El Quetzal
Para
Aline Ugalde:
“Tech
yanil”.
En la víspera de la lectura semanal de mi
columna preferida del diario Milenio,
la sección Agua de azar de Jorge F.
Hernández, fui alertado por el inconfundible sonido de la canción Ce n´est pas bon de Amadou & Mariam. Había recibido un mensaje de texto. Por
instinto, quizá también para evitar ser el centro de atención momentáneo en la
cafetería, debido al alto timbrar de mi celular, me llevé la mano al bolsillo
interior del saco para saber de quién se trataba.
Hola como estas? Hoy me senti muy tonta, caminaba por
aquellos pasillos y
estuve todo el dia
pensando en ti y tambien que agosto era nuestro mes. Besos
Como si se tratase de
un vendaval de recuerdos, estuve a punto de tirar la taza con chocolate sobre
el periódico, en un mal intento por sorber un poco para mermar lo sorpresivo
del mensaje. Me cercioré de lo que sucedía cuando volví a leer el mensaje e
incluso le pedí a la mesera, quien se acercó con intención de preguntarme si se
me ofrecía algún postre para acompañarlo con mi bebida caliente, que lo leyera
por mí, hecho que llevó a cabo no sin cierta molestia.
–¿Tú qué opinas? –Le
pregunté a la mesera una vez que leyó el mensaje –¿Debo responder con otro
mensaje, o llamarla, o dejarlo así?
–No sé toda la historia y además no soy
ella, usted que la conoce debe saber qué hacer, ¿no?
–Esa es la cuestión: sé qué debo hacer, pero
no sé si quiero hacerlo.
La mesera partió de la
mesa para continuar con su rutina, ella olvidó preguntar si quería algún postre
y yo, que me había quedado sin apetito, preferí no contestar el mensaje de
texto para reanudar con mi ritual de cacao y letras. A los pocos minutos caí en
cuenta que, líneas antes, había dejado de leer el periódico; al menos mis ojos,
en un acto digo de lo histriónico, se movían al paso de las letras mientras mi
mente vacilaba entre la sinrazón de la nostalgia y las patadas de ahogado de mi
voluntad. Terminé por pedir la cuenta, doblar el periódico para colocarlo en
ese compartimiento móvil en que suele convertirse la axila derecha, pagarle a
la mesera dejándole el cambio como propina, abrir el paraguas a la salida de la
cafetería y caminar, con los pasos en automático y la paranoia de un robo o
secuestro, por si acaso, rumbo a casa.
De pequeño, reconocía
el camino a la casa de mi abuelo. Hoy día, puedo llegar de la cafetería a la
casa con los ojos vendados. En aquellas ocasiones, las de la infancia, mi papá
conducía su Ford Fairmont de color
esmeralda por la avenida Xochimilco, misma que trasladaba al aeropuerto de la
Ciudad de México. Llegado el momento, mamá nos decía a mi hermana menor y a mí
que nos asomáramos por una de las ventanas del automóvil para apreciar, por
entre la barda de rejas que circundaban al aeropuerto, los aviones que yacían
sobre tierra. Ver cómo parpadeaban sus luces bicolores, cómo se desplazaban
rumbo a la pista para emprender el vuelo, similar al de un pájaro. La inquietud
natural de la infancia hacía preguntarme cómo le hacían los aviones para
cambiar de tamaño, puesto que sobre tierra los veía inmensos, y en el cielo
apenas si lograba distinguirlos, en gran medida, gracias a sus luces titilantes.
Tiempo después entendí que aquel efecto visual se trataba de la distancia.
Confirmé mis sospechas sobre la distancia cuando vi en la televisión un
programa de Pláza Sésamo donde Archibaldo explicaba lo que era estar
cerca y lejos de algo. Y fue con los sinsabores del amor cuando descubrí la
quintaescencia de la distancia: la diferencia superviniente, quizás… sólo
quizás necesaria, cronotópica (de espacio y tiempo) entre dos entidades, qué
digo entidades: la ausencia intemporal entre dos personas.
***
Aquí
yace la relación de cómo, en el principio, todo era la calma, el silencio.
Existían cielo, árboles, y animales que vivían en toda la tierra, en todo el
orbe. La naturaleza existía en un solo corazón, así se cuenta:
Entró la vida en el bosque de niebla, la espesura, los
árboles altos como las propias montañas, las montañas altas como el cielo, el
cielo como inmensidad y neblina. En el bosque de niebla, la humedad y el frío,
la lluvia que produce los ríos en las montañas. El cielo para el Creador,
Tepeu, los Progenitores del todo. Los sabios, los de gran pensamiento, los del
misterio y la palabra, llevaron a un hombre, un Ah chuen, el que crea con las
manos, al bosque de niebla. Los sabios obraron de esa manera porque les pareció
mal cómo el Ah chuen había estado obrando entre sus hermanos de maíz, como así
lo era el propio Ah chuen. Tenía que obrar como hijo de los Progenitores, y
poder ser así heredero de Gucumatz.
Repartido estaba el bosque de niebla a los animales, los
guardianes de todos los bosques. Y los Progenitores hablaron con ellos: –Un
hombre de maíz vivirá en el bosque de niebla, vivirá aquí entre las montañas,
porque necesita ser uno solo, uno solo consigo mismo, futuro heredero de
Gucumatz. Dejará el bosque su silencio, dejarán la movilidad los árboles y los
bejucos.
En seguida los animales volvieron a habitar el bosque, y
el Ah chuen apareció entre los árboles. No hubo animal que en principio se
acercara, todo el bosque era silencio, esperando a que hablara el Ah chuen, el
hombre de maíz. Aún no había amanecido, tampoco había cara de sol y la cara de
luna estaba por esconderse, por lo que el hombre de maíz caminó sin rumbo
esperando a que la cara de sol apareciera, esperando a que los animales se le
acercaran. Pero ninguno de los guardianes del bosque se acercó, prefirieron
esperar a que los Progenitores llegaran de nuevo y se llevaran al Ah chuen,
porque los hombres de maíz no eran de la confianza de los animales. Por eso los
animales no hablan con los hombres, prefieren hablar con los Progenitores.
La mañana se hizo presente con la cara de sol saliendo
por entre las montañas, y el hombre de maíz nada sentía ya porque había
caminado todo ese tiempo; se adentró al bosque buscando alimento, mirando dónde
poder descansar, dónde conseguir alimento. El Ah chuen escuchaba de los
árboles, de los sabios del bosque, que por entonces dejaron de callar, y hablaron
con el hombre de maíz:
–¿A dónde te diriges, posible heredero de Gucumatz?
–A ninguna parte,
respondió. Aquí me hallo, moviendo mis pies que ahora son como montañas, y así hasta que lo quieran los Progenitores.
Así continuó el hombre de maíz, el enviado al bosque de
niebla por los Progenitores, hasta lo más profundo, más allá de la niebla. Entonces,
de la nada, escuchó un canto, el canto de un ave. En seguida el Ah chuen fue al
encuentro con el ave, porque en todo el camino no había escuchado nada, tan
sólo las palabras de los árboles del bosque de niebla que después de preguntar
callaron al unísono. Intentó acercarse sin ser visto, porque temía que el ave
volara muy lejos. Se abrió paso por las ramas, las flores de pétalos de
colores. Fue así que descubrió, en lo alto de una rama de un árbol, un ave, un
quetzal, un kuk en nuestras palabras. Y fue así, con el simple canto del ave,
que el hombre de maíz, el que crea con las manos, quedó maravillado por el
quetzal, ave de plumaje colorido.
***
Otro de los momentos que me aseguraban que
mi papá terminaría por llevarnos a la casa de mi abuelo era el castillo que se
postraba por otra de las ventanas del coche. Me parecía inmenso, tanto, que
aseguraba que ahí debía de vivir un gigante, un gigante bueno. Mi hermana decía
que no era un castillo para gigantes, era un castillo para princesas; y cuando
le pregunté por qué estaba tan segura, me respondió que el castillo estaba muy
bien cuidado, que los gigantes no son ordenados como sí lo son las princesas.
Ese día me convencí que los gigantes no podían ser criaturas hogareñas, al
menos no como las princesas.
Varios lustros después
de aquellas visitas a la casa de mi abuelo en la colonia Moctezuma, entré por
vez primera al Archivo General de la Nación, el AGN. Sucedió al principio de la
licenciatura, en una excursión que había planeado la Dra. Vera Valdés Lakoswky
como parte de nuestra preparación: roedores de archivos, amantes del olor a
polvo, sabuesos de cada uno de los matices de la tinta y del papel. Me
sorprendió la magnificencia del edificio, toda la historia que llevaba consigo
en cada uno de sus muros. Saber que, otrora, fue una de las cárceles más
temidas en el país y ahora reposaba, sin pena ni gloria, como almacén de
documentos que para la mayoría de la gente poco importan. Papel al final de
cuentas. Basura al final de todo.
El 29 de septiembre de
1900, por el presidente Porfirio Díaz, el suntuoso edificio fue inaugurado como
la penitenciaria de la ciudad de México. De diseño ecléctico, por su influencia
renacentista y con un acabado de forma neoclásica, fue ideado con base en el
proyecto del filósofo inglés Jeremías Bentham, quien retomó el sistema
panóptico, con el objetivo de vigilar y controlarlo todo desde un mismo punto. Con
un total de 804 celdas, se dio cabida a miles de prisioneros. Las crujías eran gélidas
e inhóspitas con celdas de castigo, como si la privación de la libertad no
fuera suficiente escarmiento. Entre los barrotes estuvieron hombres anónimos, y
otros que forjaron su nombre afuera y dentro de dicha penitenciaria: David
Alfaro Siqueiros, Heberto Castillo, José Revueltas, José Agustín, Francisco
Guerrero, Álvaro Mutis etc. En los 76 años que el Palacio de Lecumberri
funcionó como prisión sólo lograron escapar dos personas: Pancho Villa y Dwight
Worker. El también llamado Palacio Negro concluyó su vida como prisión el 27 de
agosto de 1976, para convertirse, un sexenio después, en la sede del hoy
Archivo General de la Nación, fuente fructífera y perpetua para la
investigación histórica.
Como un suspiro, el
sol se desvaneció y dio paso a la noche, misma que entró, tan campante y
sensual, por la ventana de mi habitación. Alrededor de las tres de la mañana,
con la mitad de una botella de whiskey vacía en una la mano, y el celular en la
otra, me dirijo a la ventana para encontrarme con uno de esos amores que se da
con la mirada, con la calma: la noche sin luna, un aire denso que apenas si logra
mecer las hojas de los árboles, los cables de luz y teléfono que cruzan por
entre el paisaje, como fraccionándolo, la lámpara de la calle que no alumbra (no
me había percatado que llevaba días descompuesta), el mutis de gatos, perros y
pájaros. El frío, los poros de la piel que comenzaban a sentirlo, la ventana al
descubierto, como invocando un misterio que permita memorizar y percibir esta
noche, la noche en que me dejo caer al pozo de la nostalgia. El silencio es
interrumpido, sin más, por el chirrío de un grillo y de forma inevitable me
viene a la mente el cuento El grillo
de Alfonso Reyes. A esta hora casi todos duermen, a esta hora te imagino
dormida, recuerdo tu imagen, la de mujer dormida: siempre de perfil, con las
manos como rezando y tus pies de ébano blanco enraizados con los míos. El
“buenas noches” y te amo, el “buenos días” y ya no tanto. Cómo me hubiese gustado
inventar un artefacto del sueño, una pantalla que no importando su tamaño ni
tampoco su nitidez o resolución pudiera transmitir en vivo cada uno de tus
sueños. El último trago y mi melancolía bulliciosa, el último sorbo y la
llamada febril, el tono monótono que me obliga a esperar y no tu respuesta.
***
El canto del quetzal, el ave de maravilloso
plumaje, llevó al Ah chuen a lo más
profundo del bosque, lo desconocido por otros hombres. Uno de los árboles, de
frutos dulces, yacía derribado, y dentro de éste, el cantar estridente de
varios quetzales. El hombre de maíz se acercó, se dispuso a ayudar, buscó en
las cercanías y a pocos pasos encontró otro árbol, uno de tepeaguacate, el
árbol de aguacates silvestres. El Ah chuen,
el que crea con las manos, elaboró herramientas, tardó todo el día y después
toda la noche, para hacer un agujero al árbol de aguacates silvestres. Al
final, regresó con la familia de quetzales. Quiso acercarse, tomarlos con las
manos y llevarlos al nuevo nido. Pero el quetzal hembra, quien protegía a sus
crías, se mostró poco generosa, como no confiando en el hombre de maíz.
Entonces los Progenitores, que están en todas partes, hablaron con el quetzal: -Puedes
quedar en manos del Ah chuen, futuro
heredero de Gucumatz, para esto lo trajimos al bosque de niebla, al bosque
entre las montañas.
Así dijeron los
grandes sabios, los varones entendidos. Y habiendo llegado la voz de los Progenitores
al quetzal, éste se dejó tomar, con todo y crías, sobre las manos del hombre de
maíz. En poco tiempo todos llegaron al árbol de tepeaguacate y el Ah chuen colocó a los quetzales en el nido
que labró para ellos. El quetzal hembra, quien cuidaba de sus crías, salió en
busca de comida, pudiendo confiar así en el posible heredero de Gucumatz. Y así
sucedió, porque el Ah chuen se quedó
a la espera de su regreso. La cara de sol iba en caída, y el quetzal hembra
regresó con algunos insectos, con algunas moras, que eran el alimento preferido
de sus crías. El hombre de maíz, con los días, regresaba para ver cómo seguían
los quetzales, y se percató que el quetzal macho no aparecía conforme se
sucedían los días. Fue así que decidió estar bajo el cuidado de las aves y no
se separó de éstos, porque era uno el hombre con los animales, con la
naturaleza, con sus dioses. Grande era la sabiduría de los Progenitores.
El Ah chuen se hizo de un hogar, sus
vestidos eran de pieles de animales, su único atavío. Comía de los árboles, de
los frutos, de la caza de animales pequeños. Aunque nada poseía, suyo era el
bosque de niebla, suya la responsabilidad de cuidar a los quetzales, porque el
hombre de maíz encontró en ellos afecto, porque sabe que el quetzal es un
animal sagrado y sabio como los propios Progenitores. Entre los quetzales, el Ah chuen apreció al más pequeño de las crías,
porque en él encontraba miedo, soledad y tristeza como así se sintió el hombre
de maíz al llegar sin nada, sin nadie, al bosque de niebla. El corazón del Ah chuen se hizo afligido con los días,
seguía con la esperanza de encontrar a otros hombres; estaba a la espera de la
llamada de los Progenitores.
Entonces quiso
hablarles, quiso gritarles pero los Progenitores no respondieron, el futuro
heredero de Gucumatz pensó que se marcharon del bosque de niebla. Triste era su
corazón, y con las semanas, frágil se postraba su cuerpo de maíz. Con la cara
de luna en lo alto, y la mano en el corazón, el que crea con las manos supo que
sus días eran pocos, que los Progenitores lo separaron de los otros hombres
para cumplir con la última palabra, la trascendencia de lo efímero; entendió
que su vida ahora era la vida en el bosque de niebla, con la vista de las
montañas a su alrededor, la vida solitaria sin la presencia de otros hombres de
maíz, la herencia espiritual de Gucumatz. El Ah chuen reconoció así, en la familia de quetzales, su deber, su
familia. En orden, con aprecio y con devoción, fue cuidando del quetzal hembra,
fue cuidando de los quetzales crías, de protegerlos de otros animales, de las
lluvias torrenciales y del frío del bosque. En ocasiones, los quetzales crías,
al ver la extrañeza del hombre de maíz, se alejaban de él, en especial el
pequeño, la cría más joven, porque no confiaba en el futuro heredero de
Gucumatz, pues una ocasión en que el Ah chuen, el que crea con las manos, quiso
alimentarlo, éste le pico la mano, causando una herida al Ah chuen, dejándolo sin labor por unos días.
Los quetzales crías,
pasando muchas caras de sol y caras de luna, empezaron a volar, alzar el vuelo,
a buscar comida por ellos mismos. El quetzal hembra poco hacía, porque había
hecho mucho, porque hizo mucho siendo sólo ella al cuidado de sus crías sin el
quetzal macho, quien fue alejado por los Progenitores. Aquí también comenzaron
con su propio canto, a cambiar de plumaje, dejar las plumas color tierra para
mudar las plumas color de las hojas; a volar en busca de otros quetzales en la
inmensidad del bosque de niebla. Gran aflicción sentía el Ah chuen por el
quetzal más pequeño, debido a que sus hermanos quetzales, en pocos días, habían
logrado alzar el vuelo, y éste seguía sin poder hacerlo, sin extender las alas y
el plumaje colorido hasta el cielo.
***
¿Por qué, cuando los amores fallan, los
amantes tienden a la distancia, a la ausencia? Algunos amigos míos me han
confesado que ellos prefieren distanciarse por “salud mental”. Que ya no se
puede regresar a la amistad, la misma que originó, paso a paso, el noviazgo. Yo
creo que nos distanciamos para evitar una hecatombe emocional con el otro, y a
la vez con uno mismo; eludir la destrucción total de lo poco que quedó de
nuestra cosmovisión amorosa, misma que religiosamente adoctrinamos para la otra
persona, la creencia individual y colectiva de cómo amamos. Los extremos del pensamiento
inmediato: por un lado, que no podremos vivir sin esa persona, versus su contraste ¡gracias vida, porque
quitaste a esa persona de mi camino! Transforman el tiempo y el espacio, la
unidad cronotópica, en distancia y ausencia tras la ruptura amorosa; la cual es
vital y directamente proporcional a la nostalgia que deja en uno mismo, y lo que
uno deja de suyo en la otra persona. ¿Lo siguiente? Lo siguiente es el intento
cada vez más frecuente y cosmopolita de mudar la piel, las pasiones; resanar
los agujeros de dolor y carne que dejaron los clavos de la indiferencia, los
taquetes de la violencia amorosa, las armellas de los celos infundados y las
inexorables fisuras del pasado en las paredes de nuestro hogar, nuestro
presente también llamado amor propio, con la zozobra de lo que sucederá,
sentimentalmente, en un futuro.
Nuestra historia terminó
a las afueras del Archivo General de la Nación. Y justo ahí debíamos de volver
a encontrarnos, después de todos estos años. Hoy día basta un mensaje, una
llamada y toda la nostalgia contenida para que dos personas, después de mucho
tiempo de desconocerse, vuelvan a mirarse, a dejar de ser fugitivos y extraños.
Un acontecimiento, digno del milagro católico, provocó que llegara con más de
media hora de anticipación al encuentro; aunque, para mis adentros, deseaba
estar ahí con tiempo de sobra. Mientras la esperaba, repasaba en mi mente
varios recuerdos sobre lo nuestro. De cómo nos conocimos, la amistad
efervescente, la pasión desbocada de un fin de semana, el mochilazo a Oaxaca,
la navidad en casa de tus padres, las tardes en las que salíamos del AGN para hacer
transcurrir el tiempo entre los jardines de Lecumberri, Oaxaca y la Convención
de Aguascalientes; y sin duda, aquella ocasión en que descubrimos el manuscrito.
La investigación sobre
las crónicas de la Nueva España nos llevó al AGN. La tediosa consulta del
microfilm, los incómodos asientos de trabajo, el cabal apego a las normas con
el uso de guantes y cubrebocas, los policías autoritarios en la entrada y el no
hallar, con las semanas, rastro alguno en nuestras pesquisas desvanecía la
esperanza de localizar más crónicas. Gracias a la Dra. Margarita Peña, tras una
charla de café de más de una hora, tuvimos luz de una crónica ubicada en los
archivos particulares, de familias novohispanas: la colección particular de
Agreda y Sánchez.
En aquella charla de café, la Dra. Margarita Peña
nos platicó acerca de José María de Agreda y Sánchez, quien nació en la ciudad
de México en 1838. Dijo que Agreda y Sánchez provenía de un linaje ilustre,
porque su ascendencia podía relacionarse con los Condes de Agreda, familia que
vivió en la época de la Nueva España. Para la Dra. Peña, José María fue uno de
los bibliófilos mexicanos más distinguidos, similar a lo hecho por Icazbalceta,
no sólo por la afición libresca que poseían en común, sino porque divulgó la
mayoría de sus trabajos e investigaciones. También nos enteramos que los
estudios llevados a cabo y escritos por la pluma de Agreda y Sánchez se
refirieron, en gran medida, a cuestiones de tipo religioso y genealógico, en
relación a las familias de mayor renombre en tiempos de la Nueva España. Lo que
más se extrañó, tras la pérdida de Agreda y Sánchez, con su muerte en 1916,
como de muchos otros bibliófilos mexicanos, fue la dispersión de su biblioteca,
misma que llegó a ser una de las más ricas y variadas del México de principios
del siglo XX.
Tras aquella plática de café e historia, nos
dimos a la tarea de buscar en una de las galerías del AGN y en cada una de las
ocho cajas pertenecientes a la colección de Agreda Sánchez. Como si se tratara
de una broma, similar al humor de una caricatura, encontramos la traducción de
la crónica de Juan Francisco Gemelli Carreri en la última de las cajas. Aquella
traducción se hallaba en un cuaderno a rayas, de pasta dura. Las notas de Agreda y Sánchez
estaban escritas a mano, con una tinta de color azul. Nos llevamos una
sorpresa, cuando, tras hojear aquel cuaderno con la traducción, nos percatamos
de la existencia de un par de hojas, similares al papel revolución, dobladas
por la mitad y guardadas entre las hojas de la libreta. Al revisar el resto del
contenido de la caja, notamos que dicho documento no se encontraba numerado, y
por ende, clasificado; en pocas palabras, para el AGN el par de hojas no
existía, aunque estaban ahí. De inmediato lo leímos, no sin cierto temor que alguno
de los trabajadores del acervo se percatara de nuestro hallazgo. La primera
sospecha, tras su lectura y la comparación de la letra del manuscrito con la
traducción de la libreta, nos hizo inferir que, quizás, se trataba de otra
traducción elaborada por Agreda y Sánchez, de algún documento ajeno a la
traducción de la crónica de viaje que llevó a cabo Gemelli Carreri a la Nueva
España en 1697.
***
Una mañana, el Ah
chuen cayó en desgracia. Así fue el designio de los Progenitores, los
varones de sabio entendimiento. Los animales del bosque de niebla presentían el
fin del hombre de maíz, pero nada dijeron a los quetzales, tan sólo dieron
consejos a sus propias crías. El hombre de maíz debía de sacrificarse por sus
hermanos, por los otros hombres de maíz y así ser uno y entendido con los
Progenitores, y así ser uno y heredero de Gucumatz. El sonido de los animales hacía
sentir tristeza en todo el bosque de niebla. Cantaron el Camucú por todo el bosque, que así se llama la canción cuando los
hombres y animales se despiden de sus hijos. El que crea con las manos,
reconoció en el canto de los animales la canción y sintió tristeza, nada podía
hacer. Entonces recordó una parte del canto: “Nosotros nos vamos, nosotros regresamos; sanas recomendaciones y sabios
consejos os dejamos”.
Así, el Ah chuen preparó su trascendencia, había cumplido con la misión de
los Progenitores, sus días como hombre de maíz estaban terminados. Sabía que no
volvería a su hogar, al de los hombres de maíz que yacen bajo tierra, sino al
lugar donde yace Gucumatz, para proteger el lugar de donde se viene. Entonces
los Progenitores aparecieron y hablaron con el Ah chuen: –Tuyo será por siempre este bosque, has dejado recuerdo
en los otros, con los hombres de maíz en el pasado y ahora con los animales del
bosque; dejarles tu recuerdo que no borrarán, que no olvidarán, porque tu
recuerdo será el poder de todos ellos.
El hombre de maíz fue en busca
de la familia de quetzales, para dejarles a estos la señal de su ser, el Pizon-Gagal, como le llaman los hombres
de nuestra palabra. Llegó al árbol de tepeaguacate, donde les creó su nido,
porque el Ah chuen era bien entendido
en crear con las manos. El quetzal hembra se posó por sobre uno de sus hombros,
como reconociendo en él confianza y aprecio por sus crías. Las crías le
llevaron frutos, le llevaron flores, a lo que el heredero de Gucumatz agradeció
con sonrisas. Se percató que el más pequeño de los quetzales no salía del nido,
y era porque aquella cría aún no podía alzar el vuelo. Entonces el Ah chuen entendió que aún le faltaba
algo por hacer. Dejó al quetzal hembra con las crías en el nido; y así se llevó
las flores y los frutos, y entre las manos, al quetzal más pequeño.
Gucumatz, por entonces,
necesitaba ya de su heredero, por lo que habló con los Progenitores, habló con Tzacol y Bitol, el Creador y Formador; para que mandasen pronto al Ah chuen, al hombre de maíz, y cumpliera
con la herencia de Gucumatz. Así los Progenitores fueron en su búsqueda, y lo
encontraron en el claro del bosque, con las flores y los frutos y el pequeño
quetzal entre sus manos. Los Progenitores le hablaron al hombre que crea con
las manos: –Es hora de cumplir con el mandato de Gucumatz, a lo que accedió el
hombre de maíz, no sin antes pedir un momento para despedirse del quetzal, cosa
que los Progenitores permitieron.
Y así habló el Ah chuen, como esperando que los
Progenitores le dieran palabra de entendimiento para que el quetzal más pequeño
lo escuchara: -Mi quetzal pequeño, de plumas coloridas como las de tu madre, quetzal
protectora. Tuyo será el bosque de niebla, como me perteneció a mí. Alza el
vuelo, porque eres libre como tus hermanos, abre las alas y siente el aire como
yo siento mi destino con Gucumatz. De todas las crías, eres la que más quiero,
porque en un principio me sentí como tú te sigues sintiendo. No debes de temer,
porque el miedo, la soledad y la tristeza esclavizan, y tú eres el ave de
plumaje colorido, el ave de sabios conocimientos, el ave sagrada de los dioses.
Créelo, basta creer con el corazón, como yo creo en Gucumatz, como tú debes creer en el cielo. Serás mi enseñanza convertida en vuelo…
Entonces el Ah chuen, el que crea con las manos,
acarició las alas del quetzal, y antes de partir con los Progenitores, extendió
sus manos e impulsó al ave de maravilloso plumaje, como confiando en que
volaría. El quetzal, la cría más pequeña, extendió las alas, aleteó las plumas
coloridas, y bajo el vuelo hacia la tierra… tan sólo para subir más alto;
porque es así como vuelan los quetzales.
Así se cuenta: se dice que
entre los hombres de maíz, el Ah chuen trascendió
de entre todos los hombres por vencer sus miedos, los miedos del resto de los
hombres, y así logró ser heredero de Gucumatz, la serpiente cubierta de plumas
verdes; y el quetzal, con su plumaje colorido y brillante, así como su canto,
se dedica a volar por todo el bosque de niebla, cantando el Pinzón-Gagal, la señal de su ser, la
enseñanza del Ah chuen, el hombre que
crea con las manos.
***
Después de una escena estresante, cardiaca, como si
se tratase de una película de acción, salimos con el manuscrito sin ser
descubiertos. La adrenalina de aquel día logró mermarse con una botella de
tequila y una noche de sexo como pocas veces antes habíamos tenido. Para ambos,
el documento era un tesoro, aunque no sabíamos de qué manuscrito original lo
había traducido Agreda y Sánchez, si es que se tratase de alguna traducción y
no un texto del propio Agreda y Sánchez. Por el contenido, se nos hizo similar
a los textos del Popol Vuh y del Chilam Balam, pero en ninguna de sus
ediciones encontramos que perteneciera a éstos. Más allá del alcance de la obra
del autor, o de la probabilidad de que se descubriera su hurto del AGN, el
texto era símbolo inagotable de lo nuestro, y que tras la ruptura, quedó bajo
tu resguardo.
Pasados quince minutos de la
hora acordada, la puntualidad nunca fue lo suyo, ella llegó por el lado de la
librería Edmundo O´Gorman del Fondo de Cultura Económica. Lo más extraño no fue
decirnos “hola”, sino que ninguno de los dos sabía qué decir a continuación.
Incluso, me llegué a preguntar si era necesario, después de tanto tiempo sin
saber del otro, el reencuentro. Sabía que no le interesaba la idea de regresar,
volver a intentarlo, como tampoco fue de mi interés su vida sin mí en todo este
tiempo. “¿Cómo te va?” Sobreviviendo. “¿Qué cuenta tu vida?” Puro cuento.
“¿Casada?” Nunca fue lo mío. “¿Hijos?” Un gato. “¿Un café?” Mejor un tequila.
Rumbo a la casa de mis abuelos,
lugar en el que empecé a vivir hace un par de años (no sin pasar por una
herencia llena de pleitos y rupturas familiares), pasamos al Chedraui que está a espaldas del AGN. En
un ejercicio de retrospección, intenté recordar la última vez que fuimos de
compras, y para variar, lo había olvidado. Entre los pasillos del supermercado
cruzamos algunas palabras, sólo las necesarias, ya el alcohol y un lugar con
menos gente nos haría platicar como en su momento lo hacíamos, como un par de
compadres en una cantina del Zócalo a altas horas de la madrugada. Metí las
bolsas con las compras en la cajuela del automóvil, y después de salir del estacionamiento
del supermercado, conduje hacia la casa.
Ya en casa, ambos nos
encargamos de preparar la comida, como uno de esos tantos actos monótonos
cuando vivimos juntos, cerca de seis meses, y que ahora rehacíamos en un ritual
gastronómico-nostálgico. Ella encendió el estéreo y encontró entre mis discos
el álbum de Marble Sounds: Nice is Good.
Mientras lo escuchábamos serví un par de tequilas y le pregunté por el
manuscrito. Ella hizo una mueca de aprobación y dijo que lo traía consigo, en
el bolso. Sabía que no podía olvidarlo, no al menos en este reencuentro. La
comida estaba lista y nosotros, ya con un par de tequilas encima, contamos
algunas anécdotas de nuestra época de estudiantes en la Facultad, nos
confesamos celos y gustos por otros compañeros nuestros, y reímos al recordar
aquella fiesta donde ella y yo bromeábamos, ya borrachos, sin sentido alguno.
Al terminar la comida, fuimos
a la sala para continuar con las amenidades que el alcohol estaba produciendo
en ambos. Mientras yo cambiaba la música, ahora con el álbum: The piano sings de Michael Nyman, ella
tomaba de mi librero a nuestros autores predilectos. Leer el capítulo siete de Rayuela, de Cortázar; algunos pasajes del
Inventario de Benedetti; el
maravilloso discurso de Galeano en Las
bocas del tiempo; el poema Mátame
de Chantal Meillard; las declaratorias poéticas de Bonifaz Nuño, y finalizar
con la lectura del manuscrito de Agreda y Sánchez.
El momento, o el ansia textual
que ella provocaba, hicieron acercarme y sentarme a su lado. Y la cercanía me arrastró
a ver cómo me veía, con esos ojos crisolados; y escuchar cómo su respiración se
hacía entrecortada, más intensa, y saborear las últimas gotas de tequila en los
labios de ella, ya encandilados; y percibir, de pronto y al tacto, el relieve
fino de algo que sobresalía de su pecho y que era nuevo para mí; y sorprenderme
de pronto cómo ella se sentó arriba y frente mío para quitarse con sutil delicadeza
la blusa de tonos morados, y observar con la poca luz que quedaba de la tarde y
muy cerca de su corazón, arriba de sus senos desnudos, que eran como flores blancas
de Agapanthus africanus, Lily africana o del Nilo, el
tatuaje de un quetzal, el quetzal más pequeño de las crías, el ave cuyo canto,
en el bosque de niebla, es la enseñanza del Ah
chuen.
Rodrigo O´Gorman