaremos cuando grandes”, decía, y yo podía confiar en su palabra. 

***
Un día descubrí con tristeza que Ulises no era del todo un buen amigo. No sé cuántas semanas habían pasado desde que él se quedó en mi casa. Me di cuenta que le hacían falta dos piezas al parque acuático miniatura con el que jugamos aquella vez: el buzo y el tiburón blanco. Él se percató de mi molestia porque no le hablé en toda la clase. Al salir, Ulises se acercó para preguntarme si me sentía bien. Le reproché.
– Pensé que eras mi amigo. Pero los amigos no roban.
– Yo no te robé nada.
– Te llevaste mis miniaturas. Dámelas
– ¿Y si no las tengo yo, chismoso? Busca bien.
– Ya busqué. Dámelas o si no le diré a la profesora lo que me dijiste ese día.
Ulises se sonrojó de inmediato. Podía revelar su secreto. Hacerlo pasar por un momento incómodo con la maestra de natación. Y si ella se lo decía a sus papás, bien podrían cambiarlo de escuela. Era más que un secreto. A él no sólo le gustaba la profesora, era un adulto que lo entendía, al que le podía platicar cosas sin sentirse como un tonto, una mujer que se sentía orgullosa de él por el esfuerzo que dejaba en cada competencia; lo hacía sentirse querido, animado a superar sus tiempos, a mejorar sus estilos. Le prometió llevarlo a las competencias regionales que se llevarían a cabo en Acapulco. Ulises tendría la oportunidad de conocer el mar. A él le encantaba ser el favorito de la clase, el nadador consentido de ella. No podía arriesgarse.
– Está bien, yo los tengo. Pero no le digas nada.
– Nunca le hubiera dicho nada. 
– Es que me gustaron y pensé que no te darías cuenta.
– Quédatelos, pero prométeme que no robarás nunca.
– Te lo prometo.   
Al salir de la clase de natación, Ulises me dijo que a cambio de las miniaturas, quería que ahora yo fuera quien pasara una noche en su casa. En ese momento entendí que las amistades pueden pasar por momentos difíciles porque si no pasaran por problemas no sabríamos qué tan valiosas son para nosotros.

***
El día más triste que pasé con Ulises fue cuando estuve en su hogar. Era la primera vez que me quedaba en una casa ajena. Pensé que nos divertiríamos igual o mejor que cuando estuvimos en la mía. Estaba equivocado. Al llegar de la natación, quisimos jugar videojuegos, pero la mamá de Ulises lo puso a preparar la mesa para la comida. Terminamos de comer y cuando quisimos ver la televisión, le dijo que primero debía lavar los trastes. Me sorprendió que él no reprochara. Le ayudé a limpiar la mesa y cuando no quedó ni un plato más en el fregadero, fuimos a su cuarto para ver las caricaturas, porque su mamá estaba ocupando la televisión de la sala. En los comerciales volteaba a verlo, como esperando que él me dijera que se sentía apenado de no poder hacer todas las cosas que habíamos planeado para ese día. Y él lo sabía.
– No pareces enojado.
– ¿Por qué lo estaría?
– No sé, porque tu mamá te puso a lavar los trastes.
– Son cosas que hago todos los días.
– Yo también hago cosas en casa, pero siento que te piden hacer muchas.
– Eso no importa cuando quieres arreglar tu error.
La respuesta de Ulises me pareció terrible. Él seguía con la injusta idea de creer que su nacimiento había sido un error. Procuraba a sus papás, intentaba sacar buenas calificaciones aunque no fuera muy bueno para la escuela. Las cosas se pusieron peor en la noche, cuando el papá de Ulises llegó borracho. Aunque no había visto nunca a mi papá borracho, tenía un par de tíos que en cada reunión familiar bebían al grado de convertirse en otros. Una vez, uno de mis tíos se creyó boxeador e intentó pegarle a la pared de la casa de mi abuela. Allí quedaron las huellas de sus nudillos para siempre. Los papás de Ulises comenzaron a discutir, a pelear, a gritar, a decir groserías: “Pinche borracho”, “huevona”, “pendejo malnacido”, “puta mantenida”. Él no soportó la escena, quizás porque ya la había soportado muchas veces, tal vez porque creía que era el culpable del poco amor que se tenían entre sí sus padres. Abrió la puerta del cuarto y con un grito mezclado con llanto les dijo: “¡Ya cállense los dos!”. Cerró la puerta con seguro, subió el volumen al televisor y se echó a llorar sobre la cama. Esa misma noche, cuando parecía que todo había pasado, Ulises me dijo que no podía seguir soportando lo mismo.
– Pero ellos te quieren, Ulises.
– No se nota.
– Haces mucho por ambos.
– Lo hago para sentirme menos culpable.
– No eres culpable de nada.
– Soy culpable de todo.
Lloré por verlo así, tan débil. El futuro campeón regional de crol, el gran buzo de expediciones submarinas, el muchacho travieso de la clase.

***
Después de no haberlo soñado por un tiempo, mi pesadilla con el mar volvió. Esta vez el sueño fue distinto, pues no era el único que había quedado a la deriva en el barco, también Ulises. Las inmensas olas querían destrozar el barco y dominarme con el miedo, pero él no lo permitió. “Encontré la solución”, me dijo con alegría y yo no entendí de qué solución me estaba hablando. Sacó de entre los escombros un catalejo, como el que usaban los piratas, y me pidió que observara a lo lejos. Había una isla que lograba reconocerse entre toda el agua. “Nademos”, dijo, y aunque tuve miedo, pues la distancia parecía eterna, solté el catalejo y me lancé junto con él a la mar enfurecida. A la mitad del camino mis pies y brazos se habían cansado, pensé que no lograría llegar a la isla. Ulises me animó a continuar, diciéndome que en la isla encontraríamos manjares deliciosos y podríamos jugar juntos con toda la arena. Aquello me hizo tomar de nuevo fuerzas y continué nadando hasta que no supe más de mí. De pronto me encontré de nuevo con Ulises, ahora en la isla, construyendo un inmenso castillo de arena. “Será nuestro refugio, desde aquí podrás escribir sobre todos los animales que encontremos”. A lo lejos se encontraban las olas, parecían que se estaban despidiendo. Ulises me dijo que debía de marcharse junto con las inmensas olas porque así lo quería. No lo detuve. Le pregunté si había nereidas y tritones en el fondo del mar, si él ya los había descubierto. Ulises me respondió con una sonrisa. “Sí, existen”. Entonces lo vi alejarse junto con las olas, con su crol perfecto, acompañado de tiburones blancos.
Desperté como no creyéndolo. Parecía que la calma de mis sueños se logró a cambio de una pesadilla real. A medio día mis papás recibieron una llamada. Ulises iba a llamarme para decirme que había ganado el concurso regional en mar abierto, que logró la medalla de oro. Pero mis papás se veían preocupados. Quizá no había logrado ganar ninguna presea. Mamá colgó el teléfono y me pidió que me acercara. Intentó buscar las palabras correctas para no lastimarme. Lo que no sabía es que ya me sentía lastimado. En la competencia final, Ulises perdió. No era lo mismo nadar en una alberca que en el mar abierto. Él desobedeció las reglas y continuó nadando, más allá de los límites permitidos. Quisieron darle alcance pero él se sumergió para ir a lo más profundo. Los salvavidas lograron sacarlo a flote, le dieron los primeros auxilios en la playa mientras esperaban a la ambulancia. La profesora no podía creer lo que estaba sucediendo. A pesar de ir camino al hospital, el cuerpo de Ulises había dejado de respirar.
Por la noche, el cuerpo de Ulises llegó a la ciudad. Lo velaron en la casa de sus papás. Aunque no era la primera vez que había asistido a un funeral, al menos era el primero en que me sentía tan presente. Entré a su habitación, me pregunté qué pasará con sus cosas. Encima de su televisor estaban las miniaturas, mismas que como yo esperábamos su regreso triunfal. Salí del cuarto sabiendo que jamás volvería a entrar de nuevo. Me acerqué al ataúd, lo vi tan tranquilo, con una sonrisa. Fue su última travesura. Escuché decir que fue un accidente lamentable, un descuido de la profesora, de los organizadores del evento. Nada de eso, sé que lo planeó. Y los únicos culpables eran sus padres. Con el coraje en mi boca, comencé a gritarles. “¡Ustedes no lo amaban!”, para ser tomado de inmediato por mi padre quien ofrecía disculpas mientras seguía gritando “¡Culpables!” rumbo a la salida. Camino a casa, papá me dijo que Ulises seguiría presente, no sólo en los recuerdos, sino también en mi nado, pues él me había enseñado muchas cosas. Mamá también quiso tranquilizar mi pesar. “Ahora Ulises nada en las nubes”. Lo imaginé allá arriba, en su crol perfecto, planeando no sé qué travesura contra un ángel o a Dios.
Esa noche quise soñarlo. No soñé nada. Ulises no sólo se había llevado consigo mis pesadillas, sino también mis sueños. Íbamos a entrar juntos a la misma preparatoria, seríamos los mejores amigos, continuaríamos nadando, viajaríamos al mar abierto. Por la mañana mis papás me preguntaron si quería ir al entierro. Les dije que no, que prefería que me llevaran a un acuario, porque quería comprar una pecera. Ellos me acompañaron, compré varios peces que sé le hubiesen gustado. Llegamos a casa y la colocamos en mi habitación. Le hacía falta lo más importante. Saqué del bolso de mi pantalón las miniaturas para colocarlas en la pecera. Al final, podía imaginar que ese buzo era Ulises, junto a su tiburón blanco, contándome sus aventuras submarinas para que yo las escribiera.

Rodrigo O´Gorman

lunes, 11 de marzo de 2013

EL NIÑO Y LA COCA-COLA©, O DEL POR QUÉ ALBERTO CHIMAL ESCRIBE PARA APANTALLAR BOBOS


El niño y la Coca-cola©, o del por qué Alberto Chimal escribe para apantallar bobos
Para la niña del álbum.

La jeta de su jefa. El coche de juguete que destruyó. El pájaro que enterró en el jardín. La cubeta con agua que tiró en la recamara. La lagartija que le arrancó la cola. Su primer sorbo de Coca-cola©. El martilló del jefe con el que golpeó al gato. La nana que fue al supermercado. Su abuelo mentando madres. Su jefa diciéndole inútil. La jeta de su jefa (otra vez). El chihuahua del vecino envenenado. Su segundo sorbo de Coca-cola©. Su primer amigo. Su primer amigo que golpeó. Su tercer sorbo de Coca-cola©. El huevo de arena que lanzó a los ojos del amigo. El cuarto de chunches en el que se escondía. La cara triste del amigo. Su cuarto sorbo de Coca-cola©. Su segundo amigo. El pez que rebanó. El cinturón del jefe. La chancla de la jefa. La jeta de la jefa de su segundo amigo. La lata vacía de su quinta Coca-cola©. Su tercer amigo. El amigo que lo golpeó. La yema del dedo del amigo que lo golpeó. Su cuarto amigo. El miedo de todos ellos. La cartera de su jefe. El quinto amigo que no quiso jugar con él. La jeta de la jefa (otra vez). El sexto amigo que no quiso jugar con él. La tarjeta Guardadito de Elektra® de su jefa. La séptima amiga que sí quiso jugar con él. La amiga que perdió la virginidad. La amiga a la que le decía puta. La jeta de coraje de los papás de su amiga. La jeta de su jefa (otra vez). El sorbo de su sexta Coca-cola©. Las tetas desnudas de su jefa. El octavo amigo que aceptó serlo. La mochila del octavo amigo desaparecida. El octavo amigo desaparecido. La jeta de su jefa (otra vez). El poli que pidió mordida. La jeta de su jefa (otra vez). El micro que tomó con su jefa. La primera noche lejos de casa. El sorbo de su séptima Coca-cola©. La primera noche que su jefa lo violó. La Prensa® publicando la noticia. La jeta de la jefa (otra vez). La segunda noche que su jefa lo violó. La jefa abortando. La jeta de la jefa (otra vez). La noche en que murió su jefa. El Iphone® de la jefa. La jeta de su jefa. Un ojo de la jeta de la jefa. La lágrima del ojo de la jeta de la jefa. El otro ojo de la jeta de la jefa. La otra lágrima del otro ojo de la jeta de la jefa. El jefe que los encuentra. Loret de Mola (quién más) diciendo “¡Popocatépetl!” en el noticiero. El mismo pendejo dando la noticia. El sorbo de su última Coca-cola©. El disque escritor viendo. El disque escritor “creando”. El disque escritor innovando sin comas, punto y coma, paréntesis, etcéteras. El disque escritor de frases breves. El disque cuento. El disque conflicto. El disque todo.
Rodrigo O´Gorman

jueves, 31 de enero de 2013

Aunque bien sé que no es eterno


“Aquí debería estar tu nombre”.
Rubén Bonifaz Nuño,
El manto y la corona.
    


* El juego

Los dos se encontraban jugando gato en una hojita de papel que ella desprendió de su libreta, en las oficinas de Marketing Group. "Ni él da más ni ella da más, su amor es recíproco y eso es lo que más importa en los amores", le dijo Miranda a Alejandro mientras observaban por una de las ventanas del edificio a otra compañera de trabajo, quien descendía del vehículo conducido por su esposo. A días de la ruptura, los dos se dolían y se extrañaban como se duelen los amores en ruinas y como se extraña la presencia de alguien que yace bajo tierra. Alejandro trazó una línea diagonal sobre la hoja, había ganado la partida de gato y a su vez perdido el amor de Miranda. Si los amores se disputaran su destino en un juego de gato o en un "piedra, papel o tijeras", habría quizás menos sensación de nostalgia y un mayor reconocimiento de que la vida, más allá de lo lúdico, es elección, jamás azar.

*La mirada

Miranda entró a la oficina de Alejandro. Quizá fue un momento previamente planeado. La circunstancia entre un “la miro” y un “lo veo”. El fugaz instante de dos o tres minutos porque, lo dicho por Benedetti: “para más no hay tiempo”. Él la vio vestida con un traje sastre gris que lo dejó sin palabras por un instante. Le pidió que tomara asiento y le ofreció un café que ella aceptó por los nervios. Referencias, datos, experiencia, situaciones simuladas, una entrevista laboral que Miranda fue sorteando con sutileza, sin dejar de sonreír. Tal vez la sonrisa procuraba no delatar el miedo que la recorría. Tal vez Alejandro había decidido ya, desde que ella entró a su despacho, darle el trabajo. Tal vez bastó que ambos se vieran a los ojos para esconderse virtudes y hallarse defectos. Mirarse el iris y ahí el universo.     
  

*El baile

Alejandro escuchó la sugerencia de su amigo Julio al salir del trabajo: “Un buen baile y unas flores. Con eso cae la paloma”. Él lo auguraba, además de comprar un ramo de rosas, llevó a lavar el automóvil y usó la loción que su madre le había regalado en su último cumpleaños. Quedó de pasar a las ocho; para esa hora, Miranda se encontraba casi lista. Media hora después llegaron al salón de baile. Pagaron la entrada, se dejaron hacer la revisión de seguridad de rutina y tomaron una mesa, cerca de una de las ventanas, para poder fumar. Las luces, el sonido inconfundible de la salsa, cumbia y son; el baile evocador de las parejas, la sensualidad del movimiento, provocaron en ambos un cruce inexorable de sonrisas. Comenzó la canción Yo no sé mañana y Alejandro tomó de la mano a Miranda para llevarla a la pista. Era la primera vez que los dos bailaban juntos.

Dicen los abuelos que bailar con la pareja es una prueba de fuego. En el baile, y más en los ritmos como la salsa o el tango, debe de existir una total comunicación con el otro, una simbiosis de cadencia, un péndulo unísono de pies, manos y caderas. Los abuelos creen que si una pareja no sabe bailar entonces no pueden complementarse al cien por ciento, o que quizás no son el uno para el otro. En aquellos tiempos, como ahora, el baile es la invitación inconfundible de los cuerpos a la fiesta que es el sexo. Es provocar en el otro la debilidad del deseo. Al bailar, Miranda se percató que Alejandro no sabía del todo y cuando él le confesó que, aunque no sabía, quiso intentarlo, le robó más que una sonrisa a ella. Canción tras canción, ella fue enseñándole y Alejandro aprendió con facilidad, aunque con uno que otro tropiezo o golpe contra alguna de las parejas que estaban en la pista. La cuenta de cigarros, bebidas y canciones dejaron de ser preocupación para ellos. Y justo en la canción 
Por retenerte, interpretada por Charlie Cardona para el Tributo a la Salsa Colombiana de Alberto Barros, después de que Miranda dio una vuelta y fue tomada de la cintura por los brazos de Alejandro, él intentó besarla. Entonces, en el beso, se lo contaron todo.

*El viaje

Miranda y Alejandro comenzaron a salir con más frecuencia desde de la ocasión del baile. Ella hacía sus labores de costumbre en la empresa para esperar a Alejandro en el lobby de la entrada principal de Marketing Group. A veces él posponía sus salidas con ella para otro día, cuando no era situaciones en casa, era la carga excesiva de trabajo. Miranda no quería que Alejandro se sintiera sofocado por ella, por lo que, aunque no quería, regresaba a su casa cuando él no podía salir con ella.  

Pronto llegó el momento en que Alejandro se apersonó en la casa de Miranda. Ahí ya lo conocían, ella no paraba de hablar sobre él. La primera vez que entró fue en su cumpleaños. Ese día, su jefe y director de la empresa Marketing Group, Sergio Olarrieta, lo dejó salir temprano de la oficina, situación que aprovechó para alcanzar a Miranda, quien ya preparaba junto con su abuelita materna, la comida para él. Fue recibido con fervor. La mamá de Miranda lo invitó a tomar asiento mientras terminaban de preparar los alimentos. Alejandro se percató de inmediato lo que Miranda ya le había dicho en una de sus primeras pláticas, la ausencia de los hombres en su casa hacía del hogar un lugar completamente maternal. El papá de Miranda abandonó a la familia desde que ella tenía consciencia, era hija única y su abuelo paterno falleció víctima de una terrible pulmonía, hace poco menos de medio año. María, la mamá de Miranda, le pidió que pasara al comedor y él, que de inmediato se sintió como el hombre de la casa, se sentó para ser atendido. Hace mucho que Alejandro no se sentía tan bien querido como ella se lo estaba demostrando. “No sería difícil acostumbrarme a una vida así”, pensó.

Tiempo después Alejandro le hizo una propuesta a Miranda. “Vámonos a Puebla, un fin de semana ¿Qué dices?”. Ella, que aceptó por la inquietud y la ilusión que se le presentaba ante tal petición, tuvo que inventarle a su familia un evento de trabajo en esa ciudad por parte de Marketing Group. La familia creyó en las palabras de Miranda, además de que Alejandro, con la ayuda de su amigo Julio, obtuvieron un oficio que falsificaron y dieron a firmar, entre un montón más de documentos, a Olarrieta. Viajaron un viernes por la tarde, ese día cenaron en el centro histórico, caminaron por sus emblemáticas calles llenas de negocios, gente, aromas y colores hasta finalizar en la despampanante Catedral de Puebla de los Ángeles. El sábado salieron a un balneario que estaba a una hora de la ciudad, regresaron a su hotel y por la noche bebieron y bailaron en un bar ubicado en el Callejón de los Sapos (nombrado así desde tiempos coloniales cuando las aguas del Río San Francisco se desbordaban sobre la actual calle 6 Sur, quedando estancadas por largos lapsos de tiempo, situación que trajo consigo el asentamiento de los bufónidos anfibios). El domingo se quedaron en la habitación, Alejandro le dijo que sólo quería estar con ella viendo la televisión, acostados en la cama. Miranda fue al baño y regresó vestida sólo con la camisa de Alejandro. Esa imagen trajo consigo una canción a la mente de él, que solía escuchar en la casa de su abuelo Víctor: El día en que voy a partir de Silvio Rodríguez. “No te muevas… si puede estar quieta la felicidad”.

Camino a casa, ella estaba desilusionada. Faltaba algo, para Miranda era un elemento importante, aunque lo había dejado desapercibido por los momentos que pasaba, todos de dicha y alegría, en compañía de Alejandro. Los dos se gustaban, se ansiaban, pero él no le había pedido aún a ella que fuera su novia. Y cuando Alejandro le preguntó qué le sucedía, Miranda no pudo evitar preguntarle por qué aún no se lo había pedido. “Pensé que en el viaje me lo dirías”. Alejandro hizo un gesto de incomodidad. Le dijo que él no creía en eso de las relaciones de pareja o de noviazgo. Le platicó sus experiencias amorosas del pasado intentando con ello justificar su falta de compromiso. “Lo importante es que las cosas se están dando entre tú y yo”, dijo sonriendo, a lo que Miranda terminó aceptando.  
Al llegar a su casa, Alejandro le escribió un mensaje de texto a Miranda para decirle que había llegado con bien y reiterarle que le diera tiempo, que comprendiera lo que él ha vivido. Al terminar la llamada, pasados veinte minutos, él recibió la respuesta en su celular:

“Grax. Cuidate, = te doy las grax porq contigo conoci el verdadero amor. En este puedo haceptarte, con tus puntos, comas y signos de ¡!, los cuales radican en lo que siento x ti. Tu presencia en mi causa un gran respeto y no lo digo para q te subas a una nube, es para contestar la pregunta q tantas veces me has hecho sobre el porq me gustas. Te reitero que tu no me gustas, me encantas, te amo y deseo pasar mi vida contigo, despertar cada manana y ver el rostro de la persona q mas e amado asta este momento, deseando q dure lo q tenga q durar; no te pido la eternidad, solo te pido la companía, el apoyo y el respeto q merezco y no creas q te quiero para ser mas feliz sino q te quiero para compartir el camino de la felicidad. Descansa. xoxo”.

*El mercado

La vida de Alejandro siempre estuvo rodeada de comodidades. Cada año, en día de reyes magos, tenía los juguetes que pedía, o hasta más. En casa no se le negó nada ni se le obligó a cumplir con el quehacer o alguna otra responsabilidad hogareña. Era de los primeros chicos de la calle en tener la nueva consola de videojuegos. Su juventud estuvo vigilada y consentida por sus padres. Estudiar en una universidad de paga, salir a fiestas y borracheras cada fin de semana, tener un automóvil propio y vestir con ropa de marca fue lo que marcó su vida como universitario. Al terminar la profesión no tuvo problema en encontrar trabajo, su padre tenía una estrecha relación con Olarrieta y éste le dio de inmediato un buen puesto en la empresa Marketing Group.

Un día Miranda lo invitó a pasar el día con ella. No se trató de un día común para Alejandro. Al salir del trabajo, ella le pidió que dejara su automóvil afuera de la casa para caminar hacia el mercado donde trabajaba con su mamá. Él conocía los mercados, aunque estaba acostumbrado a hacer las compras en el súper, llegó a visitar un par de éstos, sobre todo cuando salía de vacaciones a provincia con sus papás. Al llegar al local, ella presentó a Alejandro con algunos comerciantes. Una de las conocidas de Miranda, dueña de un local de verdulería, le pidió que fuera por su hija a la iglesia para que la llevara con Sofía, la hija del carnicero, a pintarle las uñas. Alejandro acompañó a Miranda por Valeria, la niña, mientras le preguntaba si sabía ubicarla. Miranda le explicó que la conocía desde bebé. Una de las cosas que ella hacía en el mercado era estar al pendiente y cuidado de los niños. Pasaron por la niña y regresaron al mercado. Él se dio cuenta, conforme pasaban por los pasillos repletos de comida, frutas, carnes, semillas, etc. que todos conocían a Miranda y ella a su vez saludaba a los demás locatarios y comerciantes. Después de que Sofía le pintó las uñas a Valeria, los tres regresaron al local. La madre de la niña agradeció el favor y a la hora de la comida les invitó unos tacos de carnitas en el local de enfrente. Miranda rió al ver la expresión de desagrado en el rostro de Alejandro cuando él vio la manera en cómo se preparaban los tacos.

Él observó a los niños jugando por los pasillos del mercado, las pláticas de los comerciantes; estaba sorprendido por el ambiente que generaban las personas del lugar. Miranda reconoció la novedad en sus ojos y le dijo: “por eso me caen mal los universitarios”. Él volteó la mirada hacia ella como esperando una explicación por su abrupto comentario. Miranda le dijo: “La mayoría de ellos viven una vida de comodidad, donde lo único que medio saben hacer es estudiar. Yo no pude hacerlo, me dediqué a trabajar aquí con mi mamá. No me gusta que se burlen con comentarios que no vienen al caso, como cuando dicen “verdulera” o “marchanta” para ofender o denigrar a otra persona. No conocen la verdadera riqueza de esta gente: la solidaridad. Lo tienen todo fácil, como se ve tú lo tuviste. Los que estamos en los mercados somos personas que trabajamos todo el día, no sólo las horas en las que se atiende el puesto. Nos levantamos temprano, hacemos nuestros deberes de casa y venimos a trabajar; salimos tarde porque debemos dejar todo preparado para el día siguiente. Lo más bonito es que entre todos nos ayudamos. Si el locatario de enfrente no tiene luz, pronto está algún comerciante más que le ayuda, o lo deja colgarse de la suya; lo mismo con el agua, con el cuidado de los niños, la recolección de basura. Aquí se suda trabajo. Por eso me caen mal, ellos sienten que se les viene el mundo encima porque reprueban un examen o no pasan una materia. Te puedo asegurar que no durarían ni una semana trabajando en uno de estos locales. Quisiera ver a los estudiantes como tú  trabajando juntos en algo”. Ese día Alejandro se dio cuenta que tenía una escuela: la académica; mientras que Miranda tenía otro tipo de escuela: la vida.              

*El espejo

Por la mañana, en el trabajo, Alejandro platicaba con ella. Él le preguntó si quería salir de nuevo: “No sé, podemos ir a comer y después perdemos por ahí…”. Miranda, que jugaba Angry birds en el celular de él, se rió al escuchar la propuesta. De pronto, el licenciado Olarrieta mandó a Xavier para notificar a Alejandro que debía presentarse de inmediato en la oficina principal. Alejandro, un tanto preocupado, pues el jefe sólo lo llamaba cuando había problemas, subió a prisa con Xavier detrás de él. Miranda se quedó jugando con el celular y éste recibió un mensaje de texto. Ella quiso saber de quién se trataba. El mensaje era de una tal Fernanda, que le decía: “Hola bebé, cómo estás? Vas a venir a verme hoy? Te extraño”. Quizás Miranda no debió de haber leído el mensaje. Un odio mezclado con ira fue apoderándose de ella mientras, decidida, observó el resto de éstos. Se sintió desilusionada, extraña, cuando se percató que no sólo era Fernanda, también había mensajes de una mujer llamada Ximena, donde él le respondía que, por el trabajo, no podía verla, pero le prometía una escapada de fin de semana juntos.

Ella salió del trabajo rumbo a su casa. Camino a casa fue pensando en lo que había leído. Comenzó a atar cabos, por eso Alejandro no podía salir con ella con tanta frecuencia, entendió su preocupación repentina o las ocasiones que miraba el reloj de su mano para saber la hora. Una hora y media después, Alejandro llamó desde la oficina a su celular. Ella le dijo que lo esperaría en casa y él le preguntó si harían lo que había planeado, antes de ser interrumpido por Olarrieta, a lo que Miranda respondió con un insipiente “sí”. A los veinte minutos, Alejandro pasó por Miranda a su casa, ella lo besó como de costumbre y le devolvió el celular. Él condujo hasta un restaurante de comida Argentina. Mientras comían, Alejandro le platicó a Miranda el problema en que Xavier lo había metido con su jefe. “Es un pendejo”, dijo, a lo que ella le respondió “al menos fue sincero”. Terminaron de comer y, ya en el coche, ambos llegaron hasta el motel donde, en la ocasión del baile, habían terminado juntos.
La habitación, que se encontraba bajo una luz tenue, fue el lugar idóneo para Miranda. Primero  lo sedujo con la mirada, como aquella mirada que había seducido a Alejandro en la ocasión de la entrevista. Se acercó a él, con paso firme, como queriendo cazarlo con su andar. Lo tomó de las manos por el cuello. Le desabrochó la camisa y lo acostó en la cama. Cuando lo tuvo casi desnudo y debajo de ella, sin más, su rostro cambió:

– ¿Quién es Fernanda? –dijo de forma abrupta.  
– ¿Qué? –respondió Alejandro, como tratando de hacer tiempo.
–Lo que escuchaste –aseveró Miranda, mientras Alejandro intentaba levantarse.
–Es una chica con la que salgo hace un año –respondió Alejandro sin mirarla –la conocí por un amigo, en una fiesta.
Miranda se retiró de la cama. Había confirmado por la boca de Alejandro lo que había visto en el celular. Sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo, la estúpida sensación de vacío, el arrebato inhumano y descarnado que era la infidelidad para ella.
– ¿Son novios? –preguntó Miranda, haciendo más grande la herida.
Alejandro sólo asintió con la cabeza. Él intentó abrazarla, pero Miranda lo detuvo con otra pregunta, mirándolo a los ojos.
– ¿Y Ximena también es tu novia? –interrogó como queriendo emboscarlo.
– ¿Qué más quieres saber? –respondió molesto Alejandro mientras forcejeó con ella para ponerse de pie –Yo te dije que no quería nada serio. 
– ¿Entonces debo de ser yo la que te pida perdón? –dijo Miranda indignada.
–No, no quiero eso. Sólo que entiendas que jamás te vendí algo más que no fuera –señaló Alejandro mientras tomaba su camisa para colocársela.
–Tienes razón, Alejandro, sólo quería saber lo que significo para ti –dijo ella acercándose de nueva cuenta hacia él.    

Alejandro no podía creerlo, Miranda volvió a seducirlo. Tomó las manos de Alejandro para llevarlas al cálido placer de su pecho de ébano blanco, un par de girasoles vívidos. Quiso besarle los labios y él reconoció una veta de tristeza en los ojos de ella.

– ¿Por qué lo haces? –preguntó de inmediato.
–Porque es lo que tú quieres –respondió Miranda.
–No es lo que yo quiero –dijo él, quitando sus manos de los senos de ella.
–Pero es lo que a ti te gusta, hermoso –dijo ella.
–No, Miranda, así no –exclamó Alejandro.
–Entonces cómo, precioso –dijo Miranda para, acto seguido, intentar besarle el pecho.
–No lo entiendes –dijo él, volviendo a detenerla.
–Claro que lo entiendo: sólo quieres que sea otra de tus perras, una más de tus putas –sentenció Miranda – ¡Cógeme!

Alejandro no soportó el momento, quiso que Miranda parara, pero ella no tenía la más mínima intención de detenerse. “¡Basta, Miranda!” fueron las últimas palabras entrecortadas que salieron de la boca de Alejandro. Ella se recostó a un lado de él y le dijo: Sólo dañamos a las demás personas cuando no somos capaces de imaginarlos a nosotros mismos. Eso es lo que te sucedió: Tú no eres capaz de imaginar mi amor, por eso lo dañas”. Alejandro tuvo un vuelco en el pecho que se fue mermando conforme le platicó a Miranda sobre su amor con Fernanda y su relación con Ximena. Le confesó que él se sentía cansado de Fernanda, que fue muy rápido lo que sucedió con ella; que no había pensado en un compromiso serio y cuando menos se dio cuenta ya llevaba más de un año con ella. Que, pese al tiempo, no la conocía realmente y últimamente habían tenido muchos conflictos. Además, tenía la sospecha de que Fernanda estaba interesada en otra persona. Ximena era una compañera que conoció hace tiempo, en la universidad. Una ocasión ambos salieron a un concierto y ya con los tragos encima terminaron en la casa de ella. Pero cuando conoció a Miranda, desde la entrevista, se sintió atraído. Nunca se imaginó enamorarse de ella. Tampoco quería seguir con ese juego. Desde la ocasión del baile él sólo quería estar con ella. Alejandro le prometió a Miranda terminar con Fernanda, no buscar más a Ximena y así intentar algo serio con ella.

Miranda escuchó a Alejandro. Sentía un vacío en el corazón, de nueva cuenta un escalofrío le recorrió su pecho, unas ansias desmedidas de largarse y dejarlo todo. Una desolación de lágrimas, un vaivén de nostalgias; la rotonda de fantasmas, miedos y corajes. Fantasmas porque ahí están y aparecen en las noches más frías. Miedos porque nos desenmascaran y encubren. Corajes porque nos vilipendian y subliman. El velo de la mentira. Duele porque descubrimos que las personas son como son, no como las imaginamos ser. Quizás duele porque uno mismo debe derrumbar el edificio que construimos con amor antes de que el sismo del dolor lo haga.

*La carta

Alejandro:

Creo q la vida me esta jugando una mala pasada, el conocert me hiso feliz pero cada día q paso a tu lado ya no se. Confución es tu nombre y Duda tu apellido: ¿Porq todo tiene q ser tan complicado? Por una ves podrías sólo vivir, sentir, disfrutar, creer. Pienso que para ti es difícil creer porq no sabes cumplir.

Solo t quiero reiterar q el tiempo cura todo pero por desgracia ay mas tiempo q vida y vida como Alejandro solo tienes una; ya basta de justificar, ya basta de ese sufrimiento falso q te obligas a sentir; ya no t mientas, ya no t confundas, ya no justifiques tus miedos q no tienen justificacion, ya no culpes a los demas por tus malas deciciónes amorosas. “Ellas” no son malas, solo son ellas y tu las quieres obligar a cambiar; supongo q eso es lo mas peor, y esto es lo q a ocacionado q siempre t topes con pared y por eso t haz descalabrado y feo.

Un dia tu me preguntaste porq cuando una mujer lo puede tener todo contigo, t engaña o no t quiere o se aleja de ti. Hoy t doy la respuesta: no busques mas, la tienes frente a ti. ¿Porq t sucede? Creo yo q es porque t gusta y por eso buscaz siempre a la mujer q te hace sufrir, con eso justificas el miedo q tienes. En los noviazgos pareciera q es mas facil culpar q ser culpable y eso abla de ser irresponsable. Me atrebo a recordart q el amor no es como una novela: trizte y desoladora; el amor es solo amor, un sentimiento q no se puede comprar, medir y mucho menos vender. Solo tiene de dos: existe o no. Haci q, mi querido Alejandro, ya no t inventes teorias ni formulas magicas para éste sentimiento, solo disfrutalo mientras dure o mejor azlo perdurar toda tu vida, esfuerzate por mantenerlo vivo. No lo midas no lo cuantifikes no lo explikes: por una ves en tu vida ama a quien tu quiéras amar, pero por favor azlo antes de perder a una vuena amiga, o si vien lo ves, al amor de tu vida XOXO Miranda.

*El consejo

 “¿Por qué seguir queriéndolo?” Le preguntó Xavier a Miranda. “Te diste cuenta cómo es y aún así le enviaste la carta diciéndole que viniera a tu lado. No te entiendo”. Ella tampoco lo entendía. ¿Por qué decimos “amor”, si nos daña? Quizás porque si no doliera, no sería amor. Pero Miranda no tenía respuesta. Era la primera ocasión que se enfrentaba a una situación así. Lo quería, lo necesitaba, eso era seguro. Pero tampoco iba a dejar que Alejandro jugara con sus sentimientos… aunque ya lo hubiese hecho. Estaba enfadada porque ella no ocupaba el lugar de Fernanda, ni siquiera el de Ximena y no entendía por qué Alejandro no podía terminar con ella. “¿Por qué te gusta?” Preguntó  de nueva cuenta Xavier intentando entender lo que ella sentía por él. Seguía sin recibir respuesta: los amores sólo son comprensibles por los amorosos.

De pronto, Miranda le pidió a Xavier que la abrazara por la espalda. Él, con un calor fraternal, lo hizo. Ella comenzó sollozar, a platicarle mientras las lágrimas corrían por sus mejillas o era interrumpida por algún quejido triste, todo lo que había sucedido con Alejandro. Cómo se conocieron, la ocasión del baile, las visitas de él a la casa, las comidas, las idas al cine, el viaje a Puebla, cuando ella se enteró de Fernanda y de Ximena, lo que sabía de ellas y lo que Alejandro le dijo respecto al amor que sentía. La promesa de una vida a su lado dejando todo lo demás atrás. “¿Cómo creerle?”, le preguntó Miranda a Xavier. “¿Tú que sientes?”, respondió con otra pregunta. “Que quiero creerle”, suspiró Miranda. “Estar con él es más que maravilloso. Siempre platicamos, reímos, comemos, hacemos casi todo, como novios, aunque no lo seamos”. Xavier, que deseaba ayudar a Miranda en la decisión que tomara, la abrazó aún con más fuerza. Miranda secó sus lágrimas, aligeró todo el coraje y la frustración de la situación que vivía con Alejandro en la plática. Le agradeció a Xavier y lo acompañó a la avenida para que tomara el camión. Él se despidió de ella con un consejo: “La gente no cambia, sólo lo hace si tiene la necesidad”. Ya en el transporte, camino a casa, él comenzó a sentirse mal. Odiaba que Alejandro tuviera así a Miranda, pero tampoco podía hacer nada. Para Xavier: Miranda y Alejandro eran imposibles, mas imposibles enamorados.

*La ruptura

Espro q esto lo guardes en tu ment y en tu corazon. En la vida el único culpable de lo q nos pasa somos nosotros mismos. La vida no es un espjismo, la vida son suenos, ilusiones y porq no desilusiones, entiendo el rumbo de la vida q tu quieres llevar, pero t invito a reflexionar, aunq sean otros tiempos aveces es necesario vivir tu vida con seriedad, con el tiempo q no es otra cosa q la expriencia para solusionar nuestra vida de la mejor forma. Deseo de todo corazón q seas feliz, q te des la oportunidad de conocer mas, de exijir lo mejor para ti, q entiendas q tu juventud no es de por vida y q ya es tiempo de q vivas algo lindo de verdad. Lamento decir q tal vez yo no soy eso lindo, pero creo q encontrarás a alguien q te aga vibrar de deseo y de ilucion. Cuando regrese, todo va a ser distinto y espro encontrarte feliz lleno de amor porq eso cualquiera de nosotros lo mereze.

Deseo q cumplas tus metas y tus suenos, deseo yo cumplir los mios. Quiero q sepas q te amo y q me aferre a ti por lo q sentia, se q no es excusa, pero cuidate que Dios te bendiga, cuide e ilumine tu mente y tu corazon, perdona todas las malas palabras q te dije y conserva todo lo bueno q te di, ya q pocas prsonas me conocen asi como contigo fui. Fue grato el tiempo q estuve contigo y no me arrepiento de estos casi cuatro meses q vivi a tu lado. Deseo q seas feliz y espro encontrar la paz q en mi hace falta para vivir tranquila lejos de ti, no deseo q tu solo seas un capricho para m, ni yo una mentira para ti. Cuidate muxo y portate mal pro piensa bien para q nada malo te pase. Aveces no qremos ver la realidad, quizas porque ya la sabemos. Besos bebe. Miranda”.

Alejandro quería creer. Saberlo todo antes de decidir. Decisiones, él nunca ha sido bueno para elegir. Quiso fumar, pero a la primera fumarada el estómago se le revolvió, un dolor intenso. Llamó a la casa de Miranda y la mamá de ella le dio la noticia: “Miranda salió de viaje. Fue con sus tía a Veracruz”. Él se sintió culpable, agradeció y se despidió sin dejar dicho nada. Intentó llamarla a su celular, pero lo mandaba directamente al buzón de voz. Hace una semana aún se encontraba con ella en la oficina, fue inesperado su viaje y Alejandro sintió miedo. Hizo un par de llamadas más, primero le habló a Fernanda, diciéndole que mañana no la vería por un problema que surgió en Marketing Group. Después le llamó a su amigo Julio: “Miranda se fue, necesito unos tragos”.

Por la tarde, Alejandro llegó a la estación del metro donde se quedó de ver con Julio. Éste, al verlo, le sonrió y le dijo “¿Qué pasó, cabrón? ¿Se te escapó la paloma?”, para después reírse y saludarlo. Julio era diez años más grande que Alejandro, su relación, más que de amigos, era de hermanos. El hermano mayor que siempre quiso tener. “Mira, tú déjate llevar por mí, no por nada en la chamba me dicen el todas mías. Hoy olvidas a la paloma, güey, hoy la olvidas”. Alejandro se dejó conducir por las estaciones del metro hasta llegar al centro de la ciudad. “A ver, güey, vámonos a un putero” Dijo Julio a Alejandro mientras comenzaron a caminar por las calles.

Julio condujo a Alejandro a un table dance. Los hombres que resguardaban el lugar los atendieron y llevaron a una mesa. Un mesero les entregó la carta y pasados cinco minutos otro hombre traía consigo a dos mujeres. Julio pidió una cubeta de cervezas, habló con el mesero y zapeó a Alejandro, quien no dejaba de mirar a todas direcciones. “Cámara, güey, no te veas tan pinche primerizo”. Las mujeres se sentaron al lado suyo y comenzaron a platicar con ambos. “A ver, hija, ahí te encargo a mijo, consiéntelo, ya sabes, pa´que olvide a la vieja que se le fue por pendejo”. Alejandro no sabía qué hacer, empezó a beber y a platicarle a Hanna lo que había sucedido con Miranda. “No mames, mijo, si no son para que las aburras con las pláticas, a ver tú, vente para acá, y tú cámbiate con aquel. No jodas, güey, me dejas barajeando solo, mijo”. Las mujeres atendieron la orden de Julio. Michelle se acercó con Alejandro, pero él también le platicó lo que había sucedido. Seguía tomando porque no tenía mayor consuelo que el alcohol y algunas que otras palabras de Julio: “Güey, no me chingues, no te vas a morir por esa pinche vieja. Mejor deja que Michelle te atienda como mereces. Ni la dejas trabajar, cabrón”. Al calor de los tragos, de Michelle, de la música estridente y el humo del cigarro, Alejandro se fue perdiendo en sí mismo. ¿Por qué no podía estar con Miranda? Bebió su respuesta de un solo trago.

Borracho, Alejandro salió del lugar con ayuda de Julio. Caminaron, al menos eso intentó Alejandro, rumbo a la calle República de Uruguay. Al llegar a la calle Francisco I. Madero, Julio se percató de una persona. “No mames, mijo, ¿No es tu vieja la que va allá?” Alejandro, con varios alcoholes encima, volvió en sí al escuchar la pregunta de Julio. Observó hacia donde él le señalaba con la mirada y la borrachera pareció desaparecer de improviso. Era ella, Fernanda, caminando de la mano de otro hombre rumbo a Bellas Artes. Alejandro quiso caminar hacia donde se encontraba su novia, pero fue detenido por Julio. “No mames, mijo, ¿qué vas a hacer? Ya ni la chingas, güey, se te va la amante y la novia te pone los cuernos bien y bonito con otro. Pinche morro salado”. Alejandro no podía dejar de mirar a la pareja que caminaba de la mano por la calle. Parecía un mal sueño, un efecto de la borrachera, peor que una cruda. No podía estar confundido, era ella. Fernanda, su Fernanda.

Alejandro se preguntaba por qué habían sucedido así las cosas. Desde meses atrás su relación con Fernanda no iba del todo bien. Incluso había pasado por su mente terminar con ella, pero nunca se presentó el momento, o el pretexto adecuado. Las sospechas de que Fernanda estaba interesada por alguien más estaban, ahora, fundamentadas. ¿Por qué tuvo que saberlo ahora y no antes? La otra cara de la moneda era Miranda que, así como entró a su vida, también se fue. De nada servía terminar con Fernanda si Miranda estaba lejos queriendo olvidarlo. Le volvió la necesidad de llamarle, decirle que se había equivocado. Que fue una estupidez haber continuado con Fernanda. Ella sólo era un motivo. Miranda: su existencia… ahora distante.              

*De la mano

Fernanda caminaba de la mano de Luis sobre la calle Francisco I. Madero. No era la primera ocasión que salían juntos, pero sí la primera donde él logró convencerla para que caminaran juntos tomados de la mano. La luz de los faroles reflejaba su sombra que iba ascendiendo mientras se alejaban rumbo al palacio de Bellas Artes.

– ¿Cómo te la estás pasando? –preguntó Luis–. A mí me encanta que estés aquí, conmigo.
–Bien, aunque con algo de frío, ¿sabes? –respondió ella mientras, con la otra mano, se cubría de nueva cuenta con la bufanda que llevaba puesta–.
–- ¿Quieres que te dé mi suéter? Aunque igual y con un ponche con piquete se te quita –le dijo él para después sonreírle.
– ¡Ay, sí!, ya me lo antojaste –dijo ella respondiendo con una sonrisa.  -¿Tú cómo estás?
–Pensativo –respondió Luis de inmediato.
–Supongo… ¿en qué piensas? –Le preguntó Fernanda, intentando encontrar su mirada perdida en los pasos que daba.

Después de un suspiro profundo, Luis se atrevió a decirle:

–Que si bien no hay nada, quisiera que hubiera todo. Sabes lo que siento por ti, te lo he dicho desde que te conocí. Me gustas, bueno, no sólo me gustas, eres maravillosa y sería afortunado que estuvieras conmigo, ya sabes, como novios.
–-Y a mí también me encanta la idea. Sólo te pido tiempo –incurrió Fernanda–. Sabes también lo que siento por ti, pero entiéndeme, no me ha resultado fácil dejar a Alejandro. Y no pienses que lo amo más a él que a ti, es que… son sentimientos distintos.
–Pero llevamos meses así –interrumpió Luis, molesto.
–Entiendo que estés molesto –dijo Fernanda, con desconsuelo.
–No sólo molesto, quiero saber qué va a pasar –replicó Luis–. Te mando mensajes sin que me respondas, tengo que aguantarme el coraje cuando me cancelas porque vas a salir con él. A veces quiero llamarte a tu casa pero no puedo porque él está ahí. No sé, me siento como lo que en realidad creo que soy para ti,  alguien que está cuando él no puede estarlo.
–Te diré algo –explicó Fernanda, quien detuvo su caminar por la calle–. No es el mejor momento para mí. Y no quiero justificarme sólo con eso. Soy humana y cometo errores. Tengo problemas en mi casa, no me ha ido del todo bien en el trabajo y últimamente he discutido con aquel, al grado de querer terminarlo. Pero después pasan cosas que no me explico, y vuelvo a quererlo, a necesitarlo.
–Entonces: ¿Qué vas a hacer? ¿Para qué me quieres a mí? –Preguntó Luis, quien también detuvo el paso y separó su mano de Fernanda, para llevarla al bolsillo de su pantalón.
–Lo que sea necesario para no perderte –le dijo Fernanda– ¿Aún amas a esta torpe niña?
–Todo el tiempo –respondió Luis–. Pero no quiero que sea así: ocultos de todo. Quiero que mi familia te conozca, mis amigos, poder decirle y gritarle a la gente que tú y yo somos pareja. Que podemos ir de la mano, como ahorita, por las calles y sin temor a nada.
– ¿Y si no te lo puedo dar? –Volvió a preguntar Fernanda, como sabiendo la inevitable respuesta.
–No me lo des y ya –sentenció Luis–. He perdido mucho tiempo, si de verdad quisieras algo conmigo ya hubiera pasado algo, más bien, ya hubieras terminado con Alejandro. Y yo teniendo la estúpida esperanza de que sucediera.
–Luis… –suplicó Fernanda, ya con la voz entrecortada.
–Aquí voy a estar para ti –respondió Luis con solemnidad–, eso no cambia el hecho de querer tenerte a mi lado, de cuidarte, de ver por ti. Sólo quiero que seas feliz.
–Perdón, de verdad, no sé… –dijo Fernanda mientras se llevaba las manos a la cara–. Tal vez me reproche la oportunidad que estoy perdiendo contigo. Te adoro, no sabes cuánto te…
–Sí, sé cuánto –interrumpió Luis–, lo suficiente para quererme cerca, pero no tanto para no estorbar tu vida con Alejandro.
–Sólo dame más tiempo –rogó Fernanda.
–Claro, tiempo, no hace falta más –recriminó Luis–. No hace falta tener el ansia de tenerte a mi lado. El amor de una caricia tuya. Recordar los momentos que hemos vivido juntos. Los paseos por la Zona Rosa, las muestras de cariño en Xochimilco, el beso robado en Tlatelolco, que me tomes de la mano en el Centro Histórico.
–Te amo –sollozó Fernanda.
–Yo también, Fernanda, pero no así –sentenció Luis.

 *La vida

En esto se convirtió mi vida, Miranda. Estás lejos y tu ausencia es más fuerte ahora que, con la distancia, tampoco has respondido una llamada mía o un mensaje. Ojalá leas este correo. Tómalo como una despedida. Sé por qué te fuiste, así, sin decirme nada. Y qué bueno. No quería lastimarte más, de verdad. Prefiero que me duela tu ausencia al sufrimiento por el que te pude haber hecho pasar. ¿Qué hay de mí? Nada nuevo, sigo con la vida de siempre y eso implica que me sigues asiendo falta. Extraño tu risa, tu mirada, tus pláticas, tu presencia, tu todo. Sé que te incomoda que hable de Fernanda o de Ximena. Perdón que lo haga, pero creo que necesitas saber que Ximena dejó de hablarme hace mucho, quizás encontró alguien más o tal vez quería que yo la buscara y no lo hice. En cuanto a Fernanda, la otra noche, el día en que supe que te habías ido –lo que son las cosas– la descubrí con otra persona. Mis sospechas y las tuyas eran ciertas. Tal vez te parezca una manera justa por lo que te hice pasar. Creo que le decías karma. No negaré que me dolió. Como tampoco negaré la borrachera que me puse ese día para olvidarte y ahogarme en mis errores, y aún así sigo sin poder superarlos, sin poder dejar de extrañarte.  

De haber sabido que así se darían las cosas, desde mucho tiempo atrás ella y yo hubiéramos terminado para poder decirte la verdad y tener algo estable contigo y ella con otra persona. Me dueles porque la vida no me sabe igual sin tu cercanía. Tú esperaste, lloraste y sufriste por un amor que no supe corresponder. Aquí está mi pago: una vida sin sentido. De nuevo un niño, como me decías, consentido desde siempre y que obtiene todo fácil. Cómo quisiera que así fuera. Hoy más que nunca reconozco lo importante que eres en mi vida. Sí, no he terminado mi relación con Fernanda, y ya sé lo que me dirías, imagino tu gesto de desaprobación. Las cosas andan mal y ninguno de los dos se atreve a hablar las cosas de frente. Tú y yo tuvimos una última plática, en el lugar donde solíamos cenar a altas horas de la noche, sé que lo recuerdas. Ahí donde desenmascararé todo lo que se hace llamar Alejandro. Cada día, cada pleito cada problema con Fernanda es una herida en el pecho, una carga involuntaria, un querer y no. Sí, vivo una mentira con ella, una ilusión, una nostalgia, como bien me lo dijiste ese día. 

 Ahora es mi turno de esperar, de sanar, que la distancia y el tiempo nos den la oportunidad, años o vidas después, de volver a coincidir. Y si tú, el tiempo o la vida no me lo permiten, entonces me aferraré a tu recuerdo, a ese sentimiento que, durante casi cuatro meses, decidimos llamarlo amor y aunque bien sé que no es eterno, es como si lo fuera. Alejandro”.

Rodrigo O´Gorman