lunes, 24 de septiembre de 2012

Los cuentos de mi padre (fragmento)


Los cuentos de mi padre
(fragmento)

Por la mañana, camino al centro de la Ciudad de México, observé cómo mi papá llevaba de la mano a sus dos nietos, rumbo al mercado. Me resultó poco común, sin embargo, la prisa me condujo a subir la “combi”, como así me he acostumbrado a llamarle al transporte público, rumbo a la estación del metro Pantitlán. Por la noche, después de cumplir con los pendientes que tenía, llegué a casa y de inmediato fui sorprendido por las risas de un par de niños, mis sobrinos, mientras observaban cómo el hámster caía de su rueda de ejercicio, dentro de una jaula blanca y pequeña, al no percatarse éste de la inercia que producida su movimiento. Mi papá había comprado una mascota para sus nietos. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en uno de los locales de Cd. Jardín, él me platicó del por qué les había comprado la mascota.

Resultó que mis sobrinos, días antes, habían comprado ya un hámster, supuse que el dinero  había sido el resultado del ahorro de un par de “domingos” suyos. Mi hermano, papá de mis sobrinos, se percató de la adquisición roedora hasta la noche, nada podía hacer para devolverlo, la ilusión estaba más que presente. Los niños, ingenuidad y asombro al final de cuentas, dejaron aquel hámster en una caja de zapatos vacía; misma que no resistió a las mordidas del roedor, quien terminó por buscar una salida. El resultado de aquella fuga terminó en tragedia. El hámster fue a dar al ducto del drenaje del lavaplatos, mismo que da a la planta baja de la casa. Los más de quince metros de altura, del tobogán siniestro de pvc, fueron trampa mortal para su primera mascota. Mi papá lo encontró, los niños también. Creo que fue la visión más cercana que mis sobrinos habían tenido, hasta entonces, de la muerte. Él depositó al animal muerto en la basura, claro, cuando sus nietos habían partido a la escuela. Al regresar, ellos le preguntaron a su abuelito si podían llevar al recién muerto con el veterinario. Entonces mi papá les habló sobre la muerte, el momento en que uno deja de ser como si todo y como si nada. En pocas palabras, les dijo que “poco se podía hacer”, brotando así las lágrimas de  muerte y nostalgia en el rostro de mis sobrinos. Esa escena, según me platicó papá, le partió el corazón, tanto así que les dijo que dejaran sus mochilas, y los llevó, tomados de la mano, a comprar una nueva mascota. La diferencia de este hámster con el anterior, según las palabras de mi sobrino, es que era más “poderoso”, porque éste se ejercitaba en su rueda para hacer ejercicios.

Al conducir camino a casa, terminando el desayuno y la anécdota, me preguntaba a mí mismo, mientras miraba por el espejo retrovisor el rostro solemne de mi padre, cómo le explicaría a mis sobrinos el momento en que su abuelito dejara de vivir en este mundo. No tendría ningún otro hámster con qué reemplazarlo.          

Rodrigo O´Gorman

domingo, 16 de septiembre de 2012

El Quetzal


El Quetzal
Para Aline Ugalde:
“Tech yanil”.

En la víspera de la lectura semanal de mi columna preferida del diario Milenio, la sección Agua de azar de Jorge F. Hernández, fui alertado por el inconfundible sonido de la canción Ce n´est pas bon de Amadou & Mariam. Había recibido un mensaje de texto. Por instinto, quizá también para evitar ser el centro de atención momentáneo en la cafetería, debido al alto timbrar de mi celular, me llevé la mano al bolsillo interior del saco para saber de quién se trataba.          

Hola como estas? Hoy me senti muy tonta, caminaba por aquellos pasillos y
 estuve todo el dia pensando en ti y tambien que agosto era nuestro mes. Besos

Como si se tratase de un vendaval de recuerdos, estuve a punto de tirar la taza con chocolate sobre el periódico, en un mal intento por sorber un poco para mermar lo sorpresivo del mensaje. Me cercioré de lo que sucedía cuando volví a leer el mensaje e incluso le pedí a la mesera, quien se acercó con intención de preguntarme si se me ofrecía algún postre para acompañarlo con mi bebida caliente, que lo leyera por mí, hecho que llevó a cabo no sin cierta molestia.

–¿Tú qué opinas? –Le pregunté a la mesera una vez que leyó el mensaje –¿Debo responder con otro mensaje, o llamarla, o dejarlo así?
–No sé toda la historia y además no soy ella, usted que la conoce debe saber qué hacer, ¿no?
–Esa es la cuestión: sé qué debo hacer, pero no sé si quiero hacerlo.   

La mesera partió de la mesa para continuar con su rutina, ella olvidó preguntar si quería algún postre y yo, que me había quedado sin apetito, preferí no contestar el mensaje de texto para reanudar con mi ritual de cacao y letras. A los pocos minutos caí en cuenta que, líneas antes, había dejado de leer el periódico; al menos mis ojos, en un acto digo de lo histriónico, se movían al paso de las letras mientras mi mente vacilaba entre la sinrazón de la nostalgia y las patadas de ahogado de mi voluntad. Terminé por pedir la cuenta, doblar el periódico para colocarlo en ese compartimiento móvil en que suele convertirse la axila derecha, pagarle a la mesera dejándole el cambio como propina, abrir el paraguas a la salida de la cafetería y caminar, con los pasos en automático y la paranoia de un robo o secuestro, por si acaso, rumbo a casa.

De pequeño, reconocía el camino a la casa de mi abuelo. Hoy día, puedo llegar de la cafetería a la casa con los ojos vendados. En aquellas ocasiones, las de la infancia, mi papá conducía su Ford Fairmont de color esmeralda por la avenida Xochimilco, misma que trasladaba al aeropuerto de la Ciudad de México. Llegado el momento, mamá nos decía a mi hermana menor y a mí que nos asomáramos por una de las ventanas del automóvil para apreciar, por entre la barda de rejas que circundaban al aeropuerto, los aviones que yacían sobre tierra. Ver cómo parpadeaban sus luces bicolores, cómo se desplazaban rumbo a la pista para emprender el vuelo, similar al de un pájaro. La inquietud natural de la infancia hacía preguntarme cómo le hacían los aviones para cambiar de tamaño, puesto que sobre tierra los veía inmensos, y en el cielo apenas si lograba distinguirlos, en gran medida, gracias a sus luces titilantes. Tiempo después entendí que aquel efecto visual se trataba de la distancia. Confirmé mis sospechas sobre la distancia cuando vi en la televisión un programa de Pláza Sésamo donde Archibaldo explicaba lo que era estar cerca y lejos de algo. Y fue con los sinsabores del amor cuando descubrí la quintaescencia de la distancia: la diferencia superviniente, quizás… sólo quizás necesaria, cronotópica (de espacio y tiempo) entre dos entidades, qué digo entidades: la ausencia intemporal entre dos personas.
***

Aquí yace la relación de cómo, en el principio, todo era la calma, el silencio. Existían cielo, árboles, y animales que vivían en toda la tierra, en todo el orbe. La naturaleza existía en un solo corazón, así se cuenta:

Entró la vida en el bosque de niebla, la espesura, los árboles altos como las propias montañas, las montañas altas como el cielo, el cielo como inmensidad y neblina. En el bosque de niebla, la humedad y el frío, la lluvia que produce los ríos en las montañas. El cielo para el Creador, Tepeu, los Progenitores del todo. Los sabios, los de gran pensamiento, los del misterio y la palabra, llevaron a un hombre, un Ah chuen, el que crea con las manos, al bosque de niebla. Los sabios obraron de esa manera porque les pareció mal cómo el Ah chuen había estado obrando entre sus hermanos de maíz, como así lo era el propio Ah chuen. Tenía que obrar como hijo de los Progenitores, y poder ser así heredero de Gucumatz.

Repartido estaba el bosque de niebla a los animales, los guardianes de todos los bosques. Y los Progenitores hablaron con ellos: –Un hombre de maíz vivirá en el bosque de niebla, vivirá aquí entre las montañas, porque necesita ser uno solo, uno solo consigo mismo, futuro heredero de Gucumatz. Dejará el bosque su silencio, dejarán la movilidad los árboles y los bejucos.

En seguida los animales volvieron a habitar el bosque, y el Ah chuen apareció entre los árboles. No hubo animal que en principio se acercara, todo el bosque era silencio, esperando a que hablara el Ah chuen, el hombre de maíz. Aún no había amanecido, tampoco había cara de sol y la cara de luna estaba por esconderse, por lo que el hombre de maíz caminó sin rumbo esperando a que la cara de sol apareciera, esperando a que los animales se le acercaran. Pero ninguno de los guardianes del bosque se acercó, prefirieron esperar a que los Progenitores llegaran de nuevo y se llevaran al Ah chuen, porque los hombres de maíz no eran de la confianza de los animales. Por eso los animales no hablan con los hombres, prefieren hablar con los Progenitores.

La mañana se hizo presente con la cara de sol saliendo por entre las montañas, y el hombre de maíz nada sentía ya porque había caminado todo ese tiempo; se adentró al bosque buscando alimento, mirando dónde poder descansar, dónde conseguir alimento. El Ah chuen escuchaba de los árboles, de los sabios del bosque, que por entonces dejaron de callar, y hablaron con el hombre de maíz:
–¿A dónde te diriges, posible heredero de Gucumatz?
–A ninguna parte, respondió. Aquí me hallo, moviendo mis pies que ahora son como montañas, y así hasta que lo quieran los Progenitores.

Así continuó el hombre de maíz, el enviado al bosque de niebla por los Progenitores, hasta lo más profundo, más allá de la niebla. Entonces, de la nada, escuchó un canto, el canto de un ave. En seguida el Ah chuen fue al encuentro con el ave, porque en todo el camino no había escuchado nada, tan sólo las palabras de los árboles del bosque de niebla que después de preguntar callaron al unísono. Intentó acercarse sin ser visto, porque temía que el ave volara muy lejos. Se abrió paso por las ramas, las flores de pétalos de colores. Fue así que descubrió, en lo alto de una rama de un árbol, un ave, un quetzal, un kuk en nuestras palabras. Y fue así, con el simple canto del ave, que el hombre de maíz, el que crea con las manos, quedó maravillado por el quetzal, ave de plumaje colorido.
***

Otro de los momentos que me aseguraban que mi papá terminaría por llevarnos a la casa de mi abuelo era el castillo que se postraba por otra de las ventanas del coche. Me parecía inmenso, tanto, que aseguraba que ahí debía de vivir un gigante, un gigante bueno. Mi hermana decía que no era un castillo para gigantes, era un castillo para princesas; y cuando le pregunté por qué estaba tan segura, me respondió que el castillo estaba muy bien cuidado, que los gigantes no son ordenados como sí lo son las princesas. Ese día me convencí que los gigantes no podían ser criaturas hogareñas, al menos no como las princesas.

Varios lustros después de aquellas visitas a la casa de mi abuelo en la colonia Moctezuma, entré por vez primera al Archivo General de la Nación, el AGN. Sucedió al principio de la licenciatura, en una excursión que había planeado la Dra. Vera Valdés Lakoswky como parte de nuestra preparación: roedores de archivos, amantes del olor a polvo, sabuesos de cada uno de los matices de la tinta y del papel. Me sorprendió la magnificencia del edificio, toda la historia que llevaba consigo en cada uno de sus muros. Saber que, otrora, fue una de las cárceles más temidas en el país y ahora reposaba, sin pena ni gloria, como almacén de documentos que para la mayoría de la gente poco importan. Papel al final de cuentas. Basura al final de todo.

El 29 de septiembre de 1900, por el presidente Porfirio Díaz, el suntuoso edificio fue inaugurado como la penitenciaria de la ciudad de México. De diseño ecléctico, por su influencia renacentista y con un acabado de forma neoclásica, fue ideado con base en el proyecto del filósofo inglés Jeremías Bentham, quien retomó el sistema panóptico, con el objetivo de vigilar y controlarlo todo desde un mismo punto. Con un total de 804 celdas, se dio cabida a miles de prisioneros. Las crujías eran gélidas e inhóspitas con celdas de castigo, como si la privación de la libertad no fuera suficiente escarmiento. Entre los barrotes estuvieron hombres anónimos, y otros que forjaron su nombre afuera y dentro de dicha penitenciaria: David Alfaro Siqueiros, Heberto Castillo, José Revueltas, José Agustín, Francisco Guerrero, Álvaro Mutis etc. En los 76 años que el Palacio de Lecumberri funcionó como prisión sólo lograron escapar dos personas: Pancho Villa y Dwight Worker. El también llamado Palacio Negro concluyó su vida como prisión el 27 de agosto de 1976, para convertirse, un sexenio después, en la sede del hoy Archivo General de la Nación, fuente fructífera y perpetua para la investigación histórica.

Como un suspiro, el sol se desvaneció y dio paso a la noche, misma que entró, tan campante y sensual, por la ventana de mi habitación. Alrededor de las tres de la mañana, con la mitad de una botella de whiskey vacía en una la mano, y el celular en la otra, me dirijo a la ventana para encontrarme con uno de esos amores que se da con la mirada, con la calma: la noche sin luna, un aire denso que apenas si logra mecer las hojas de los árboles, los cables de luz y teléfono que cruzan por entre el paisaje, como fraccionándolo, la lámpara de la calle que no alumbra (no me había percatado que llevaba días descompuesta), el mutis de gatos, perros y pájaros. El frío, los poros de la piel que comenzaban a sentirlo, la ventana al descubierto, como invocando un misterio que permita memorizar y percibir esta noche, la noche en que me dejo caer al pozo de la nostalgia. El silencio es interrumpido, sin más, por el chirrío de un grillo y de forma inevitable me viene a la mente el cuento El grillo de Alfonso Reyes. A esta hora casi todos duermen, a esta hora te imagino dormida, recuerdo tu imagen, la de mujer dormida: siempre de perfil, con las manos como rezando y tus pies de ébano blanco enraizados con los míos. El “buenas noches” y te amo, el “buenos días” y ya no tanto. Cómo me hubiese gustado inventar un artefacto del sueño, una pantalla que no importando su tamaño ni tampoco su nitidez o resolución pudiera transmitir en vivo cada uno de tus sueños. El último trago y mi melancolía bulliciosa, el último sorbo y la llamada febril, el tono monótono que me obliga a esperar y no tu respuesta.
***

El canto del quetzal, el ave de maravilloso plumaje, llevó al Ah chuen a lo más profundo del bosque, lo desconocido por otros hombres. Uno de los árboles, de frutos dulces, yacía derribado, y dentro de éste, el cantar estridente de varios quetzales. El hombre de maíz se acercó, se dispuso a ayudar, buscó en las cercanías y a pocos pasos encontró otro árbol, uno de tepeaguacate, el árbol de aguacates silvestres. El Ah chuen, el que crea con las manos, elaboró herramientas, tardó todo el día y después toda la noche, para hacer un agujero al árbol de aguacates silvestres. Al final, regresó con la familia de quetzales. Quiso acercarse, tomarlos con las manos y llevarlos al nuevo nido. Pero el quetzal hembra, quien protegía a sus crías, se mostró poco generosa, como no confiando en el hombre de maíz. Entonces los Progenitores, que están en todas partes, hablaron con el quetzal: -Puedes quedar en manos del Ah chuen, futuro heredero de Gucumatz, para esto lo trajimos al bosque de niebla, al bosque entre las montañas.

Así dijeron los grandes sabios, los varones entendidos. Y habiendo llegado la voz de los Progenitores al quetzal, éste se dejó tomar, con todo y crías, sobre las manos del hombre de maíz. En poco tiempo todos llegaron al árbol de tepeaguacate y el Ah chuen colocó a los quetzales en el nido que labró para ellos. El quetzal hembra, quien cuidaba de sus crías, salió en busca de comida, pudiendo confiar así en el posible heredero de Gucumatz. Y así sucedió, porque el Ah chuen se quedó a la espera de su regreso. La cara de sol iba en caída, y el quetzal hembra regresó con algunos insectos, con algunas moras, que eran el alimento preferido de sus crías. El hombre de maíz, con los días, regresaba para ver cómo seguían los quetzales, y se percató que el quetzal macho no aparecía conforme se sucedían los días. Fue así que decidió estar bajo el cuidado de las aves y no se separó de éstos, porque era uno el hombre con los animales, con la naturaleza, con sus dioses. Grande era la sabiduría de los Progenitores.

El Ah chuen se hizo de un hogar, sus vestidos eran de pieles de animales, su único atavío. Comía de los árboles, de los frutos, de la caza de animales pequeños. Aunque nada poseía, suyo era el bosque de niebla, suya la responsabilidad de cuidar a los quetzales, porque el hombre de maíz encontró en ellos afecto, porque sabe que el quetzal es un animal sagrado y sabio como los propios Progenitores. Entre los quetzales, el Ah chuen apreció al más pequeño de las crías, porque en él encontraba miedo, soledad y tristeza como así se sintió el hombre de maíz al llegar sin nada, sin nadie, al bosque de niebla. El corazón del Ah chuen se hizo afligido con los días, seguía con la esperanza de encontrar a otros hombres; estaba a la espera de la llamada de los Progenitores.

Entonces quiso hablarles, quiso gritarles pero los Progenitores no respondieron, el futuro heredero de Gucumatz pensó que se marcharon del bosque de niebla. Triste era su corazón, y con las semanas, frágil se postraba su cuerpo de maíz. Con la cara de luna en lo alto, y la mano en el corazón, el que crea con las manos supo que sus días eran pocos, que los Progenitores lo separaron de los otros hombres para cumplir con la última palabra, la trascendencia de lo efímero; entendió que su vida ahora era la vida en el bosque de niebla, con la vista de las montañas a su alrededor, la vida solitaria sin la presencia de otros hombres de maíz, la herencia espiritual de Gucumatz. El Ah chuen reconoció así, en la familia de quetzales, su deber, su familia. En orden, con aprecio y con devoción, fue cuidando del quetzal hembra, fue cuidando de los quetzales crías, de protegerlos de otros animales, de las lluvias torrenciales y del frío del bosque. En ocasiones, los quetzales crías, al ver la extrañeza del hombre de maíz, se alejaban de él, en especial el pequeño, la cría más joven, porque no confiaba en el futuro heredero de Gucumatz, pues una ocasión en que el Ah chuen, el que crea con las manos, quiso alimentarlo, éste le pico la mano, causando una herida al Ah chuen, dejándolo sin labor por unos días.

Los quetzales crías, pasando muchas caras de sol y caras de luna, empezaron a volar, alzar el vuelo, a buscar comida por ellos mismos. El quetzal hembra poco hacía, porque había hecho mucho, porque hizo mucho siendo sólo ella al cuidado de sus crías sin el quetzal macho, quien fue alejado por los Progenitores. Aquí también comenzaron con su propio canto, a cambiar de plumaje, dejar las plumas color tierra para mudar las plumas color de las hojas; a volar en busca de otros quetzales en la inmensidad del bosque de niebla. Gran aflicción sentía el Ah chuen por el quetzal más pequeño, debido a que sus hermanos quetzales, en pocos días, habían logrado alzar el vuelo, y éste seguía sin poder hacerlo, sin extender las alas y el plumaje colorido hasta el cielo.
***

¿Por qué, cuando los amores fallan, los amantes tienden a la distancia, a la ausencia? Algunos amigos míos me han confesado que ellos prefieren distanciarse por “salud mental”. Que ya no se puede regresar a la amistad, la misma que originó, paso a paso, el noviazgo. Yo creo que nos distanciamos para evitar una hecatombe emocional con el otro, y a la vez con uno mismo; eludir la destrucción total de lo poco que quedó de nuestra cosmovisión amorosa, misma que religiosamente adoctrinamos para la otra persona, la creencia individual y colectiva de cómo amamos. Los extremos del pensamiento inmediato: por un lado, que no podremos vivir sin esa persona, versus su contraste ¡gracias vida, porque quitaste a esa persona de mi camino! Transforman el tiempo y el espacio, la unidad cronotópica, en distancia y ausencia tras la ruptura amorosa; la cual es vital y directamente proporcional a la nostalgia que deja en uno mismo, y lo que uno deja de suyo en la otra persona. ¿Lo siguiente? Lo siguiente es el intento cada vez más frecuente y cosmopolita de mudar la piel, las pasiones; resanar los agujeros de dolor y carne que dejaron los clavos de la indiferencia, los taquetes de la violencia amorosa, las armellas de los celos infundados y las inexorables fisuras del pasado en las paredes de nuestro hogar, nuestro presente también llamado amor propio, con la zozobra de lo que sucederá, sentimentalmente, en un futuro.

Nuestra historia terminó a las afueras del Archivo General de la Nación. Y justo ahí debíamos de volver a encontrarnos, después de todos estos años. Hoy día basta un mensaje, una llamada y toda la nostalgia contenida para que dos personas, después de mucho tiempo de desconocerse, vuelvan a mirarse, a dejar de ser fugitivos y extraños. Un acontecimiento, digno del milagro católico, provocó que llegara con más de media hora de anticipación al encuentro; aunque, para mis adentros, deseaba estar ahí con tiempo de sobra. Mientras la esperaba, repasaba en mi mente varios recuerdos sobre lo nuestro. De cómo nos conocimos, la amistad efervescente, la pasión desbocada de un fin de semana, el mochilazo a Oaxaca, la navidad en casa de tus padres, las tardes en las que salíamos del AGN para hacer transcurrir el tiempo entre los jardines de Lecumberri, Oaxaca y la Convención de Aguascalientes; y sin duda, aquella ocasión en que descubrimos el manuscrito.

La investigación sobre las crónicas de la Nueva España nos llevó al AGN. La tediosa consulta del microfilm, los incómodos asientos de trabajo, el cabal apego a las normas con el uso de guantes y cubrebocas, los policías autoritarios en la entrada y el no hallar, con las semanas, rastro alguno en nuestras pesquisas desvanecía la esperanza de localizar más crónicas. Gracias a la Dra. Margarita Peña, tras una charla de café de más de una hora, tuvimos luz de una crónica ubicada en los archivos particulares, de familias novohispanas: la colección particular de Agreda y Sánchez. 

En aquella charla de café, la Dra. Margarita Peña nos platicó acerca de José María de Agreda y Sánchez, quien nació en la ciudad de México en 1838. Dijo que Agreda y Sánchez provenía de un linaje ilustre, porque su ascendencia podía relacionarse con los Condes de Agreda, familia que vivió en la época de la Nueva España. Para la Dra. Peña, José María fue uno de los bibliófilos mexicanos más distinguidos, similar a lo hecho por Icazbalceta, no sólo por la afición libresca que poseían en común, sino porque divulgó la mayoría de sus trabajos e investigaciones. También nos enteramos que los estudios llevados a cabo y escritos por la pluma de Agreda y Sánchez se refirieron, en gran medida, a cuestiones de tipo religioso y genealógico, en relación a las familias de mayor renombre en tiempos de la Nueva España. Lo que más se extrañó, tras la pérdida de Agreda y Sánchez, con su muerte en 1916, como de muchos otros bibliófilos mexicanos, fue la dispersión de su biblioteca, misma que llegó a ser una de las más ricas y variadas del México de principios del siglo XX.

Tras aquella plática de café e historia, nos dimos a la tarea de buscar en una de las galerías del AGN y en cada una de las ocho cajas pertenecientes a la colección de Agreda Sánchez. Como si se tratara de una broma, similar al humor de una caricatura, encontramos la traducción de la crónica de Juan Francisco Gemelli Carreri en la última de las cajas. Aquella traducción se hallaba en un cuaderno a rayas, de pasta dura. Las notas de Agreda y Sánchez estaban escritas a mano, con una tinta de color azul. Nos llevamos una sorpresa, cuando, tras hojear aquel cuaderno con la traducción, nos percatamos de la existencia de un par de hojas, similares al papel revolución, dobladas por la mitad y guardadas entre las hojas de la libreta. Al revisar el resto del contenido de la caja, notamos que dicho documento no se encontraba numerado, y por ende, clasificado; en pocas palabras, para el AGN el par de hojas no existía, aunque estaban ahí. De inmediato lo leímos, no sin cierto temor que alguno de los trabajadores del acervo se percatara de nuestro hallazgo. La primera sospecha, tras su lectura y la comparación de la letra del manuscrito con la traducción de la libreta, nos hizo inferir que, quizás, se trataba de otra traducción elaborada por Agreda y Sánchez, de algún documento ajeno a la traducción de la crónica de viaje que llevó a cabo Gemelli Carreri a la Nueva España en 1697.
***

Una mañana, el Ah chuen cayó en desgracia. Así fue el designio de los Progenitores, los varones de sabio entendimiento. Los animales del bosque de niebla presentían el fin del hombre de maíz, pero nada dijeron a los quetzales, tan sólo dieron consejos a sus propias crías. El hombre de maíz debía de sacrificarse por sus hermanos, por los otros hombres de maíz y así ser uno y entendido con los Progenitores, y así ser uno y heredero de Gucumatz. El sonido de los animales hacía sentir tristeza en todo el bosque de niebla. Cantaron el Camucú por todo el bosque, que así se llama la canción cuando los hombres y animales se despiden de sus hijos. El que crea con las manos, reconoció en el canto de los animales la canción y sintió tristeza, nada podía hacer. Entonces recordó una parte del canto: “Nosotros nos vamos, nosotros regresamos; sanas recomendaciones y sabios consejos os dejamos”.

Así, el Ah chuen preparó su trascendencia, había cumplido con la misión de los Progenitores, sus días como hombre de maíz estaban terminados. Sabía que no volvería a su hogar, al de los hombres de maíz que yacen bajo tierra, sino al lugar donde yace Gucumatz, para proteger el lugar de donde se viene. Entonces los Progenitores aparecieron y hablaron con el Ah chuen: –Tuyo será por siempre este bosque, has dejado recuerdo en los otros, con los hombres de maíz en el pasado y ahora con los animales del bosque; dejarles tu recuerdo que no borrarán, que no olvidarán, porque tu recuerdo será el poder de todos ellos.

El hombre de maíz fue en busca de la familia de quetzales, para dejarles a estos la señal de su ser, el Pizon-Gagal, como le llaman los hombres de nuestra palabra. Llegó al árbol de tepeaguacate, donde les creó su nido, porque el Ah chuen era bien entendido en crear con las manos. El quetzal hembra se posó por sobre uno de sus hombros, como reconociendo en él confianza y aprecio por sus crías. Las crías le llevaron frutos, le llevaron flores, a lo que el heredero de Gucumatz agradeció con sonrisas. Se percató que el más pequeño de los quetzales no salía del nido, y era porque aquella cría aún no podía alzar el vuelo. Entonces el Ah chuen entendió que aún le faltaba algo por hacer. Dejó al quetzal hembra con las crías en el nido; y así se llevó las flores y los frutos, y entre las manos, al quetzal más pequeño.

Gucumatz, por entonces, necesitaba ya de su heredero, por lo que habló con los Progenitores, habló con Tzacol y Bitol, el Creador y Formador; para que mandasen pronto al Ah chuen, al hombre de maíz, y cumpliera con la herencia de Gucumatz. Así los Progenitores fueron en su búsqueda, y lo encontraron en el claro del bosque, con las flores y los frutos y el pequeño quetzal entre sus manos. Los Progenitores le hablaron al hombre que crea con las manos: –Es hora de cumplir con el mandato de Gucumatz, a lo que accedió el hombre de maíz, no sin antes pedir un momento para despedirse del quetzal, cosa que los Progenitores permitieron.

Y así habló el Ah chuen, como esperando que los Progenitores le dieran palabra de entendimiento para que el quetzal más pequeño lo escuchara: -Mi quetzal pequeño, de plumas coloridas como las de tu madre, quetzal protectora. Tuyo será el bosque de niebla, como me perteneció a mí. Alza el vuelo, porque eres libre como tus hermanos, abre las alas y siente el aire como yo siento mi destino con Gucumatz. De todas las crías, eres la que más quiero, porque en un principio me sentí como tú te sigues sintiendo. No debes de temer, porque el miedo, la soledad y la tristeza esclavizan, y tú eres el ave de plumaje colorido, el ave de sabios conocimientos, el ave sagrada de los dioses. Créelo, basta creer con el corazón, como yo creo en Gucumatz, como tú debes creer en el cielo. Serás mi enseñanza convertida en vuelo…

Entonces el Ah chuen, el que crea con las manos, acarició las alas del quetzal, y antes de partir con los Progenitores, extendió sus manos e impulsó al ave de maravilloso plumaje, como confiando en que volaría. El quetzal, la cría más pequeña, extendió las alas, aleteó las plumas coloridas, y bajo el vuelo hacia la tierra… tan sólo para subir más alto; porque es así como vuelan los quetzales.

Así se cuenta: se dice que entre los hombres de maíz, el Ah chuen trascendió de entre todos los hombres por vencer sus miedos, los miedos del resto de los hombres, y así logró ser heredero de Gucumatz, la serpiente cubierta de plumas verdes; y el quetzal, con su plumaje colorido y brillante, así como su canto, se dedica a volar por todo el bosque de niebla, cantando el Pinzón-Gagal, la señal de su ser, la enseñanza del Ah chuen, el hombre que crea con las manos.
***

Después de una escena estresante, cardiaca, como si se tratase de una película de acción, salimos con el manuscrito sin ser descubiertos. La adrenalina de aquel día logró mermarse con una botella de tequila y una noche de sexo como pocas veces antes habíamos tenido. Para ambos, el documento era un tesoro, aunque no sabíamos de qué manuscrito original lo había traducido Agreda y Sánchez, si es que se tratase de alguna traducción y no un texto del propio Agreda y Sánchez. Por el contenido, se nos hizo similar a los textos del Popol Vuh y del Chilam Balam, pero en ninguna de sus ediciones encontramos que perteneciera a éstos. Más allá del alcance de la obra del autor, o de la probabilidad de que se descubriera su hurto del AGN, el texto era símbolo inagotable de lo nuestro, y que tras la ruptura, quedó bajo tu resguardo.

Pasados quince minutos de la hora acordada, la puntualidad nunca fue lo suyo, ella llegó por el lado de la librería Edmundo O´Gorman del Fondo de Cultura Económica. Lo más extraño no fue decirnos “hola”, sino que ninguno de los dos sabía qué decir a continuación. Incluso, me llegué a preguntar si era necesario, después de tanto tiempo sin saber del otro, el reencuentro. Sabía que no le interesaba la idea de regresar, volver a intentarlo, como tampoco fue de mi interés su vida sin mí en todo este tiempo. “¿Cómo te va?” Sobreviviendo. “¿Qué cuenta tu vida?” Puro cuento. “¿Casada?” Nunca fue lo mío. “¿Hijos?” Un gato. “¿Un café?” Mejor un tequila.

Rumbo a la casa de mis abuelos, lugar en el que empecé a vivir hace un par de años (no sin pasar por una herencia llena de pleitos y rupturas familiares), pasamos al Chedraui que está a espaldas del AGN. En un ejercicio de retrospección, intenté recordar la última vez que fuimos de compras, y para variar, lo había olvidado. Entre los pasillos del supermercado cruzamos algunas palabras, sólo las necesarias, ya el alcohol y un lugar con menos gente nos haría platicar como en su momento lo hacíamos, como un par de compadres en una cantina del Zócalo a altas horas de la madrugada. Metí las bolsas con las compras en la cajuela del automóvil, y después de salir del estacionamiento del supermercado, conduje hacia la casa.

Ya en casa, ambos nos encargamos de preparar la comida, como uno de esos tantos actos monótonos cuando vivimos juntos, cerca de seis meses, y que ahora rehacíamos en un ritual gastronómico-nostálgico. Ella encendió el estéreo y encontró entre mis discos el álbum de Marble Sounds: Nice is Good. Mientras lo escuchábamos serví un par de tequilas y le pregunté por el manuscrito. Ella hizo una mueca de aprobación y dijo que lo traía consigo, en el bolso. Sabía que no podía olvidarlo, no al menos en este reencuentro. La comida estaba lista y nosotros, ya con un par de tequilas encima, contamos algunas anécdotas de nuestra época de estudiantes en la Facultad, nos confesamos celos y gustos por otros compañeros nuestros, y reímos al recordar aquella fiesta donde ella y yo bromeábamos, ya borrachos, sin sentido alguno.

Al terminar la comida, fuimos a la sala para continuar con las amenidades que el alcohol estaba produciendo en ambos. Mientras yo cambiaba la música, ahora con el álbum: The piano sings de Michael Nyman, ella tomaba de mi librero a nuestros autores predilectos. Leer el capítulo siete de Rayuela, de Cortázar; algunos pasajes del Inventario de Benedetti; el maravilloso discurso de Galeano en Las bocas del tiempo; el poema Mátame de Chantal Meillard; las declaratorias poéticas de Bonifaz Nuño, y finalizar con la lectura del manuscrito de Agreda y Sánchez.

El momento, o el ansia textual que ella provocaba, hicieron acercarme y sentarme a su lado. Y la cercanía me arrastró a ver cómo me veía, con esos ojos crisolados; y escuchar cómo su respiración se hacía entrecortada, más intensa, y saborear las últimas gotas de tequila en los labios de ella, ya encandilados; y percibir, de pronto y al tacto, el relieve fino de algo que sobresalía de su pecho y que era nuevo para mí; y sorprenderme de pronto cómo ella se sentó arriba y frente mío para quitarse con sutil delicadeza la blusa de tonos morados, y observar con la poca luz que quedaba de la tarde y muy cerca de su corazón, arriba de sus senos desnudos, que eran como flores blancas de Agapanthus africanus, Lily africana o del Nilo, el tatuaje de un quetzal, el quetzal más pequeño de las crías, el ave cuyo canto, en el bosque de niebla, es la enseñanza del Ah chuen.   

Rodrigo O´Gorman