Los cuentos de mi padre
(fragmento)
Por
la mañana, camino al centro de la Ciudad de México, observé cómo mi papá
llevaba de la mano a sus dos nietos, rumbo al mercado. Me resultó poco común,
sin embargo, la prisa me condujo a subir la “combi”, como así me he
acostumbrado a llamarle al transporte público, rumbo a la estación del metro
Pantitlán. Por la noche, después de cumplir con los pendientes que tenía,
llegué a casa y de inmediato fui sorprendido por las risas de un par de niños,
mis sobrinos, mientras observaban cómo el hámster caía de su rueda de ejercicio,
dentro de una jaula blanca y pequeña, al no percatarse éste de la inercia que producida
su movimiento. Mi papá había comprado una mascota para sus nietos. A la mañana
siguiente, mientras desayunábamos en uno de los locales de Cd. Jardín, él me
platicó del por qué les había comprado la mascota.
Resultó
que mis sobrinos, días antes, habían comprado ya un hámster, supuse que el
dinero había sido el resultado del
ahorro de un par de “domingos” suyos. Mi hermano, papá de mis sobrinos, se
percató de la adquisición roedora hasta la noche, nada podía hacer para
devolverlo, la ilusión estaba más que presente. Los niños, ingenuidad y asombro
al final de cuentas, dejaron aquel hámster en una caja de zapatos vacía; misma
que no resistió a las mordidas del roedor, quien terminó por buscar una salida.
El resultado de aquella fuga terminó en tragedia. El hámster fue a dar al ducto
del drenaje del lavaplatos, mismo que da a la planta baja de la casa. Los más
de quince metros de altura, del tobogán siniestro de pvc, fueron trampa mortal para su primera mascota. Mi papá lo
encontró, los niños también. Creo que fue la visión más cercana que mis
sobrinos habían tenido, hasta entonces, de la muerte. Él depositó al animal
muerto en la basura, claro, cuando sus nietos habían partido a la escuela. Al
regresar, ellos le preguntaron a su abuelito si podían llevar al recién muerto
con el veterinario. Entonces mi papá les habló sobre la muerte, el momento en
que uno deja de ser como si todo y como si nada. En pocas palabras, les dijo
que “poco se podía hacer”, brotando así las lágrimas de muerte y nostalgia en el rostro de mis
sobrinos. Esa escena, según me platicó papá, le partió el corazón, tanto así
que les dijo que dejaran sus mochilas, y los llevó, tomados de la mano, a
comprar una nueva mascota. La diferencia de este hámster con el anterior, según
las palabras de mi sobrino, es que era más “poderoso”, porque éste se
ejercitaba en su rueda para hacer ejercicios.
Al
conducir camino a casa, terminando el desayuno y la anécdota, me preguntaba a
mí mismo, mientras miraba por el espejo retrovisor el rostro solemne de mi
padre, cómo le explicaría a mis sobrinos el momento en que su abuelito dejara
de vivir en este mundo. No tendría ningún otro hámster con qué reemplazarlo.
Rodrigo O´Gorman
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