martes, 16 de abril de 2013

Si supieras (cuento)


Si supieras
Para Marcos

Imagina que, al borde de la barra, un hombre bebe y piensa:

Quiero lo que no quieres. Tu negativa es lluvia torrencial que no permite encender esta fogata de leños secos. Y más todavía, cuando indiferente, flama que me confundes, te convoco de nuevo por mi gracia, y con ansias me conduzco por el derrotero que, ilusionado, llegue a cruzarse algún día con el tuyo. Aunque tu ausencia la tolero por un tiempo, la distancia sobre distancia provoca en mí un ardor negado, y así, ardor tras ardor, vas sofocando todas nuestras vidas posibles que no serán porque no quieres. A duras penas hilo mis ideas, y con éstas me inspiro para imaginar tus contornos, capturarlos con los ojos, y explorarlos apenas con las yemas de los dedos. Desnuda mi deseo lo que desnudar no quiere tu capricho. De tu cuerpo las quimeras, salamandras flamígeras, que son tentación dolorosa para el que te conozca, trampa sui géneris del erotismo, y sempiterna inseguridad de quien las acoja. Y te odio, como odio desde ahora revivir aquel momento que tierra pone sobre tierra, para obligar a no encenderme nunca. Poco importa. Quemarme quiero, pues cenizas yo, me acercaré por fin a tu cuerpo, para encender la mecha. Con mi lengua polvorienta sabré consumir tus placeres; un ardor descubriré en tu vientre, y nos enroscaremos para renacer la alquimia; y tus piernas rodearán mi tronco, cada uno de mis leños, al tiempo que nos abrasamos y enunciamos las más tentadoras alabanzas y los más pasionales cantos. El fuego de tu hoguera buscará expandirse, porque de no hacerlo habrá de extinguirse. Negar no podrás ya que quisieras dejar negarme como me niegas, pues de escuchar todo lo que te digo, querrás ya ni extraviarme. Entonces, nuestro encuentro comenzará con un ígneo mirar, para incendiarnos luego.

Amanece, el frío de agosto remueve su recuerdo, mas no lo sabores insípidos. Sobre la barra, una cartera es abierta con la ayuda del cantinero. Entre los billetes, arrugado desde el centro hasta las puntas, sobresale un papel cuadriculado que tiene escrito las palabras de Arreola: “Se alquila paraíso en ruinas”. 
Rodrigo O´Gorman

domingo, 7 de abril de 2013

Nadar en las nubes


Nadar en las nubes
Para Vicente Quirarte:
“Pisar en el aire”.

Aprendí a nadar por miedo. El viaje que planearon mis papás a Acapulco terminó con una escena de llanto mío por no querer entrar al mar, un regaño de mamá a papá por intentar obligarme, y una desaprobación de él por mi cobardía. Esa misma semana, al regresar del viaje, mis papás me inscribieron a un curso de natación. Entré con las piernas temblando como gelatina, limpiando una y otra vez los goggles que se empañaban con el vapor de la alberca. La maestra me colocó un par de inflables en los brazos y me pidió que entrara con cuidado. Entonces fui advertido por el grito de Ulises: “¡Al agua patos!”, quien terminó por darme un empujón que me hizo perder el equilibrio y caer al agua. La profesora me sacó a flote mientras regañaba al niño, quien también se metió al agua entre risas. Al final del día, ya en las regaderas, Ulises se acercó a mí para pedirme disculpas. “Lo siento, pero fue divertido”. 
Con el paso de las semanas mi relación con el agua fue cambiando. Comenzaron a desaparecer esas pesadillas nocturnas donde terminaba navegando solo y a la deriva, con olas gigantescas intentando destruir el barco en que viajaba. Papá me compró un libro de animales marinos, con los que quedé fascinado por sus múltiples formas, tamaños y colores. Mamá me hablaba por las noches, a la hora de acostarme, de esos seres fantásticos como las nereidas y los tritones, provocando en mi imaginación la posibilidad de encontrarme con alguno por irreales que fuesen.
También cambió mi relación con Ulises. Los primeros días seguía enfadado por lo que me había hecho. Mientras yo aprendía a nadar “de perrito”, veía cómo él nadaba en un crol perfecto, como si el agua supiera desplazarse por su cuerpo. Era el más rápido de todos nosotros. Había ganado una medalla de bronce en el concurso estatal del año pasado, y estaba dispuesto a todo con llevarse a casa la medalla de oro del próximo concurso regional. Nuestra amistad inició casi un mes después de haberme inscrito al curso. Cuando comenzaba a practicar el estilo crol, la maestra de natación le pidió que me explicara cómo debía hacer la técnica de deslizamiento, pues parecía que sólo golpeaba el agua con las manos.
    ¿Has jugado con arena?
    Una vez, cuando salí de vacaciones.
    ¿Es como la arena con que construyen las casas?
    Parecida.
Él me confesó que, a pesar de ser un buen nadador, no había conocido aún el mar. Pero mayor fue mi sorpresa cuando me dijo por qué estaba en la natación. “Mis papás no me quieren en casa”. Aseguraba que si por ellos fuera, él pasaría todo el día en la calle con tal de no causarles problemas.
        ¿A ti por qué te metieron?
        Porque me daba miedo el mar.
        ¿Y ya no te da miedo?
        Todavía, más cuando lo sueño.

***
No sé cómo es la vida de los niños cuyos padres no los aman. A veces papá y mamá tenían diferencias, pero nunca las trataban si yo estaba presente. Preferían discutir en la noche, cuando pensaban que ya estaba dormido, o en las horas que me encontraba en la escuela. En ocasiones desobedecía, pero nunca llegaron a golpearme. Creo que el regaño más fuerte fue una vez que no quise recoger mis juguetes y papá iba a tirarlos. Al querer levantarme de la cama, mamá me miró enfadada y con la mano en alto, como haciendo el ademán de un golpe, cosa que me hizo romper en llanto. Por suerte no los tiraron, ni me pegaron. Sé que si ellos me metieron a la natación no fue porque me quisieran lejos de casa, sino para enfrentar mi miedo.
Sin embargo, no podía decir lo mismo de Ulises. Él aseguraba que su nacimiento había sido un error. Que sus papás no se querían y que se habían juntado sólo por obligación. Su mamá lo regañaba a cada momento, un par de ocasiones llegó a decirle que era un tonto, un inútil. Su papá le pegaba si sacaba malas calificaciones o cometía alguna travesura. La orientadora de su escuela les propuso que lo inscribieran en la natación, para que el niño pudiese salir de ese ambiente conflictivo en el que vivía y pudiera lograr una estabilidad emocional e incluso algún reconocimiento que lo ayudara a levantar su autoestima.
Con el tiempo, Ulises se había convertido en más que un compañero de natación. Aunque no íbamos juntos en la misma escuela, podíamos platicar varias cosas durante el calentamiento o al finalizar la clase. Me explicaba cosas que no entendía de alguno de los estilos que la profesora nos enseñaba a cambio de convidarle de mi bolsa de frituras que mamá me compraba a la salida. Después de pedírselos insistentemente, los papás de Ulises aceptaron que él fuera a mi casa para pasar la noche.
Aquel día resultó inolvidable. Lo primero que hicimos fue jugar videojuegos. Jugamos uno contra uno, él ganó tres partidos y yo cuatro, para después disputar con la selección nacional la copa mundial. La ganamos contra Brasil con gol de oro en tiempos extras. Éramos la mancuerna perfecta porque Ulises sabía driblar a los contrincantes, conduciendo el balón por una de las bandas de la cancha mientras yo me acercaba al centro del área para esperar su servicio y anotar. Al terminar comimos hamburguesas y papas fritas que, por la ocasión, le había pedido a mamá que las cocinara. Ulises se comió como tres y aún le quedó espacio para comerse unas palomitas que mamá nos preparó para ver en la televisión un programa sobre los animales misteriosos que habitan en el fondo del mar. Quedamos maravillados al ver aquellas especies acuáticas desconocidas. Tal vez las nereidas y los tritones eran reales y estaban junto con aquellos animales, en lo más profundo.
– De grande me gustaría ser buzo.
– Para ti es fácil, no le tienes miedo al agua.
– ¿A ti qué te gustaría ser de grande?
– No sé, me gusta aprender de animales marinos, pero no podría nadar tan profundo.
– ¿Y si formamos un equipo? Yo nadaría y tú escribirías sobre ellos. Me dices que eres muy bueno en la clase de español.
Estrechamos las manos como símbolo de una promesa, como dos adultos pactando un negocio multimillonario. Algo me decía que él se convertiría en un extraordinario buzo y me platicaría de todos los animales que encontraría en el mar. Terminamos de ver los documentales y fuimos a mi habitación. Ulises quedó maravillado, de inmediato hojeó el libro que papá me había comprado y quiso jugar con el parque acuático miniatura, mi último regalo de cumpleaños, que tenía sobre el ropero. Su animal favorito era el tiburón blanco. “Este será el primero que buscaremos cuando grandes”, decía, y yo podía confiar en su palabra. 

***
Un día descubrí con tristeza que Ulises no era del todo un buen amigo. No sé cuántas semanas habían pasado desde que él se quedó en mi casa. Me di cuenta que le hacían falta dos piezas al parque acuático miniatura con el que jugamos aquella vez: el buzo y el tiburón blanco. Él se percató de mi molestia porque no le hablé en toda la clase. Al salir, Ulises se acercó para preguntarme si me sentía bien. Le reproché.
– Pensé que eras mi amigo. Pero los amigos no roban.
– Yo no te robé nada.
– Te llevaste mis miniaturas. Dámelas
– ¿Y si no las tengo yo, chismoso? Busca bien.
– Ya busqué. Dámelas o si no le diré a la profesora lo que me dijiste ese día.
Ulises se sonrojó de inmediato. Podía revelar su secreto. Hacerlo pasar por un momento incómodo con la maestra de natación. Y si ella se lo decía a sus papás, bien podrían cambiarlo de escuela. Era más que un secreto. A él no sólo le gustaba la profesora, era un adulto que lo entendía, al que le podía platicar cosas sin sentirse como un tonto, una mujer que se sentía orgullosa de él por el esfuerzo que dejaba en cada competencia; lo hacía sentirse querido, animado a superar sus tiempos, a mejorar sus estilos. Le prometió llevarlo a las competencias regionales que se llevarían a cabo en Acapulco. Ulises tendría la oportunidad de conocer el mar. A él le encantaba ser el favorito de la clase, el nadador consentido de ella. No podía arriesgarse.
– Está bien, yo los tengo. Pero no le digas nada.
– Nunca le hubiera dicho nada. 
– Es que me gustaron y pensé que no te darías cuenta.
– Quédatelos, pero prométeme que no robarás nunca.
– Te lo prometo.   
Al salir de la clase de natación, Ulises me dijo que a cambio de las miniaturas, quería que ahora yo fuera quien pasara una noche en su casa. En ese momento entendí que las amistades pueden pasar por momentos difíciles porque si no pasaran por problemas no sabríamos qué tan valiosas son para nosotros.

***
El día más triste que pasé con Ulises fue cuando estuve en su hogar. Era la primera vez que me quedaba en una casa ajena. Pensé que nos divertiríamos igual o mejor que cuando estuvimos en la mía. Estaba equivocado. Al llegar de la natación, quisimos jugar videojuegos, pero la mamá de Ulises lo puso a preparar la mesa para la comida. Terminamos de comer y cuando quisimos ver la televisión, le dijo que primero debía lavar los trastes. Me sorprendió que él no reprochara. Le ayudé a limpiar la mesa y cuando no quedó ni un plato más en el fregadero, fuimos a su cuarto para ver las caricaturas, porque su mamá estaba ocupando la televisión de la sala. En los comerciales volteaba a verlo, como esperando que él me dijera que se sentía apenado de no poder hacer todas las cosas que habíamos planeado para ese día. Y él lo sabía.
– No pareces enojado.
– ¿Por qué lo estaría?
– No sé, porque tu mamá te puso a lavar los trastes.
– Son cosas que hago todos los días.
– Yo también hago cosas en casa, pero siento que te piden hacer muchas.
– Eso no importa cuando quieres arreglar tu error.
La respuesta de Ulises me pareció terrible. Él seguía con la injusta idea de creer que su nacimiento había sido un error. Procuraba a sus papás, intentaba sacar buenas calificaciones aunque no fuera muy bueno para la escuela. Las cosas se pusieron peor en la noche, cuando el papá de Ulises llegó borracho. Aunque no había visto nunca a mi papá borracho, tenía un par de tíos que en cada reunión familiar bebían al grado de convertirse en otros. Una vez, uno de mis tíos se creyó boxeador e intentó pegarle a la pared de la casa de mi abuela. Allí quedaron las huellas de sus nudillos para siempre. Los papás de Ulises comenzaron a discutir, a pelear, a gritar, a decir groserías: “Pinche borracho”, “huevona”, “pendejo malnacido”, “puta mantenida”. Él no soportó la escena, quizás porque ya la había soportado muchas veces, tal vez porque creía que era el culpable del poco amor que se tenían entre sí sus padres. Abrió la puerta del cuarto y con un grito mezclado con llanto les dijo: “¡Ya cállense los dos!”. Cerró la puerta con seguro, subió el volumen al televisor y se echó a llorar sobre la cama. Esa misma noche, cuando parecía que todo había pasado, Ulises me dijo que no podía seguir soportando lo mismo.
– Pero ellos te quieren, Ulises.
– No se nota.
– Haces mucho por ambos.
– Lo hago para sentirme menos culpable.
– No eres culpable de nada.
– Soy culpable de todo.
Lloré por verlo así, tan débil. El futuro campeón regional de crol, el gran buzo de expediciones submarinas, el muchacho travieso de la clase.

***
Después de no haberlo soñado por un tiempo, mi pesadilla con el mar volvió. Esta vez el sueño fue distinto, pues no era el único que había quedado a la deriva en el barco, también Ulises. Las inmensas olas querían destrozar el barco y dominarme con el miedo, pero él no lo permitió. “Encontré la solución”, me dijo con alegría y yo no entendí de qué solución me estaba hablando. Sacó de entre los escombros un catalejo, como el que usaban los piratas, y me pidió que observara a lo lejos. Había una isla que lograba reconocerse entre toda el agua. “Nademos”, dijo, y aunque tuve miedo, pues la distancia parecía eterna, solté el catalejo y me lancé junto con él a la mar enfurecida. A la mitad del camino mis pies y brazos se habían cansado, pensé que no lograría llegar a la isla. Ulises me animó a continuar, diciéndome que en la isla encontraríamos manjares deliciosos y podríamos jugar juntos con toda la arena. Aquello me hizo tomar de nuevo fuerzas y continué nadando hasta que no supe más de mí. De pronto me encontré de nuevo con Ulises, ahora en la isla, construyendo un inmenso castillo de arena. “Será nuestro refugio, desde aquí podrás escribir sobre todos los animales que encontremos”. A lo lejos se encontraban las olas, parecían que se estaban despidiendo. Ulises me dijo que debía de marcharse junto con las inmensas olas porque así lo quería. No lo detuve. Le pregunté si había nereidas y tritones en el fondo del mar, si él ya los había descubierto. Ulises me respondió con una sonrisa. “Sí, existen”. Entonces lo vi alejarse junto con las olas, con su crol perfecto, acompañado de tiburones blancos.
Desperté como no creyéndolo. Parecía que la calma de mis sueños se logró a cambio de una pesadilla real. A medio día mis papás recibieron una llamada. Ulises iba a llamarme para decirme que había ganado el concurso regional en mar abierto, que logró la medalla de oro. Pero mis papás se veían preocupados. Quizá no había logrado ganar ninguna presea. Mamá colgó el teléfono y me pidió que me acercara. Intentó buscar las palabras correctas para no lastimarme. Lo que no sabía es que ya me sentía lastimado. En la competencia final, Ulises perdió. No era lo mismo nadar en una alberca que en el mar abierto. Él desobedeció las reglas y continuó nadando, más allá de los límites permitidos. Quisieron darle alcance pero él se sumergió para ir a lo más profundo. Los salvavidas lograron sacarlo a flote, le dieron los primeros auxilios en la playa mientras esperaban a la ambulancia. La profesora no podía creer lo que estaba sucediendo. A pesar de ir camino al hospital, el cuerpo de Ulises había dejado de respirar.
Por la noche, el cuerpo de Ulises llegó a la ciudad. Lo velaron en la casa de sus papás. Aunque no era la primera vez que había asistido a un funeral, al menos era el primero en que me sentía tan presente. Entré a su habitación, me pregunté qué pasará con sus cosas. Encima de su televisor estaban las miniaturas, mismas que como yo esperábamos su regreso triunfal. Salí del cuarto sabiendo que jamás volvería a entrar de nuevo. Me acerqué al ataúd, lo vi tan tranquilo, con una sonrisa. Fue su última travesura. Escuché decir que fue un accidente lamentable, un descuido de la profesora, de los organizadores del evento. Nada de eso, sé que lo planeó. Y los únicos culpables eran sus padres. Con el coraje en mi boca, comencé a gritarles. “¡Ustedes no lo amaban!”, para ser tomado de inmediato por mi padre quien ofrecía disculpas mientras seguía gritando “¡Culpables!” rumbo a la salida. Camino a casa, papá me dijo que Ulises seguiría presente, no sólo en los recuerdos, sino también en mi nado, pues él me había enseñado muchas cosas. Mamá también quiso tranquilizar mi pesar. “Ahora Ulises nada en las nubes”. Lo imaginé allá arriba, en su crol perfecto, planeando no sé qué travesura contra un ángel o a Dios.
Esa noche quise soñarlo. No soñé nada. Ulises no sólo se había llevado consigo mis pesadillas, sino también mis sueños. Íbamos a entrar juntos a la misma preparatoria, seríamos los mejores amigos, continuaríamos nadando, viajaríamos al mar abierto. Por la mañana mis papás me preguntaron si quería ir al entierro. Les dije que no, que prefería que me llevaran a un acuario, porque quería comprar una pecera. Ellos me acompañaron, compré varios peces que sé le hubiesen gustado. Llegamos a casa y la colocamos en mi habitación. Le hacía falta lo más importante. Saqué del bolso de mi pantalón las miniaturas para colocarlas en la pecera. Al final, podía imaginar que ese buzo era Ulises, junto a su tiburón blanco, contándome sus aventuras submarinas para que yo las escribiera.

Rodrigo O´Gorman