Nadar en las nubes
Para Vicente Quirarte:
“Pisar en el aire”.
Aprendí a nadar por miedo. El viaje que
planearon mis papás a Acapulco terminó con una escena de llanto mío por no
querer entrar al mar, un regaño de mamá a papá por intentar obligarme, y una
desaprobación de él por mi cobardía. Esa misma semana, al regresar del viaje,
mis papás me inscribieron a un curso de natación. Entré con las piernas
temblando como gelatina, limpiando una y otra vez los goggles que se empañaban
con el vapor de la alberca. La maestra me colocó un par de inflables en los
brazos y me pidió que entrara con cuidado. Entonces fui advertido por el grito
de Ulises: “¡Al agua patos!”, quien terminó por darme un empujón que me hizo
perder el equilibrio y caer al agua. La profesora me sacó a flote mientras
regañaba al niño, quien también se metió al agua entre risas. Al final del día,
ya en las regaderas, Ulises se acercó a mí para pedirme disculpas. “Lo siento,
pero fue divertido”.
Con
el paso de las semanas mi relación con el agua fue cambiando. Comenzaron a
desaparecer esas pesadillas nocturnas donde terminaba navegando solo y a la
deriva, con olas gigantescas intentando destruir el barco en que viajaba. Papá
me compró un libro de animales marinos, con los que quedé fascinado por sus
múltiples formas, tamaños y colores. Mamá me hablaba por las noches, a la hora
de acostarme, de esos seres fantásticos como las nereidas y los tritones,
provocando en mi imaginación la posibilidad de encontrarme con alguno por
irreales que fuesen.
También
cambió mi relación con Ulises. Los primeros días seguía enfadado por lo que me
había hecho. Mientras yo aprendía a nadar “de perrito”, veía cómo él nadaba en
un crol perfecto, como si el agua supiera desplazarse por su cuerpo. Era el más
rápido de todos nosotros. Había ganado una medalla de bronce en el concurso
estatal del año pasado, y estaba dispuesto a todo con llevarse a casa la
medalla de oro del próximo concurso regional. Nuestra amistad inició casi un
mes después de haberme inscrito al curso. Cuando comenzaba a practicar el
estilo crol, la maestra de natación le pidió que me explicara cómo debía hacer
la técnica de deslizamiento, pues parecía que sólo golpeaba el agua con las
manos.
–
¿Has jugado con arena?
–
Una vez, cuando salí de vacaciones.
–
¿Es como la arena con que construyen
las casas?
–
Parecida.
Él
me confesó que, a pesar de ser un buen nadador, no había conocido aún el mar.
Pero mayor fue mi sorpresa cuando me dijo por qué estaba en la natación. “Mis
papás no me quieren en casa”. Aseguraba que si por ellos fuera, él pasaría todo
el día en la calle con tal de no causarles problemas.
–
¿A ti por qué te metieron?
–
Porque me daba miedo el mar.
–
¿Y ya no te da miedo?
–
Todavía, más cuando lo sueño.
***
No sé cómo es la vida de los niños
cuyos padres no los aman. A veces papá y mamá tenían diferencias, pero nunca
las trataban si yo estaba presente. Preferían discutir en la noche, cuando
pensaban que ya estaba dormido, o en las horas que me encontraba en la escuela.
En ocasiones desobedecía, pero nunca llegaron a golpearme. Creo que el regaño
más fuerte fue una vez que no quise recoger mis juguetes y papá iba a tirarlos.
Al querer levantarme de la cama, mamá me miró enfadada y con la mano en alto,
como haciendo el ademán de un golpe, cosa que me hizo romper en llanto. Por
suerte no los tiraron, ni me pegaron. Sé que si ellos me metieron a la natación
no fue porque me quisieran lejos de casa, sino para enfrentar mi miedo.
Sin
embargo, no podía decir lo mismo de Ulises. Él aseguraba que su nacimiento
había sido un error. Que sus papás no se querían y que se habían juntado sólo
por obligación. Su mamá lo regañaba a cada momento, un par de ocasiones llegó a
decirle que era un tonto, un inútil. Su papá le pegaba si sacaba malas
calificaciones o cometía alguna travesura. La orientadora de su escuela les
propuso que lo inscribieran en la natación, para que el niño pudiese salir de
ese ambiente conflictivo en el que vivía y pudiera lograr una estabilidad
emocional e incluso algún reconocimiento que lo ayudara a levantar su
autoestima.
Con
el tiempo, Ulises se había convertido en más que un compañero de natación.
Aunque no íbamos juntos en la misma escuela, podíamos platicar varias cosas
durante el calentamiento o al finalizar la clase. Me explicaba cosas que no
entendía de alguno de los estilos que la profesora nos enseñaba a cambio de
convidarle de mi bolsa de frituras que mamá me compraba a la salida. Después de
pedírselos insistentemente, los papás de Ulises aceptaron que él fuera a mi
casa para pasar la noche.
Aquel
día resultó inolvidable. Lo primero que hicimos fue jugar videojuegos. Jugamos
uno contra uno, él ganó tres partidos y yo cuatro, para después disputar con la
selección nacional la copa mundial. La ganamos contra Brasil con gol de oro en
tiempos extras. Éramos la mancuerna perfecta porque Ulises sabía driblar a los
contrincantes, conduciendo el balón por una de las bandas de la cancha mientras
yo me acercaba al centro del área para esperar su servicio y anotar. Al
terminar comimos hamburguesas y papas fritas que, por la ocasión, le había
pedido a mamá que las cocinara. Ulises se comió como tres y aún le quedó
espacio para comerse unas palomitas que mamá nos preparó para ver en la
televisión un programa sobre los animales misteriosos que habitan en el fondo
del mar. Quedamos maravillados al ver aquellas especies acuáticas desconocidas.
Tal vez las nereidas y los tritones eran reales y estaban junto con aquellos
animales, en lo más profundo.
–
De grande me gustaría ser buzo.
–
Para ti es fácil, no le tienes miedo al agua.
–
¿A ti qué te gustaría ser de grande?
–
No sé, me gusta aprender de animales marinos, pero no podría nadar tan
profundo.
–
¿Y si formamos un equipo? Yo nadaría y tú escribirías sobre ellos. Me dices que
eres muy bueno en la clase de español.
Estrechamos
las manos como símbolo de una promesa, como dos adultos pactando un negocio
multimillonario. Algo me decía que él se convertiría en un extraordinario buzo
y me platicaría de todos los animales que encontraría en el mar. Terminamos de
ver los documentales y fuimos a mi habitación. Ulises quedó maravillado, de
inmediato hojeó el libro que papá me había comprado y quiso jugar con el parque
acuático miniatura, mi último regalo de cumpleaños, que tenía sobre el ropero.
Su animal favorito era el tiburón blanco. “Este será el primero que buscaremos
cuando grandes”, decía, y yo podía confiar en su palabra.
***
Un día descubrí con tristeza que Ulises
no era del todo un buen amigo. No sé cuántas semanas habían pasado desde que él
se quedó en mi casa. Me di cuenta que le hacían falta dos piezas al parque
acuático miniatura con el que jugamos aquella vez: el buzo y el tiburón blanco.
Él se percató de mi molestia porque no le hablé en toda la clase. Al salir,
Ulises se acercó para preguntarme si me sentía bien. Le reproché.
–
Pensé que eras mi amigo. Pero los amigos no roban.
–
Yo no te robé nada.
–
Te llevaste mis miniaturas. Dámelas
–
¿Y si no las tengo yo, chismoso? Busca bien.
–
Ya busqué. Dámelas o si no le diré a la profesora lo que me dijiste ese día.
Ulises
se sonrojó de inmediato. Podía revelar su secreto. Hacerlo pasar por un momento
incómodo con la maestra de natación. Y si ella se lo decía a sus papás, bien
podrían cambiarlo de escuela. Era más que un secreto. A él no sólo le gustaba
la profesora, era un adulto que lo entendía, al que le podía platicar cosas sin
sentirse como un tonto, una mujer que se sentía orgullosa de él por el esfuerzo
que dejaba en cada competencia; lo hacía sentirse querido, animado a superar
sus tiempos, a mejorar sus estilos. Le prometió llevarlo a las competencias
regionales que se llevarían a cabo en Acapulco. Ulises tendría la oportunidad
de conocer el mar. A él le encantaba ser el favorito de la clase, el nadador
consentido de ella. No podía arriesgarse.
–
Está bien, yo los tengo. Pero no le digas nada.
–
Nunca le hubiera dicho nada.
–
Es que me gustaron y pensé que no te darías cuenta.
–
Quédatelos, pero prométeme que no robarás nunca.
–
Te lo prometo.
Al
salir de la clase de natación, Ulises me dijo que a cambio de las miniaturas,
quería que ahora yo fuera quien pasara una noche en su casa. En ese momento
entendí que las amistades pueden pasar por momentos difíciles porque si no
pasaran por problemas no sabríamos qué tan valiosas son para nosotros.
***
El día más triste que pasé con Ulises
fue cuando estuve en su hogar. Era la primera vez que me quedaba en una casa
ajena. Pensé que nos divertiríamos igual o mejor que cuando estuvimos en la
mía. Estaba equivocado. Al llegar de la natación, quisimos jugar videojuegos,
pero la mamá de Ulises lo puso a preparar la mesa para la comida. Terminamos de
comer y cuando quisimos ver la televisión, le dijo que primero debía lavar los
trastes. Me sorprendió que él no reprochara. Le ayudé a limpiar la mesa y
cuando no quedó ni un plato más en el fregadero, fuimos a su cuarto para ver
las caricaturas, porque su mamá estaba ocupando la televisión de la sala. En
los comerciales volteaba a verlo, como esperando que él me dijera que se sentía
apenado de no poder hacer todas las cosas que habíamos planeado para ese día. Y
él lo sabía.
–
No pareces enojado.
–
¿Por qué lo estaría?
–
No sé, porque tu mamá te puso a lavar los trastes.
–
Son cosas que hago todos los días.
–
Yo también hago cosas en casa, pero siento que te piden hacer muchas.
–
Eso no importa cuando quieres arreglar tu error.
La
respuesta de Ulises me pareció terrible. Él seguía con la injusta idea de creer
que su nacimiento había sido un error. Procuraba a sus papás, intentaba sacar
buenas calificaciones aunque no fuera muy bueno para la escuela. Las cosas se
pusieron peor en la noche, cuando el papá de Ulises llegó borracho. Aunque no
había visto nunca a mi papá borracho, tenía un par de tíos que en cada reunión
familiar bebían al grado de convertirse en otros. Una vez, uno de mis tíos se
creyó boxeador e intentó pegarle a la pared de la casa de mi abuela. Allí
quedaron las huellas de sus nudillos para siempre. Los papás de Ulises
comenzaron a discutir, a pelear, a gritar, a decir groserías: “Pinche
borracho”, “huevona”, “pendejo malnacido”, “puta mantenida”. Él no soportó la
escena, quizás porque ya la había soportado muchas veces, tal vez porque creía
que era el culpable del poco amor que se tenían entre sí sus padres. Abrió la
puerta del cuarto y con un grito mezclado con llanto les dijo: “¡Ya cállense
los dos!”. Cerró la puerta con seguro, subió el volumen al televisor y se echó
a llorar sobre la cama. Esa misma noche, cuando parecía que todo había pasado,
Ulises me dijo que no podía seguir soportando lo mismo.
–
Pero ellos te quieren, Ulises.
–
No se nota.
–
Haces mucho por ambos.
–
Lo hago para sentirme menos culpable.
–
No eres culpable de nada.
–
Soy culpable de todo.
Lloré
por verlo así, tan débil. El futuro campeón regional de crol, el gran buzo de
expediciones submarinas, el muchacho travieso de la clase.
***
Después de no haberlo soñado por un
tiempo, mi pesadilla con el mar volvió. Esta vez el sueño fue distinto, pues no
era el único que había quedado a la deriva en el barco, también Ulises. Las
inmensas olas querían destrozar el barco y dominarme con el miedo, pero él no
lo permitió. “Encontré la solución”, me dijo con alegría y yo no entendí de qué
solución me estaba hablando. Sacó de entre los escombros un catalejo, como el
que usaban los piratas, y me pidió que observara a lo lejos. Había una isla que
lograba reconocerse entre toda el agua. “Nademos”, dijo, y aunque tuve miedo,
pues la distancia parecía eterna, solté el catalejo y me lancé junto con él a
la mar enfurecida. A la mitad del camino mis pies y brazos se habían cansado,
pensé que no lograría llegar a la isla. Ulises me animó a continuar, diciéndome
que en la isla encontraríamos manjares deliciosos y podríamos jugar juntos con
toda la arena. Aquello me hizo tomar de nuevo fuerzas y continué nadando hasta
que no supe más de mí. De pronto me encontré de nuevo con Ulises, ahora en la
isla, construyendo un inmenso castillo de arena. “Será nuestro refugio, desde
aquí podrás escribir sobre todos los animales que encontremos”. A lo lejos se
encontraban las olas, parecían que se estaban despidiendo. Ulises me dijo que
debía de marcharse junto con las inmensas olas porque así lo quería. No lo
detuve. Le pregunté si había nereidas y tritones en el fondo del mar, si él ya
los había descubierto. Ulises me respondió con una sonrisa. “Sí, existen”.
Entonces lo vi alejarse junto con las olas, con su crol perfecto, acompañado de
tiburones blancos.
Desperté
como no creyéndolo. Parecía que la calma de mis sueños se logró a cambio de una
pesadilla real. A medio día mis papás recibieron una llamada. Ulises iba a
llamarme para decirme que había ganado el concurso regional en mar abierto, que
logró la medalla de oro. Pero mis papás se veían preocupados. Quizá no había
logrado ganar ninguna presea. Mamá colgó el teléfono y me pidió que me
acercara. Intentó buscar las palabras correctas para no lastimarme. Lo que no
sabía es que ya me sentía lastimado. En la competencia final, Ulises perdió. No
era lo mismo nadar en una alberca que en el mar abierto. Él desobedeció las
reglas y continuó nadando, más allá de los límites permitidos. Quisieron darle
alcance pero él se sumergió para ir a lo más profundo. Los salvavidas lograron
sacarlo a flote, le dieron los primeros auxilios en la playa mientras esperaban
a la ambulancia. La profesora no podía creer lo que estaba sucediendo. A pesar
de ir camino al hospital, el cuerpo de Ulises había dejado de respirar.
Por
la noche, el cuerpo de Ulises llegó a la ciudad. Lo velaron en la casa de sus
papás. Aunque no era la primera vez que había asistido a un funeral, al menos
era el primero en que me sentía tan presente. Entré a su habitación, me
pregunté qué pasará con sus cosas. Encima de su televisor estaban las
miniaturas, mismas que como yo esperábamos su regreso triunfal. Salí del cuarto
sabiendo que jamás volvería a entrar de nuevo. Me acerqué al ataúd, lo vi tan
tranquilo, con una sonrisa. Fue su última travesura. Escuché decir que fue un
accidente lamentable, un descuido de la profesora, de los organizadores del
evento. Nada de eso, sé que lo planeó. Y los únicos culpables eran sus padres.
Con el coraje en mi boca, comencé a gritarles. “¡Ustedes no lo amaban!”, para
ser tomado de inmediato por mi padre quien ofrecía disculpas mientras seguía
gritando “¡Culpables!” rumbo a la salida. Camino a casa, papá me dijo que
Ulises seguiría presente, no sólo en los recuerdos, sino también en mi nado,
pues él me había enseñado muchas cosas. Mamá también quiso tranquilizar mi
pesar. “Ahora Ulises nada en las nubes”. Lo imaginé allá arriba, en su crol
perfecto, planeando no sé qué travesura contra un ángel o a Dios.
Esa
noche quise soñarlo. No soñé nada. Ulises no sólo se había llevado consigo mis
pesadillas, sino también mis sueños. Íbamos a entrar juntos a la misma
preparatoria, seríamos los mejores amigos, continuaríamos nadando, viajaríamos
al mar abierto. Por la mañana mis papás me preguntaron si quería ir al
entierro. Les dije que no, que prefería que me llevaran a un acuario, porque
quería comprar una pecera. Ellos me acompañaron, compré varios peces que sé le
hubiesen gustado. Llegamos a casa y la colocamos en mi habitación. Le hacía
falta lo más importante. Saqué del bolso de mi pantalón las miniaturas para
colocarlas en la pecera. Al final, podía imaginar que ese buzo era Ulises,
junto a su tiburón blanco, contándome sus aventuras submarinas para que yo las
escribiera.
Rodrigo O´Gorman