lunes, 24 de septiembre de 2012

Los cuentos de mi padre (fragmento)


Los cuentos de mi padre
(fragmento)

Por la mañana, camino al centro de la Ciudad de México, observé cómo mi papá llevaba de la mano a sus dos nietos, rumbo al mercado. Me resultó poco común, sin embargo, la prisa me condujo a subir la “combi”, como así me he acostumbrado a llamarle al transporte público, rumbo a la estación del metro Pantitlán. Por la noche, después de cumplir con los pendientes que tenía, llegué a casa y de inmediato fui sorprendido por las risas de un par de niños, mis sobrinos, mientras observaban cómo el hámster caía de su rueda de ejercicio, dentro de una jaula blanca y pequeña, al no percatarse éste de la inercia que producida su movimiento. Mi papá había comprado una mascota para sus nietos. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en uno de los locales de Cd. Jardín, él me platicó del por qué les había comprado la mascota.

Resultó que mis sobrinos, días antes, habían comprado ya un hámster, supuse que el dinero  había sido el resultado del ahorro de un par de “domingos” suyos. Mi hermano, papá de mis sobrinos, se percató de la adquisición roedora hasta la noche, nada podía hacer para devolverlo, la ilusión estaba más que presente. Los niños, ingenuidad y asombro al final de cuentas, dejaron aquel hámster en una caja de zapatos vacía; misma que no resistió a las mordidas del roedor, quien terminó por buscar una salida. El resultado de aquella fuga terminó en tragedia. El hámster fue a dar al ducto del drenaje del lavaplatos, mismo que da a la planta baja de la casa. Los más de quince metros de altura, del tobogán siniestro de pvc, fueron trampa mortal para su primera mascota. Mi papá lo encontró, los niños también. Creo que fue la visión más cercana que mis sobrinos habían tenido, hasta entonces, de la muerte. Él depositó al animal muerto en la basura, claro, cuando sus nietos habían partido a la escuela. Al regresar, ellos le preguntaron a su abuelito si podían llevar al recién muerto con el veterinario. Entonces mi papá les habló sobre la muerte, el momento en que uno deja de ser como si todo y como si nada. En pocas palabras, les dijo que “poco se podía hacer”, brotando así las lágrimas de  muerte y nostalgia en el rostro de mis sobrinos. Esa escena, según me platicó papá, le partió el corazón, tanto así que les dijo que dejaran sus mochilas, y los llevó, tomados de la mano, a comprar una nueva mascota. La diferencia de este hámster con el anterior, según las palabras de mi sobrino, es que era más “poderoso”, porque éste se ejercitaba en su rueda para hacer ejercicios.

Al conducir camino a casa, terminando el desayuno y la anécdota, me preguntaba a mí mismo, mientras miraba por el espejo retrovisor el rostro solemne de mi padre, cómo le explicaría a mis sobrinos el momento en que su abuelito dejara de vivir en este mundo. No tendría ningún otro hámster con qué reemplazarlo.          

Rodrigo O´Gorman

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