Sé que tendrás que llorar
Carlos Agustín Córdova Flores[1]
Para Aline Ugalde:
“Tech yanil”
Para Adela Flores:
Por eso quiero recordarte,
que pase lo que pase,
no me olvido de ti.
Volar,
Zinkiyos y los Rebujitos
El frío de la mañana lo despertó, sintió los pies helados. Quiso recobrar el sueño, pero la alarma del celular comenzó a escucharse: Bonobo – The shark. Se levantó de la cama, apagó la alarma y caminó rumbo a la cocina para encender el boiler, el trayecto lo hizo casi con los ojos cerrados, la distribución de los muebles no había cambiado en más de tres años; lo único “nuevo” era una mesita de centro que compró dos meses atrás, para colocar sobre ésta un crisantemo blanco que su novia le regaló. Después de encenderlo, regresó a la habitación para escoger la ropa y recostarse en la cama un par de minutos más. La ducha terminó por despertarlo, el vapor que escapaba por una de las ventanas lo hizo pensar en las nubes. En quince minutos terminó de arreglarse, el tiempo le alcanzó para prepararse un licuado y un tazón de avena. Tomó las llaves, se ajustó la corbata, se despidió de su padre y sin recibir alguna señal como respuesta salió rumbo al trabajo. Se preguntó, como todas las mañanas de lunes a viernes, desde hace tres años, si volvería a escuchar un “te vas con cuidado” de su padre. Su papá dejó de preocuparse por él tras la muerte de su esposa.
En el camino recibió una llamada de su novia, a ella le dieron la tarde libre en el trabajo y quería pasar el día con él, era miércoles y el pasado fin de semana no pudieron verse, como era su costumbre. Intercambiaron unas palabras, quedaron de acuerdo para verse pasadas las seis de la tarde. Comerían juntos y quizás saldrían al cine si encontraban algo bueno en la cartelera. El día grisáceo amenazaba con lluvia, por lo que él apresuró el paso, olvidó el paraguas en el departamento.
Eran mediados de octubre, hace un mes el país celebró, conmemoró tal vez, un año más del Grito de Dolores, de la Independencia Nacional. En las esquinas de las principales calles y avenidas de la ciudad hubo modestos puestos de madera sobre ruedas con infinidad de adornos, regalos, insignias y chucherías tricolores. Pasado el festejo, donde se enarboló un patriotismo desgastado, en centros comerciales y mercados se inició la venta del siguiente festejo: el día de muertos. Una tradición que, año con año, dejaba de serlo, asemejando más, de forma lamentable y garrafal, con el Halloween anglosajón.
Eran mediados de octubre y Alfredo, después de media hora de trayecto, llegó al trabajo. Poco le importó la parafernalia nacionalista, el desfile de la violencia, la supuesta guerra, el fanfarrón tricolor. Checó su hora de entrada, saludó a sus compañeros de oficina, encendió el ordenador y esperó cerca de quince minutos para que el Centro de Atención Telefónica abriera sus puertas. La única buena noticia que pronosticó el día fue el que vería a su novia. Nueve de la mañana, la primer sonrisa gracias a su recuerdo.
***
Día de San José, 19 de marzo de 1987. Aproximadamente las dos de la mañana. La mayor parte de la gente dormía en sus hogares. Mientras, en el patio de la casa más lujosa, a orillas del tiradero de Santa Catarina, una sombra sagaz y delgada, se abrió paso entre guardias de seguridad, entró sin ser detectado y subió cada uno de los peldaños de la escalera hasta llegar a la recámara. En ésta, tres personas concilian el sueño, una familia. La sombra se internó por la puerta que quedó entreabierta. La madre despertó de improviso, como reconociendo la sombra y lo que estaba por suceder. Había llegado el momento. Tomó al niño, de apenas cuatro años, cuidando de no despertar a él o a su esposo. Caminó despacio hacia la esquina y se reclinó con el niño en brazos. La luz de la luna, a través del ventanal que daba al huerto de la planta baja, se reflejó contra un instrumento tosco y plateado que la sombra, aparentemente, sacó de uno de sus bolsillos. La señal se dio: la esposa volteó el rostro hacia un lado. Primer balazo: pecho izquierdo y el grito sórdido del esposo y el hijo que despertó bruscamente. Segundo balazo: antebrazo izquierdo, la lucha del esposo y la alerta en toda la casa. Tercer balazo: la barbilla y el miedo de la sombra al ver que el hombre no moría. Cuarto balazo: cerca del ojo derecho, el cuerpo sangrante tirado al lado de la cama y las primeras planas en los diarios de la mañana: Muere “El rey de la basura”.
Fue temido y respetado, le llamaban: “El rey de la basura”, porque controló la recolección de desperdicios en la ciudad de México, en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado. La fortuna que amasó se calculó en millones de pesos. Su poder fue basto, incluso llegó a formar parte en la política como diputado suplente en la delegación de Iztapalapa con el PRI. Dicen que el poder y el dinero lo volvieron “loco”. Bastaba una seña para mover a miles de pepenadores como acarreados para el partido político, bastaba un chasquido con los dedos para hacer desaparecer a un pepenador, a cualquier persona que tuviera una deuda pendiente con él; hay quien dice que ordenaba atropellar con un camión recolector al que se pasara de listo, tirando el cuerpo con un camión de trascabo en el relleno sanitario; bastaba una mirada para obligar a los padres pepenadores de entregar a su hija, sólo porque al rey le gustaba y se la quería coger. Quiso tener 180 hijos, dejando la cuenta en cincuenta y tantos, de quién sabe cuántas mujeres, cuántas violaciones.
Logró su poder, fama y fortuna a través de la basura, lo que para la RAE o para nosotros significa: suciedad, residuo, lo que ya no sirve; él hizo que volviera a servir. Vendió cantidades industriales de cartón, papel, aluminio, vidrio etc. a las empresas para su reciclaje. Entre la basura no faltó el cubierto de plata, un arete de oro extraviado, un electrodoméstico descompuesto. Gracias a él, se aumentó la tarifa por la recolección de basura. Si el gobierno del Distrito Federal no accedía pagar por el servicio de limpia, las puertas de tiradero se cerraban y ningún camión haría los trayectos.
La otra cara de la moneda fue para las personas allegadas a él, a todos los pepenadores con los que él contaba, con su familia. Renovó el parque vehicular, mandó a construir casas para los pepenadores. Pavimentación, electricidad y telefonía, nuevas calles alrededor del tiradero de Santa Catarina. Si un familiar estaba en aprietos económicos, bastaba visitarlo para obtener el dinero. Era devoto de la Virgen de Guadalupe, mandó a construir una iglesia en Santa Catarina. Todas las navidades y años nuevos mandaba cerrar las puertas del tiradero y hacía una gran fiesta. Los días de la madre las señoras asistían gustosas con él para que les obsequiara algún electrodoméstico nuevo: licuadoras, lavadoras, refrigeradores, televisiones. Uniformes y salarios estables para los pepenadores. Protección legal si un chofer tenía un accidente con la unidad. Los seis de enero, niñas y niños hacían inmensas filas para recibir juguetes de su mano. En días de muerto, barriles de pulque para que la gente bebiera lo que quisiera y festejara a sus muertos. Autobuses una vez al año, que viajaban hacia Acapulco. Los quince de septiembre, él ondeaba la bandera como el presidente de la república. Su Zócalo era Santa Catarina. Fuegos artificiales: ¡Viva México!, porque le dio todo cuanto quiso.
Cambió el apellido de su madre, quien falleció cuando joven, mediante una nueva acta de nacimiento que tramitó, con ayuda de un amigo, colocando ambos apellidos de su padre, además de quitarse tres años (1942), y poner como fecha de nacimiento el 31 de diciembre, porque quería que su gente, familiares y pepenadores, festejaran su cumpleaños con la magnitud con la que se celebraba el año nuevo. Pepenador desde joven, chofer de camión que recolectaba basura; el niño que hacía sonar la campana en tanto se vislumbraba en la esquina de la calle el camión de basura o el carruaje de metal oxidado, montado sobre un par de neumáticos desgastados, y tirado por un caballo o asno. El infante que, jugando, se lastimó el ojo derecho, teniendo que ser intervenido, y desde entonces hacerse inseparable de unas gafas oscuras.
Rafael Gutiérrez Moreno nació el 4 de enero de 1939.
***
Alfredo fumó un cigarro a las afueras del trabajo, era su hora de descanso. Comió un sándwich, unas galletas y un jugo de uva para quitarse el hambre, que consiguió en la tienda de abarrotes, a dos cuadras del trabajo. Lo más probable es que saldría a cenar con su novia, por lo que no quiso comer demás. Tiró la colilla, la pisó con la suela del zapato izquierdo y entró para terminar las horas de trabajo restantes. Su jefe inmediato lo interrumpió para encomendarle más trabajo. le entregó una lista, más de diez hojas, con los mejores clientes que el Centro de Atención Telefónica de la zona tuvo en el año: puntualidad en los pagos, cambio del plan tarifario a uno de mayor costo, cambios de equipo, etc. Le pidió que de forma personal, número por número, llamara departe de la compañía para corroborar los datos del cliente, en especial la dirección de los hogares, puesto que la empresa planeaba otorgar en diciembre, a dichos usuarios, el libro: Avatares del teléfono en México de Fátima Fernández Christlieb. Su jefe le dejó uno de los ejemplares y le pidió tener hecha la relación antes de finalizar el mes de noviembre. Alfredo no tuvo más que acatar con la indicación.
–Por eso eres mi consentido, Alfredo, nunca me dices que no –dijo el jefe con un tono fanfarrón.
Alfredo sonrió sólo para darle gusto. La verdad es que lo aborrecía. El jefe se fue del lugar y él comenzó a hojear el libro mientras seguía trabajando. Descubrió que en el año de 1874 se otorgó la primera concesión para el uso del invento, el teléfono, en el país. Una de las primeras instalaciones telefónicas se dio en la calle de Coliseo, en Tlalpan. Casi una década después, se dio la primera llamada a larga distancia internacional desde Matamoros, Tamaulipas, hasta Brownsville, Texas. A principios de la última década del siglo decimonónico, se elaboró el primer directorio telefónico de la capital. Las primeras ciudades que contaron con el servicio en el país fueron: Guadalajara, Puebla, Oaxaca, Mérida y Veracruz. Entrado el siglo XX, México contaba con dos compañías telefónicas: Mexicana y Ericsson. En 1947 se funda TELMEX, por decreto presidencial de Miguel Alemán Valdés, fusionando ambas empresas en una sola, en función del Estado mexicano. Medio siglo después, 1990, Carlos Salinas de Gortari inició el proceso de privatización de la empresa, y Carlos Slim, junto con su consorcio, resultó ser el grupo de inversionistas ganador. En la década de los ochenta se manifestó el nuevo reto: la telefonía celular. Iusacell se convirtió en el líder y TELMEX entró a la contienda con la compañía Telcel, quince años después, gracias a la crisis económica del país, los papeles cambiaron, colocando a Telcel por encima del resto de las compañías que prestaban el servicio. Finalmente Internet, en 1996 TELMEX compró IBM, la empresa para sostener el servicio y SEARS, la tienda departamental proveedora del servicio, ofreciendo de esta manera Prodigy Internet a México. Hoy día, Telmex Internacional da servicio en Estados Unidos, Uruguay, Perú, Ecuador, Colombia, Chile, Brasil, Argentina… Latinoamérica entera en menos de diez años.
Alfredo llegó a la Plaza Comercial donde se quedó de ver con su novia. No tardó en reconocerla. Cabello negro recogido, un vestido blanco e impecable que llegaba por arriba de las rodillas, unas sandalias de color café y con poco maquillaje. Ella como una diosa helénica, como su nombre: Grecia. De inmediato fue a su encuentro. La besó como se besa cuando se extraña: irremediablemente. La lluvia que se pronunció todo el día comenzó a caer, por lo que decidieron cenar y pasear por la plaza mientras paraba la lluvia. Las ocho de la noche y ellos cenaron comida China. Alfredo tiene una fascinación por el chop suey. Caminaron por la plaza, entrando a cada una de las tiendas departamentales que les llamó la atención. Pasaron a un Mixup y compraron un par de películas al no encontrar nada bueno en la cartelera del cine de la plaza. La lluvia se convirtió en una tenue llovizna. Salieron de la plaza rumbo a la estación del metro. Afortunadamente, Grecia llevó consigo un paraguas, aparte de su abrigo, para cubrirse. Caminaron hacia la estación del metro próxima, a lo lejos observaron algo inusual: la gente salía de la estación y caminando en diferentes direcciones o llamando por teléfono. La línea dejó de dar servicio en varias estaciones debido a la torrencial lluvia. Alfredo y Grecia tuvieron que caminar por varios minutos para encontrar un taxi vacío. Después de abordarlo: el transito a vuelta de rueda. Media hora y no avanzaron ni medio kilómetro. El taxista comenzó a hacer la plática para mermar el tedio del viaje. Alfredo se preguntó cómo es que la humanidad había logrado un desarrollo tecnológico, como el teléfono, y aún así seguía siendo tan frágil ante una simple lluvia. Agua.
Dieron las diez de la noche y estaban próximos a la casa de Grecia. Descubrieron que, aparte de la lluvia, el transito fue provocado por un camión recolector de basura descompuesto, dejando inutilizable un carril de los dos que tenía la avenida, provocando un cuello de botella. El olor de la basura era penetrante. Alfredo y Grecia se taparon la nariz mientras pasaban junto al camión. El chofer del taxi les platicó que él trabajó un tiempo como chofer de camiones recolectores de basura. Les dijo que el olor que despedía el camión apenas si era lo común, los tiraderos y rellenos sanitarios olían peor. Les platicó de una persona en específico: las personas del tiradero hacían referencia de él como El mutante. El hombre hacía un viaje en específico, un viaje que la gran mayoría hacía con dificultad. En la Central de Abastos se llenaba un camión de una caja grande de color blanco. El desperdició que contenía y transportaba eran desechos de pescado y mariscos que se producían en el lugar. Por órdenes del departamento de Medio Ambiente del Distrito Federal, los residuos no podían mezclarse con ninguno otro. El problema era el olor que producía, dos o hasta tres veces más penetrante u nauseabundo que la basura común y corriente. Muchos no lograban completar el trayecto, teniéndose que turnar entre tres o cinco personas para llevar el camión desde la Central de Abastos hasta el tiradero. Muchos de los que intentaban hacer el viaje terminaban vomitando y no duraban más de una mes con el trabajo. Carlos Fuentes era el único que lograba hacer cada uno de los trayectos sin ningún problema, sin presentar algún síntoma repulsivo...
***
–Nombre –solicitó la mujer de la línea de autobuses.
–Carlos Fuentes –respondió el hombre alto, de complexión robusta, cabello negro y semblante malhumorado.
–Como el escritor –señaló la mujer en un tono de curiosidad por la homonimia.
–Sí, como él –contestó el hombre, cuya expresión en el rostro manifestaba: “no eres la primera que me lo dice”.
–Entonces le confirmo: un boleto de adulto a la Ciudad de México, asiento 23, con salida a las 7:20 de la mañana, a nombre de Carlos Fuentes. Serían 120 pesos.
Carlos pagó y tomó asiento en la sala de espera de la terminal. Los minutos de espera se desvanecieron mientras hacía un par de llamadas con su celular. Ingresó al autobús. Sólo llevó una mochila pequeña como equipaje. Fue a visitar a su padrino Joaquín Ávila, quien se encontraba viviendo en la ciudad de Puebla hace un par de años. El 16 de octubre fue su cumpleaños, el número veintiocho, y Carlos quiso festejarlo con él. La gente de la Central de Abastos, lugar donde trabajaba, lo apreciaba y le dio el fin de semana como descanso. Carlos no desaprovechó la oportunidad, el día domingo desde temprano lo pasó con su padrino a quien estimaba como un padre. El día sábado fue a visitar a su madre a la cárcel.
Sentencia número 8/88, expediente 76/87, 4 de enero de 1988, dictada por el licenciado Roberto Martín López, Juez Décimo Octavo Penal, por el delito de homicidio, en contra de Martha Alicia García González, Elena García González, Antonio García González y Juan Carlos Roque Saenz.
En marzo de 1987, la primera dijo tener 28 años, ser viuda, católica, sin apodo, sin antecedentes penales, con domicilio en Santa Catarina, originaria de Guanajuato. Autora intelectual del crimen.
Elena García González, 39 años, soltera, católica, sin apodo, sin antecedentes penales, dedicada al hogar, sin instrucción. Cómplice del crimen.
Antonio García González, 30 años, casado, católico, sin apodo, sin antecedentes penales, primaria, empleado, originario de Tamaulipas, con domicilio en Renovación, Iztapalapa. Cómplice del crimen.
Juan Carlos Roque Saenz, 26 años, unión libre, católico, sin apodo, primaria, obrero, originario del D.F. Actor material del crimen.
Se les condena a 25, 21, 24 y 34 años de prisión, respectivamente, por encontrarse culpables bajo el cargo de homicidio en primer grado en contra del ciudadano Rafael Gutiérrez Moreno.
Camino a la ciudad de México. Carlos recordó la sentencia, se la sabía de memoria. Esperó que un día, al leerla, observar en los años de condena menos de veinticinco, pero nunca fue así. En cada una de las visitas a la cárcel, que empezó a hacer desde joven, su madre trataba de reconfortarlo. “Ya falta menos” le decía su madre con cariño. Las dos horas de viaje, su recién cumpleaños, la visita a su madre y padrino, le hicieron recordar su historia. Carlos se creía esclavo del destino, un alma con el designio de Dios.
En aquella época no se llamaba Carlos Fuentes. Se llamaba como su padre: Rafael Gutiérrez García. El primer recuerdo de la infancia es el estruendo, los balazos. Recuerda su niñez con sus abuelos, los paternos, y con alguna de sus tías, hermanas de Rafael. La basura fue el mundo que lo vio crecer. Desde pequeño, se imaginó mil y una aventuras en el tiradero de Santa Catarina, recorrió dumas de arena, que no eran más que montículos de basura. Su gran compañero de viaje fue Gaturro, un felino callejero que rondaba con frecuencia entre las casas de los pepenadores. A los diez años comió su primer “lorito”, como así se le conoce entre los pepenadores a una pieza de pollo o de res con algunos días de descomposición. Recordó el relato que le platicaba su abuelita, al que tenía miedo, sobre un tal Cambalachero: un hombre que vivía de intercambiar basura, timar con los anhelos, y robarse a los niños.
En la reciente visita que hizo a la cárcel, su madre le volvió a platicar cómo fue que su padre le enseñó a nadar, en un fin de semana que viajaron a Acapulco. Le señaló, como tantas veces, que Rafael siempre le decía cuando era pequeño: “Te vas a parecer a mí”. Sus hermanos mayores, Cuauhtémoc y Norma Gutiérrez, hoy día metidos en la política mexicana a través del PRI, le enseñaron a leer y escribir, no había dinero ni quién para llevarlo todos los días a la escuela. A los dieciocho años comenzó a trabajar como recolector de basura. A los veintitrés años lo ascendieron para conducir uno de los camiones de basura. Se enamoró de Sonia, hija de unos pepenadores del tiradero de Santa Catarina. Los padres, al verlo en persona, reconocer que era el vivo reflejo de su padre, le prohibieron a la hija que se juntara con él. A Rafael le pesó como nunca su nombre y apellido, la crueldad que su padre hizo en vida. Quiso hacer una nueva vida. Al mes siguiente le tocó trabajar como pepenador en uno de los “viajes”, el camión cargado con basura, que había llegado. Entre la basura encontró un ejemplar sucio e incompleto de La región más transparente de Carlos Fuentes. Leyó lo que pudo y quedó maravillado. En aquel tiempo su padrino aún tenía contactos en uno de los Registros Civiles de Iztapalapa, le pidió una nueva acta de nacimiento, una nueva fecha de nacimiento, un nuevo nombre y apellido, una nueva oportunidad, una oportunidad que no pesara tanto como la que le dejó su padre.
Rafael Gutiérrez García, que nació el 9 de abril de 1983, mudó a Carlos Fuentes García, con nacimiento del 16 de octubre de 1985.
Carlos llegó a la estación de autobuses de San Lázaro. Tenía tiempo de sobra para llegar a buena hora a su trabajo en la Central de Abastos, tenía que hacer el viaje de la tarde. Trabajo que consiguió hace tres años. Sabía del apodo que sus compañeros le habían colocado: El mutante. A Carlos le valía madres. Vivía sólo en un departamento pequeño. Ganaba cerca de quinientos pesos al día, la renta del departamento era apenas de mil seiscientos pesos. La gran parte del dinero que ganaba se lo gastaba en nuevos celulares, botellas caras de alcohol, cajetillas de cigarros y puteros. Sus cuatro grandes vicios. Carlos descendió del autobús y observó cómo una viejita sacaba de la parte del equipaje del autobús dos cubetas tapadas con un plástico azul, una de ellas contenía tortillas y quesos, y la otra venía con diferentes semillas, que la mujer llevaba a vender a uno de los mercados de la ciudad. Carlos, al ver que el resto de los pasajeros no prestaban la menor atención, fue en su ayuda. Tomó con algo de prisa una de las cubetas y la llevó hasta la entrada de la terminal. La viejita, que cargó la otra cubeta, lo alcanzó después de un momento y al ver el noble gesto, sacó de uno de los bolsos del mandil rosado un durazno fresco y dulce. Se lo acercó al rostro para que lo degustara, mientras le daba las gracias. Carlos Fuentes hizo un gesto de asco al oler el durazno.
***
El taxi llegó a la casa de Grecia, descendieron de él y pagaron cerca de setenta pesos. Eran cerca de las once de la noche y Grecia le pidió a Alfredo que por hoy se quedara en casa. Él aceptó con un poco de reserva. Era la primera ocasión que él visitaba la casa de ella. Todos sus familiares ya se encontraban descansando y Grecia lo condujo de la mano hasta el comedor. Al pasar por la sala, Alfredo notó que en la casa ya se había colocado la ofrenda del día de muertos. El olor inconfundible de cempasúchil, parafina, pan, calabaza, chocolate, fruta, azúcar, de noviembre. La familia tenía la costumbre de colocar la ofrenda semanas antes del festejo. Alfredo tomó asiento mientras Grecia entró a la cocina para prepararle un chocolate caliente, algo que reconfortara la noche húmeda y fría por la que habían pasado hace un momento. Alfredo continuó observando la casa, notó que al fondo había un pequeño jardín, el escondite preferido de Grecia cuando la tristeza la afligía.
Después de dar un breve vistazo por la casa, Alfredo revisó su celular. No había ninguna llamada perdida. Suspiró desilusión, poco le importó a su padre saber dónde se había metido, si regresaría al departamento o no. Grecia salió de la cocina con dos tazas de chocolate caliente y dos piezas de pan de muerto que sus padres habían comprado por la tarde. Cenaron mientras platicaban sobre los pendientes en cada uno de los trabajos. Él se sintió como en casa. Estaba por darle una mordida de nueva cuenta al pan, cuando ella le hizo un comentario inesperado:
–Cariño, me gustaría acompañarte al panteón para visitar a tu mamá.
Entonces Alfredo una fisura. No supo qué provocó aquel escalofrío, no supo si fue la benevolencia que producía el hogar, el chocolate caliente, el sabor particular del pan, la petición de Grecia o Grecia misma. Asentó con el rostro, dijo que le encantaría la idea, pero que prefería ir una semana antes porque los días primero y segundo de noviembre no cabe un alma, viva o muerta, más en los panteones. En los meses que llevaban de relación, Alfredo sólo daba unas cuantas referencias de su madre, todas insípidas. Intentó describirle a Grecia cómo fue su madre, pero las palabras se hacían cada vez más entrecortadas. Fueron cayendo en retrospectiva. El pecho se le fue llenando de nostalgia, la mente de vagos recuerdos, que comenzaron a desbordarse en lágrimas pausadas. Para sorpresa de él mismo, comenzó a llorar por su madre. Después de tres años de ausencia, que bien podrían valer el doble, Alfredo sintió de golpe la ausencia, el dolor, la angustia, el desasosiego. Se le fueron cayendo sobre la mesa del comedor los antifaces: “todo está bien”, “casi no la recuerdo”, “tuvo que pasar”, “no tengo por qué llorar”. Ni en su lecho de muerte, ni en el velorio, ni siquiera en la sepultura, Alfredo mostró la mínima expresión de lamento. Quizás, después de todo ese tiempo, logró entender el significado de la palabra “muerte”: finitud. Grecia, quien estaba sentada a su lado, lo recostó sobre su pecho, abrazándolo con ternura, como se abraza cuando se necesita; era la primera ocasión que lo veía llorar profundamente. Alfredo lloró recuerdos.
Las ocasiones en que su mamá lo llevaba al jardín de niños. Cuando lo levantaba temprano y lo arreglaba para llevarlo a la primaria. Cuando le festejaba sus cumpleaños con pasteles y regalos. Cuando saltaba en la cama para despertarla los fines de semana. Cuando le pedía dinero para comprar su Kinder sorpresa o su Boing de triangulo. Las navidades donde ella solía cocinar pavo, romeritos y espagueti. Los días de la madre donde Alfredo siempre le regalaba un dibujo y ella lo guardaba en el buró de su recámara. Todas las tardes cuando ella llegaba y lo primero que hacía era buscarlo. Las cosquillas, las escondidas, los juegos de mesa. Las canciones a la hora de dormir. La alegría cuando Alfredo se quedó en el bachillerato que quería. Las bendiciones al salir de casa rumbo a la preparatoria. El primer libro que Alfredo leyó por gusto y que su madre le compró. La última vez que platicó con ella. La carta, las tres promesas. Su mirada, su temple, su risa.
Alfredo terminó de llorar. Se secó las lágrimas con las manos. Grecia no supo qué decir, y la verdad es que no necesitaba decir algo más, ya había hecho bastante. Alfredo sintió una carga menos, lo único que pidió fue acostarse. Dejaron las cosas sobre la mesa y Grecia lo llevó a su habitación. Alfredo, por vez primera desde su muerte, logró soñar con ella.
***
–Hola. Buenas tardes. Disculpe: ¿hablo con el señor Carlos Fuentes?
–Buenas tardes. Así es: ¿qué quiere?
–Mi nombre es Alfredo Gómez, le hablo del Centro de Atención Telefónica.
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