jueves, 31 de enero de 2013

Aunque bien sé que no es eterno


“Aquí debería estar tu nombre”.
Rubén Bonifaz Nuño,
El manto y la corona.
    


* El juego

Los dos se encontraban jugando gato en una hojita de papel que ella desprendió de su libreta, en las oficinas de Marketing Group. "Ni él da más ni ella da más, su amor es recíproco y eso es lo que más importa en los amores", le dijo Miranda a Alejandro mientras observaban por una de las ventanas del edificio a otra compañera de trabajo, quien descendía del vehículo conducido por su esposo. A días de la ruptura, los dos se dolían y se extrañaban como se duelen los amores en ruinas y como se extraña la presencia de alguien que yace bajo tierra. Alejandro trazó una línea diagonal sobre la hoja, había ganado la partida de gato y a su vez perdido el amor de Miranda. Si los amores se disputaran su destino en un juego de gato o en un "piedra, papel o tijeras", habría quizás menos sensación de nostalgia y un mayor reconocimiento de que la vida, más allá de lo lúdico, es elección, jamás azar.

*La mirada

Miranda entró a la oficina de Alejandro. Quizá fue un momento previamente planeado. La circunstancia entre un “la miro” y un “lo veo”. El fugaz instante de dos o tres minutos porque, lo dicho por Benedetti: “para más no hay tiempo”. Él la vio vestida con un traje sastre gris que lo dejó sin palabras por un instante. Le pidió que tomara asiento y le ofreció un café que ella aceptó por los nervios. Referencias, datos, experiencia, situaciones simuladas, una entrevista laboral que Miranda fue sorteando con sutileza, sin dejar de sonreír. Tal vez la sonrisa procuraba no delatar el miedo que la recorría. Tal vez Alejandro había decidido ya, desde que ella entró a su despacho, darle el trabajo. Tal vez bastó que ambos se vieran a los ojos para esconderse virtudes y hallarse defectos. Mirarse el iris y ahí el universo.     
  

*El baile

Alejandro escuchó la sugerencia de su amigo Julio al salir del trabajo: “Un buen baile y unas flores. Con eso cae la paloma”. Él lo auguraba, además de comprar un ramo de rosas, llevó a lavar el automóvil y usó la loción que su madre le había regalado en su último cumpleaños. Quedó de pasar a las ocho; para esa hora, Miranda se encontraba casi lista. Media hora después llegaron al salón de baile. Pagaron la entrada, se dejaron hacer la revisión de seguridad de rutina y tomaron una mesa, cerca de una de las ventanas, para poder fumar. Las luces, el sonido inconfundible de la salsa, cumbia y son; el baile evocador de las parejas, la sensualidad del movimiento, provocaron en ambos un cruce inexorable de sonrisas. Comenzó la canción Yo no sé mañana y Alejandro tomó de la mano a Miranda para llevarla a la pista. Era la primera vez que los dos bailaban juntos.

Dicen los abuelos que bailar con la pareja es una prueba de fuego. En el baile, y más en los ritmos como la salsa o el tango, debe de existir una total comunicación con el otro, una simbiosis de cadencia, un péndulo unísono de pies, manos y caderas. Los abuelos creen que si una pareja no sabe bailar entonces no pueden complementarse al cien por ciento, o que quizás no son el uno para el otro. En aquellos tiempos, como ahora, el baile es la invitación inconfundible de los cuerpos a la fiesta que es el sexo. Es provocar en el otro la debilidad del deseo. Al bailar, Miranda se percató que Alejandro no sabía del todo y cuando él le confesó que, aunque no sabía, quiso intentarlo, le robó más que una sonrisa a ella. Canción tras canción, ella fue enseñándole y Alejandro aprendió con facilidad, aunque con uno que otro tropiezo o golpe contra alguna de las parejas que estaban en la pista. La cuenta de cigarros, bebidas y canciones dejaron de ser preocupación para ellos. Y justo en la canción 
Por retenerte, interpretada por Charlie Cardona para el Tributo a la Salsa Colombiana de Alberto Barros, después de que Miranda dio una vuelta y fue tomada de la cintura por los brazos de Alejandro, él intentó besarla. Entonces, en el beso, se lo contaron todo.

*El viaje

Miranda y Alejandro comenzaron a salir con más frecuencia desde de la ocasión del baile. Ella hacía sus labores de costumbre en la empresa para esperar a Alejandro en el lobby de la entrada principal de Marketing Group. A veces él posponía sus salidas con ella para otro día, cuando no era situaciones en casa, era la carga excesiva de trabajo. Miranda no quería que Alejandro se sintiera sofocado por ella, por lo que, aunque no quería, regresaba a su casa cuando él no podía salir con ella.  

Pronto llegó el momento en que Alejandro se apersonó en la casa de Miranda. Ahí ya lo conocían, ella no paraba de hablar sobre él. La primera vez que entró fue en su cumpleaños. Ese día, su jefe y director de la empresa Marketing Group, Sergio Olarrieta, lo dejó salir temprano de la oficina, situación que aprovechó para alcanzar a Miranda, quien ya preparaba junto con su abuelita materna, la comida para él. Fue recibido con fervor. La mamá de Miranda lo invitó a tomar asiento mientras terminaban de preparar los alimentos. Alejandro se percató de inmediato lo que Miranda ya le había dicho en una de sus primeras pláticas, la ausencia de los hombres en su casa hacía del hogar un lugar completamente maternal. El papá de Miranda abandonó a la familia desde que ella tenía consciencia, era hija única y su abuelo paterno falleció víctima de una terrible pulmonía, hace poco menos de medio año. María, la mamá de Miranda, le pidió que pasara al comedor y él, que de inmediato se sintió como el hombre de la casa, se sentó para ser atendido. Hace mucho que Alejandro no se sentía tan bien querido como ella se lo estaba demostrando. “No sería difícil acostumbrarme a una vida así”, pensó.

Tiempo después Alejandro le hizo una propuesta a Miranda. “Vámonos a Puebla, un fin de semana ¿Qué dices?”. Ella, que aceptó por la inquietud y la ilusión que se le presentaba ante tal petición, tuvo que inventarle a su familia un evento de trabajo en esa ciudad por parte de Marketing Group. La familia creyó en las palabras de Miranda, además de que Alejandro, con la ayuda de su amigo Julio, obtuvieron un oficio que falsificaron y dieron a firmar, entre un montón más de documentos, a Olarrieta. Viajaron un viernes por la tarde, ese día cenaron en el centro histórico, caminaron por sus emblemáticas calles llenas de negocios, gente, aromas y colores hasta finalizar en la despampanante Catedral de Puebla de los Ángeles. El sábado salieron a un balneario que estaba a una hora de la ciudad, regresaron a su hotel y por la noche bebieron y bailaron en un bar ubicado en el Callejón de los Sapos (nombrado así desde tiempos coloniales cuando las aguas del Río San Francisco se desbordaban sobre la actual calle 6 Sur, quedando estancadas por largos lapsos de tiempo, situación que trajo consigo el asentamiento de los bufónidos anfibios). El domingo se quedaron en la habitación, Alejandro le dijo que sólo quería estar con ella viendo la televisión, acostados en la cama. Miranda fue al baño y regresó vestida sólo con la camisa de Alejandro. Esa imagen trajo consigo una canción a la mente de él, que solía escuchar en la casa de su abuelo Víctor: El día en que voy a partir de Silvio Rodríguez. “No te muevas… si puede estar quieta la felicidad”.

Camino a casa, ella estaba desilusionada. Faltaba algo, para Miranda era un elemento importante, aunque lo había dejado desapercibido por los momentos que pasaba, todos de dicha y alegría, en compañía de Alejandro. Los dos se gustaban, se ansiaban, pero él no le había pedido aún a ella que fuera su novia. Y cuando Alejandro le preguntó qué le sucedía, Miranda no pudo evitar preguntarle por qué aún no se lo había pedido. “Pensé que en el viaje me lo dirías”. Alejandro hizo un gesto de incomodidad. Le dijo que él no creía en eso de las relaciones de pareja o de noviazgo. Le platicó sus experiencias amorosas del pasado intentando con ello justificar su falta de compromiso. “Lo importante es que las cosas se están dando entre tú y yo”, dijo sonriendo, a lo que Miranda terminó aceptando.  
Al llegar a su casa, Alejandro le escribió un mensaje de texto a Miranda para decirle que había llegado con bien y reiterarle que le diera tiempo, que comprendiera lo que él ha vivido. Al terminar la llamada, pasados veinte minutos, él recibió la respuesta en su celular:

“Grax. Cuidate, = te doy las grax porq contigo conoci el verdadero amor. En este puedo haceptarte, con tus puntos, comas y signos de ¡!, los cuales radican en lo que siento x ti. Tu presencia en mi causa un gran respeto y no lo digo para q te subas a una nube, es para contestar la pregunta q tantas veces me has hecho sobre el porq me gustas. Te reitero que tu no me gustas, me encantas, te amo y deseo pasar mi vida contigo, despertar cada manana y ver el rostro de la persona q mas e amado asta este momento, deseando q dure lo q tenga q durar; no te pido la eternidad, solo te pido la companía, el apoyo y el respeto q merezco y no creas q te quiero para ser mas feliz sino q te quiero para compartir el camino de la felicidad. Descansa. xoxo”.

*El mercado

La vida de Alejandro siempre estuvo rodeada de comodidades. Cada año, en día de reyes magos, tenía los juguetes que pedía, o hasta más. En casa no se le negó nada ni se le obligó a cumplir con el quehacer o alguna otra responsabilidad hogareña. Era de los primeros chicos de la calle en tener la nueva consola de videojuegos. Su juventud estuvo vigilada y consentida por sus padres. Estudiar en una universidad de paga, salir a fiestas y borracheras cada fin de semana, tener un automóvil propio y vestir con ropa de marca fue lo que marcó su vida como universitario. Al terminar la profesión no tuvo problema en encontrar trabajo, su padre tenía una estrecha relación con Olarrieta y éste le dio de inmediato un buen puesto en la empresa Marketing Group.

Un día Miranda lo invitó a pasar el día con ella. No se trató de un día común para Alejandro. Al salir del trabajo, ella le pidió que dejara su automóvil afuera de la casa para caminar hacia el mercado donde trabajaba con su mamá. Él conocía los mercados, aunque estaba acostumbrado a hacer las compras en el súper, llegó a visitar un par de éstos, sobre todo cuando salía de vacaciones a provincia con sus papás. Al llegar al local, ella presentó a Alejandro con algunos comerciantes. Una de las conocidas de Miranda, dueña de un local de verdulería, le pidió que fuera por su hija a la iglesia para que la llevara con Sofía, la hija del carnicero, a pintarle las uñas. Alejandro acompañó a Miranda por Valeria, la niña, mientras le preguntaba si sabía ubicarla. Miranda le explicó que la conocía desde bebé. Una de las cosas que ella hacía en el mercado era estar al pendiente y cuidado de los niños. Pasaron por la niña y regresaron al mercado. Él se dio cuenta, conforme pasaban por los pasillos repletos de comida, frutas, carnes, semillas, etc. que todos conocían a Miranda y ella a su vez saludaba a los demás locatarios y comerciantes. Después de que Sofía le pintó las uñas a Valeria, los tres regresaron al local. La madre de la niña agradeció el favor y a la hora de la comida les invitó unos tacos de carnitas en el local de enfrente. Miranda rió al ver la expresión de desagrado en el rostro de Alejandro cuando él vio la manera en cómo se preparaban los tacos.

Él observó a los niños jugando por los pasillos del mercado, las pláticas de los comerciantes; estaba sorprendido por el ambiente que generaban las personas del lugar. Miranda reconoció la novedad en sus ojos y le dijo: “por eso me caen mal los universitarios”. Él volteó la mirada hacia ella como esperando una explicación por su abrupto comentario. Miranda le dijo: “La mayoría de ellos viven una vida de comodidad, donde lo único que medio saben hacer es estudiar. Yo no pude hacerlo, me dediqué a trabajar aquí con mi mamá. No me gusta que se burlen con comentarios que no vienen al caso, como cuando dicen “verdulera” o “marchanta” para ofender o denigrar a otra persona. No conocen la verdadera riqueza de esta gente: la solidaridad. Lo tienen todo fácil, como se ve tú lo tuviste. Los que estamos en los mercados somos personas que trabajamos todo el día, no sólo las horas en las que se atiende el puesto. Nos levantamos temprano, hacemos nuestros deberes de casa y venimos a trabajar; salimos tarde porque debemos dejar todo preparado para el día siguiente. Lo más bonito es que entre todos nos ayudamos. Si el locatario de enfrente no tiene luz, pronto está algún comerciante más que le ayuda, o lo deja colgarse de la suya; lo mismo con el agua, con el cuidado de los niños, la recolección de basura. Aquí se suda trabajo. Por eso me caen mal, ellos sienten que se les viene el mundo encima porque reprueban un examen o no pasan una materia. Te puedo asegurar que no durarían ni una semana trabajando en uno de estos locales. Quisiera ver a los estudiantes como tú  trabajando juntos en algo”. Ese día Alejandro se dio cuenta que tenía una escuela: la académica; mientras que Miranda tenía otro tipo de escuela: la vida.              

*El espejo

Por la mañana, en el trabajo, Alejandro platicaba con ella. Él le preguntó si quería salir de nuevo: “No sé, podemos ir a comer y después perdemos por ahí…”. Miranda, que jugaba Angry birds en el celular de él, se rió al escuchar la propuesta. De pronto, el licenciado Olarrieta mandó a Xavier para notificar a Alejandro que debía presentarse de inmediato en la oficina principal. Alejandro, un tanto preocupado, pues el jefe sólo lo llamaba cuando había problemas, subió a prisa con Xavier detrás de él. Miranda se quedó jugando con el celular y éste recibió un mensaje de texto. Ella quiso saber de quién se trataba. El mensaje era de una tal Fernanda, que le decía: “Hola bebé, cómo estás? Vas a venir a verme hoy? Te extraño”. Quizás Miranda no debió de haber leído el mensaje. Un odio mezclado con ira fue apoderándose de ella mientras, decidida, observó el resto de éstos. Se sintió desilusionada, extraña, cuando se percató que no sólo era Fernanda, también había mensajes de una mujer llamada Ximena, donde él le respondía que, por el trabajo, no podía verla, pero le prometía una escapada de fin de semana juntos.

Ella salió del trabajo rumbo a su casa. Camino a casa fue pensando en lo que había leído. Comenzó a atar cabos, por eso Alejandro no podía salir con ella con tanta frecuencia, entendió su preocupación repentina o las ocasiones que miraba el reloj de su mano para saber la hora. Una hora y media después, Alejandro llamó desde la oficina a su celular. Ella le dijo que lo esperaría en casa y él le preguntó si harían lo que había planeado, antes de ser interrumpido por Olarrieta, a lo que Miranda respondió con un insipiente “sí”. A los veinte minutos, Alejandro pasó por Miranda a su casa, ella lo besó como de costumbre y le devolvió el celular. Él condujo hasta un restaurante de comida Argentina. Mientras comían, Alejandro le platicó a Miranda el problema en que Xavier lo había metido con su jefe. “Es un pendejo”, dijo, a lo que ella le respondió “al menos fue sincero”. Terminaron de comer y, ya en el coche, ambos llegaron hasta el motel donde, en la ocasión del baile, habían terminado juntos.
La habitación, que se encontraba bajo una luz tenue, fue el lugar idóneo para Miranda. Primero  lo sedujo con la mirada, como aquella mirada que había seducido a Alejandro en la ocasión de la entrevista. Se acercó a él, con paso firme, como queriendo cazarlo con su andar. Lo tomó de las manos por el cuello. Le desabrochó la camisa y lo acostó en la cama. Cuando lo tuvo casi desnudo y debajo de ella, sin más, su rostro cambió:

– ¿Quién es Fernanda? –dijo de forma abrupta.  
– ¿Qué? –respondió Alejandro, como tratando de hacer tiempo.
–Lo que escuchaste –aseveró Miranda, mientras Alejandro intentaba levantarse.
–Es una chica con la que salgo hace un año –respondió Alejandro sin mirarla –la conocí por un amigo, en una fiesta.
Miranda se retiró de la cama. Había confirmado por la boca de Alejandro lo que había visto en el celular. Sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo, la estúpida sensación de vacío, el arrebato inhumano y descarnado que era la infidelidad para ella.
– ¿Son novios? –preguntó Miranda, haciendo más grande la herida.
Alejandro sólo asintió con la cabeza. Él intentó abrazarla, pero Miranda lo detuvo con otra pregunta, mirándolo a los ojos.
– ¿Y Ximena también es tu novia? –interrogó como queriendo emboscarlo.
– ¿Qué más quieres saber? –respondió molesto Alejandro mientras forcejeó con ella para ponerse de pie –Yo te dije que no quería nada serio. 
– ¿Entonces debo de ser yo la que te pida perdón? –dijo Miranda indignada.
–No, no quiero eso. Sólo que entiendas que jamás te vendí algo más que no fuera –señaló Alejandro mientras tomaba su camisa para colocársela.
–Tienes razón, Alejandro, sólo quería saber lo que significo para ti –dijo ella acercándose de nueva cuenta hacia él.    

Alejandro no podía creerlo, Miranda volvió a seducirlo. Tomó las manos de Alejandro para llevarlas al cálido placer de su pecho de ébano blanco, un par de girasoles vívidos. Quiso besarle los labios y él reconoció una veta de tristeza en los ojos de ella.

– ¿Por qué lo haces? –preguntó de inmediato.
–Porque es lo que tú quieres –respondió Miranda.
–No es lo que yo quiero –dijo él, quitando sus manos de los senos de ella.
–Pero es lo que a ti te gusta, hermoso –dijo ella.
–No, Miranda, así no –exclamó Alejandro.
–Entonces cómo, precioso –dijo Miranda para, acto seguido, intentar besarle el pecho.
–No lo entiendes –dijo él, volviendo a detenerla.
–Claro que lo entiendo: sólo quieres que sea otra de tus perras, una más de tus putas –sentenció Miranda – ¡Cógeme!

Alejandro no soportó el momento, quiso que Miranda parara, pero ella no tenía la más mínima intención de detenerse. “¡Basta, Miranda!” fueron las últimas palabras entrecortadas que salieron de la boca de Alejandro. Ella se recostó a un lado de él y le dijo: Sólo dañamos a las demás personas cuando no somos capaces de imaginarlos a nosotros mismos. Eso es lo que te sucedió: Tú no eres capaz de imaginar mi amor, por eso lo dañas”. Alejandro tuvo un vuelco en el pecho que se fue mermando conforme le platicó a Miranda sobre su amor con Fernanda y su relación con Ximena. Le confesó que él se sentía cansado de Fernanda, que fue muy rápido lo que sucedió con ella; que no había pensado en un compromiso serio y cuando menos se dio cuenta ya llevaba más de un año con ella. Que, pese al tiempo, no la conocía realmente y últimamente habían tenido muchos conflictos. Además, tenía la sospecha de que Fernanda estaba interesada en otra persona. Ximena era una compañera que conoció hace tiempo, en la universidad. Una ocasión ambos salieron a un concierto y ya con los tragos encima terminaron en la casa de ella. Pero cuando conoció a Miranda, desde la entrevista, se sintió atraído. Nunca se imaginó enamorarse de ella. Tampoco quería seguir con ese juego. Desde la ocasión del baile él sólo quería estar con ella. Alejandro le prometió a Miranda terminar con Fernanda, no buscar más a Ximena y así intentar algo serio con ella.

Miranda escuchó a Alejandro. Sentía un vacío en el corazón, de nueva cuenta un escalofrío le recorrió su pecho, unas ansias desmedidas de largarse y dejarlo todo. Una desolación de lágrimas, un vaivén de nostalgias; la rotonda de fantasmas, miedos y corajes. Fantasmas porque ahí están y aparecen en las noches más frías. Miedos porque nos desenmascaran y encubren. Corajes porque nos vilipendian y subliman. El velo de la mentira. Duele porque descubrimos que las personas son como son, no como las imaginamos ser. Quizás duele porque uno mismo debe derrumbar el edificio que construimos con amor antes de que el sismo del dolor lo haga.

*La carta

Alejandro:

Creo q la vida me esta jugando una mala pasada, el conocert me hiso feliz pero cada día q paso a tu lado ya no se. Confución es tu nombre y Duda tu apellido: ¿Porq todo tiene q ser tan complicado? Por una ves podrías sólo vivir, sentir, disfrutar, creer. Pienso que para ti es difícil creer porq no sabes cumplir.

Solo t quiero reiterar q el tiempo cura todo pero por desgracia ay mas tiempo q vida y vida como Alejandro solo tienes una; ya basta de justificar, ya basta de ese sufrimiento falso q te obligas a sentir; ya no t mientas, ya no t confundas, ya no justifiques tus miedos q no tienen justificacion, ya no culpes a los demas por tus malas deciciónes amorosas. “Ellas” no son malas, solo son ellas y tu las quieres obligar a cambiar; supongo q eso es lo mas peor, y esto es lo q a ocacionado q siempre t topes con pared y por eso t haz descalabrado y feo.

Un dia tu me preguntaste porq cuando una mujer lo puede tener todo contigo, t engaña o no t quiere o se aleja de ti. Hoy t doy la respuesta: no busques mas, la tienes frente a ti. ¿Porq t sucede? Creo yo q es porque t gusta y por eso buscaz siempre a la mujer q te hace sufrir, con eso justificas el miedo q tienes. En los noviazgos pareciera q es mas facil culpar q ser culpable y eso abla de ser irresponsable. Me atrebo a recordart q el amor no es como una novela: trizte y desoladora; el amor es solo amor, un sentimiento q no se puede comprar, medir y mucho menos vender. Solo tiene de dos: existe o no. Haci q, mi querido Alejandro, ya no t inventes teorias ni formulas magicas para éste sentimiento, solo disfrutalo mientras dure o mejor azlo perdurar toda tu vida, esfuerzate por mantenerlo vivo. No lo midas no lo cuantifikes no lo explikes: por una ves en tu vida ama a quien tu quiéras amar, pero por favor azlo antes de perder a una vuena amiga, o si vien lo ves, al amor de tu vida XOXO Miranda.

*El consejo

 “¿Por qué seguir queriéndolo?” Le preguntó Xavier a Miranda. “Te diste cuenta cómo es y aún así le enviaste la carta diciéndole que viniera a tu lado. No te entiendo”. Ella tampoco lo entendía. ¿Por qué decimos “amor”, si nos daña? Quizás porque si no doliera, no sería amor. Pero Miranda no tenía respuesta. Era la primera ocasión que se enfrentaba a una situación así. Lo quería, lo necesitaba, eso era seguro. Pero tampoco iba a dejar que Alejandro jugara con sus sentimientos… aunque ya lo hubiese hecho. Estaba enfadada porque ella no ocupaba el lugar de Fernanda, ni siquiera el de Ximena y no entendía por qué Alejandro no podía terminar con ella. “¿Por qué te gusta?” Preguntó  de nueva cuenta Xavier intentando entender lo que ella sentía por él. Seguía sin recibir respuesta: los amores sólo son comprensibles por los amorosos.

De pronto, Miranda le pidió a Xavier que la abrazara por la espalda. Él, con un calor fraternal, lo hizo. Ella comenzó sollozar, a platicarle mientras las lágrimas corrían por sus mejillas o era interrumpida por algún quejido triste, todo lo que había sucedido con Alejandro. Cómo se conocieron, la ocasión del baile, las visitas de él a la casa, las comidas, las idas al cine, el viaje a Puebla, cuando ella se enteró de Fernanda y de Ximena, lo que sabía de ellas y lo que Alejandro le dijo respecto al amor que sentía. La promesa de una vida a su lado dejando todo lo demás atrás. “¿Cómo creerle?”, le preguntó Miranda a Xavier. “¿Tú que sientes?”, respondió con otra pregunta. “Que quiero creerle”, suspiró Miranda. “Estar con él es más que maravilloso. Siempre platicamos, reímos, comemos, hacemos casi todo, como novios, aunque no lo seamos”. Xavier, que deseaba ayudar a Miranda en la decisión que tomara, la abrazó aún con más fuerza. Miranda secó sus lágrimas, aligeró todo el coraje y la frustración de la situación que vivía con Alejandro en la plática. Le agradeció a Xavier y lo acompañó a la avenida para que tomara el camión. Él se despidió de ella con un consejo: “La gente no cambia, sólo lo hace si tiene la necesidad”. Ya en el transporte, camino a casa, él comenzó a sentirse mal. Odiaba que Alejandro tuviera así a Miranda, pero tampoco podía hacer nada. Para Xavier: Miranda y Alejandro eran imposibles, mas imposibles enamorados.

*La ruptura

Espro q esto lo guardes en tu ment y en tu corazon. En la vida el único culpable de lo q nos pasa somos nosotros mismos. La vida no es un espjismo, la vida son suenos, ilusiones y porq no desilusiones, entiendo el rumbo de la vida q tu quieres llevar, pero t invito a reflexionar, aunq sean otros tiempos aveces es necesario vivir tu vida con seriedad, con el tiempo q no es otra cosa q la expriencia para solusionar nuestra vida de la mejor forma. Deseo de todo corazón q seas feliz, q te des la oportunidad de conocer mas, de exijir lo mejor para ti, q entiendas q tu juventud no es de por vida y q ya es tiempo de q vivas algo lindo de verdad. Lamento decir q tal vez yo no soy eso lindo, pero creo q encontrarás a alguien q te aga vibrar de deseo y de ilucion. Cuando regrese, todo va a ser distinto y espro encontrarte feliz lleno de amor porq eso cualquiera de nosotros lo mereze.

Deseo q cumplas tus metas y tus suenos, deseo yo cumplir los mios. Quiero q sepas q te amo y q me aferre a ti por lo q sentia, se q no es excusa, pero cuidate que Dios te bendiga, cuide e ilumine tu mente y tu corazon, perdona todas las malas palabras q te dije y conserva todo lo bueno q te di, ya q pocas prsonas me conocen asi como contigo fui. Fue grato el tiempo q estuve contigo y no me arrepiento de estos casi cuatro meses q vivi a tu lado. Deseo q seas feliz y espro encontrar la paz q en mi hace falta para vivir tranquila lejos de ti, no deseo q tu solo seas un capricho para m, ni yo una mentira para ti. Cuidate muxo y portate mal pro piensa bien para q nada malo te pase. Aveces no qremos ver la realidad, quizas porque ya la sabemos. Besos bebe. Miranda”.

Alejandro quería creer. Saberlo todo antes de decidir. Decisiones, él nunca ha sido bueno para elegir. Quiso fumar, pero a la primera fumarada el estómago se le revolvió, un dolor intenso. Llamó a la casa de Miranda y la mamá de ella le dio la noticia: “Miranda salió de viaje. Fue con sus tía a Veracruz”. Él se sintió culpable, agradeció y se despidió sin dejar dicho nada. Intentó llamarla a su celular, pero lo mandaba directamente al buzón de voz. Hace una semana aún se encontraba con ella en la oficina, fue inesperado su viaje y Alejandro sintió miedo. Hizo un par de llamadas más, primero le habló a Fernanda, diciéndole que mañana no la vería por un problema que surgió en Marketing Group. Después le llamó a su amigo Julio: “Miranda se fue, necesito unos tragos”.

Por la tarde, Alejandro llegó a la estación del metro donde se quedó de ver con Julio. Éste, al verlo, le sonrió y le dijo “¿Qué pasó, cabrón? ¿Se te escapó la paloma?”, para después reírse y saludarlo. Julio era diez años más grande que Alejandro, su relación, más que de amigos, era de hermanos. El hermano mayor que siempre quiso tener. “Mira, tú déjate llevar por mí, no por nada en la chamba me dicen el todas mías. Hoy olvidas a la paloma, güey, hoy la olvidas”. Alejandro se dejó conducir por las estaciones del metro hasta llegar al centro de la ciudad. “A ver, güey, vámonos a un putero” Dijo Julio a Alejandro mientras comenzaron a caminar por las calles.

Julio condujo a Alejandro a un table dance. Los hombres que resguardaban el lugar los atendieron y llevaron a una mesa. Un mesero les entregó la carta y pasados cinco minutos otro hombre traía consigo a dos mujeres. Julio pidió una cubeta de cervezas, habló con el mesero y zapeó a Alejandro, quien no dejaba de mirar a todas direcciones. “Cámara, güey, no te veas tan pinche primerizo”. Las mujeres se sentaron al lado suyo y comenzaron a platicar con ambos. “A ver, hija, ahí te encargo a mijo, consiéntelo, ya sabes, pa´que olvide a la vieja que se le fue por pendejo”. Alejandro no sabía qué hacer, empezó a beber y a platicarle a Hanna lo que había sucedido con Miranda. “No mames, mijo, si no son para que las aburras con las pláticas, a ver tú, vente para acá, y tú cámbiate con aquel. No jodas, güey, me dejas barajeando solo, mijo”. Las mujeres atendieron la orden de Julio. Michelle se acercó con Alejandro, pero él también le platicó lo que había sucedido. Seguía tomando porque no tenía mayor consuelo que el alcohol y algunas que otras palabras de Julio: “Güey, no me chingues, no te vas a morir por esa pinche vieja. Mejor deja que Michelle te atienda como mereces. Ni la dejas trabajar, cabrón”. Al calor de los tragos, de Michelle, de la música estridente y el humo del cigarro, Alejandro se fue perdiendo en sí mismo. ¿Por qué no podía estar con Miranda? Bebió su respuesta de un solo trago.

Borracho, Alejandro salió del lugar con ayuda de Julio. Caminaron, al menos eso intentó Alejandro, rumbo a la calle República de Uruguay. Al llegar a la calle Francisco I. Madero, Julio se percató de una persona. “No mames, mijo, ¿No es tu vieja la que va allá?” Alejandro, con varios alcoholes encima, volvió en sí al escuchar la pregunta de Julio. Observó hacia donde él le señalaba con la mirada y la borrachera pareció desaparecer de improviso. Era ella, Fernanda, caminando de la mano de otro hombre rumbo a Bellas Artes. Alejandro quiso caminar hacia donde se encontraba su novia, pero fue detenido por Julio. “No mames, mijo, ¿qué vas a hacer? Ya ni la chingas, güey, se te va la amante y la novia te pone los cuernos bien y bonito con otro. Pinche morro salado”. Alejandro no podía dejar de mirar a la pareja que caminaba de la mano por la calle. Parecía un mal sueño, un efecto de la borrachera, peor que una cruda. No podía estar confundido, era ella. Fernanda, su Fernanda.

Alejandro se preguntaba por qué habían sucedido así las cosas. Desde meses atrás su relación con Fernanda no iba del todo bien. Incluso había pasado por su mente terminar con ella, pero nunca se presentó el momento, o el pretexto adecuado. Las sospechas de que Fernanda estaba interesada por alguien más estaban, ahora, fundamentadas. ¿Por qué tuvo que saberlo ahora y no antes? La otra cara de la moneda era Miranda que, así como entró a su vida, también se fue. De nada servía terminar con Fernanda si Miranda estaba lejos queriendo olvidarlo. Le volvió la necesidad de llamarle, decirle que se había equivocado. Que fue una estupidez haber continuado con Fernanda. Ella sólo era un motivo. Miranda: su existencia… ahora distante.              

*De la mano

Fernanda caminaba de la mano de Luis sobre la calle Francisco I. Madero. No era la primera ocasión que salían juntos, pero sí la primera donde él logró convencerla para que caminaran juntos tomados de la mano. La luz de los faroles reflejaba su sombra que iba ascendiendo mientras se alejaban rumbo al palacio de Bellas Artes.

– ¿Cómo te la estás pasando? –preguntó Luis–. A mí me encanta que estés aquí, conmigo.
–Bien, aunque con algo de frío, ¿sabes? –respondió ella mientras, con la otra mano, se cubría de nueva cuenta con la bufanda que llevaba puesta–.
–- ¿Quieres que te dé mi suéter? Aunque igual y con un ponche con piquete se te quita –le dijo él para después sonreírle.
– ¡Ay, sí!, ya me lo antojaste –dijo ella respondiendo con una sonrisa.  -¿Tú cómo estás?
–Pensativo –respondió Luis de inmediato.
–Supongo… ¿en qué piensas? –Le preguntó Fernanda, intentando encontrar su mirada perdida en los pasos que daba.

Después de un suspiro profundo, Luis se atrevió a decirle:

–Que si bien no hay nada, quisiera que hubiera todo. Sabes lo que siento por ti, te lo he dicho desde que te conocí. Me gustas, bueno, no sólo me gustas, eres maravillosa y sería afortunado que estuvieras conmigo, ya sabes, como novios.
–-Y a mí también me encanta la idea. Sólo te pido tiempo –incurrió Fernanda–. Sabes también lo que siento por ti, pero entiéndeme, no me ha resultado fácil dejar a Alejandro. Y no pienses que lo amo más a él que a ti, es que… son sentimientos distintos.
–Pero llevamos meses así –interrumpió Luis, molesto.
–Entiendo que estés molesto –dijo Fernanda, con desconsuelo.
–No sólo molesto, quiero saber qué va a pasar –replicó Luis–. Te mando mensajes sin que me respondas, tengo que aguantarme el coraje cuando me cancelas porque vas a salir con él. A veces quiero llamarte a tu casa pero no puedo porque él está ahí. No sé, me siento como lo que en realidad creo que soy para ti,  alguien que está cuando él no puede estarlo.
–Te diré algo –explicó Fernanda, quien detuvo su caminar por la calle–. No es el mejor momento para mí. Y no quiero justificarme sólo con eso. Soy humana y cometo errores. Tengo problemas en mi casa, no me ha ido del todo bien en el trabajo y últimamente he discutido con aquel, al grado de querer terminarlo. Pero después pasan cosas que no me explico, y vuelvo a quererlo, a necesitarlo.
–Entonces: ¿Qué vas a hacer? ¿Para qué me quieres a mí? –Preguntó Luis, quien también detuvo el paso y separó su mano de Fernanda, para llevarla al bolsillo de su pantalón.
–Lo que sea necesario para no perderte –le dijo Fernanda– ¿Aún amas a esta torpe niña?
–Todo el tiempo –respondió Luis–. Pero no quiero que sea así: ocultos de todo. Quiero que mi familia te conozca, mis amigos, poder decirle y gritarle a la gente que tú y yo somos pareja. Que podemos ir de la mano, como ahorita, por las calles y sin temor a nada.
– ¿Y si no te lo puedo dar? –Volvió a preguntar Fernanda, como sabiendo la inevitable respuesta.
–No me lo des y ya –sentenció Luis–. He perdido mucho tiempo, si de verdad quisieras algo conmigo ya hubiera pasado algo, más bien, ya hubieras terminado con Alejandro. Y yo teniendo la estúpida esperanza de que sucediera.
–Luis… –suplicó Fernanda, ya con la voz entrecortada.
–Aquí voy a estar para ti –respondió Luis con solemnidad–, eso no cambia el hecho de querer tenerte a mi lado, de cuidarte, de ver por ti. Sólo quiero que seas feliz.
–Perdón, de verdad, no sé… –dijo Fernanda mientras se llevaba las manos a la cara–. Tal vez me reproche la oportunidad que estoy perdiendo contigo. Te adoro, no sabes cuánto te…
–Sí, sé cuánto –interrumpió Luis–, lo suficiente para quererme cerca, pero no tanto para no estorbar tu vida con Alejandro.
–Sólo dame más tiempo –rogó Fernanda.
–Claro, tiempo, no hace falta más –recriminó Luis–. No hace falta tener el ansia de tenerte a mi lado. El amor de una caricia tuya. Recordar los momentos que hemos vivido juntos. Los paseos por la Zona Rosa, las muestras de cariño en Xochimilco, el beso robado en Tlatelolco, que me tomes de la mano en el Centro Histórico.
–Te amo –sollozó Fernanda.
–Yo también, Fernanda, pero no así –sentenció Luis.

 *La vida

En esto se convirtió mi vida, Miranda. Estás lejos y tu ausencia es más fuerte ahora que, con la distancia, tampoco has respondido una llamada mía o un mensaje. Ojalá leas este correo. Tómalo como una despedida. Sé por qué te fuiste, así, sin decirme nada. Y qué bueno. No quería lastimarte más, de verdad. Prefiero que me duela tu ausencia al sufrimiento por el que te pude haber hecho pasar. ¿Qué hay de mí? Nada nuevo, sigo con la vida de siempre y eso implica que me sigues asiendo falta. Extraño tu risa, tu mirada, tus pláticas, tu presencia, tu todo. Sé que te incomoda que hable de Fernanda o de Ximena. Perdón que lo haga, pero creo que necesitas saber que Ximena dejó de hablarme hace mucho, quizás encontró alguien más o tal vez quería que yo la buscara y no lo hice. En cuanto a Fernanda, la otra noche, el día en que supe que te habías ido –lo que son las cosas– la descubrí con otra persona. Mis sospechas y las tuyas eran ciertas. Tal vez te parezca una manera justa por lo que te hice pasar. Creo que le decías karma. No negaré que me dolió. Como tampoco negaré la borrachera que me puse ese día para olvidarte y ahogarme en mis errores, y aún así sigo sin poder superarlos, sin poder dejar de extrañarte.  

De haber sabido que así se darían las cosas, desde mucho tiempo atrás ella y yo hubiéramos terminado para poder decirte la verdad y tener algo estable contigo y ella con otra persona. Me dueles porque la vida no me sabe igual sin tu cercanía. Tú esperaste, lloraste y sufriste por un amor que no supe corresponder. Aquí está mi pago: una vida sin sentido. De nuevo un niño, como me decías, consentido desde siempre y que obtiene todo fácil. Cómo quisiera que así fuera. Hoy más que nunca reconozco lo importante que eres en mi vida. Sí, no he terminado mi relación con Fernanda, y ya sé lo que me dirías, imagino tu gesto de desaprobación. Las cosas andan mal y ninguno de los dos se atreve a hablar las cosas de frente. Tú y yo tuvimos una última plática, en el lugar donde solíamos cenar a altas horas de la noche, sé que lo recuerdas. Ahí donde desenmascararé todo lo que se hace llamar Alejandro. Cada día, cada pleito cada problema con Fernanda es una herida en el pecho, una carga involuntaria, un querer y no. Sí, vivo una mentira con ella, una ilusión, una nostalgia, como bien me lo dijiste ese día. 

 Ahora es mi turno de esperar, de sanar, que la distancia y el tiempo nos den la oportunidad, años o vidas después, de volver a coincidir. Y si tú, el tiempo o la vida no me lo permiten, entonces me aferraré a tu recuerdo, a ese sentimiento que, durante casi cuatro meses, decidimos llamarlo amor y aunque bien sé que no es eterno, es como si lo fuera. Alejandro”.

Rodrigo O´Gorman

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