viernes, 1 de julio de 2011

En el alba de la docencia histórica

En el alba de la docencia histórica

Carlos Agustín Córdova Flores[1]

Para Aline Ugalde:
“Hace poco, hace tanto, hace siempre”.

“Cómo pueden ser historiadores 
si no leen novelas, si no beben, 
si no hacen el amor".
Edmundo O´Gorman.

Ahí estaba, en una noche sin lluvia y con la computadora encendida, con el procesador de textos abierto esperando a que vaciara, vomitara, mi historia. Enseguida me vino a la mente la última reunión que tuve con mi novia y la pregunta que lanzó al aire mientras comentábamos el documental que minutos antes habíamos observado (La gran venta): ¿qué es lo que hizo a Carlos querer ser historiador? No respondí, bueno, sólo hice una mueca de alegría. Y mientras ella continuaba con la crítica cinematográfica, social, mi mente entraba en retrospectiva…

Nunca me consideré un niño talento, mis deberes escolares los hacía porque, al cumplirlos, mis papás se congratulaban en ello. Tampoco voy a venderles la imagen profética de alguien que siempre, desde infante, deseo ser historiador. De pequeño y hasta inicios de la preparatoria siempre me interesó la medicina: ¿por qué? asumí que los médicos ganaban mucho dinero, y que teniendo dinero conseguiría estabilidad, una buena familia, felicidad, para acabar pronto. Hoy sé que no es así, y para ser sinceros, no hubiese tenido la fuerza suficiente para terminar la carrera de medicina. 

Hay algo que quizás condicionó sobremanera la senda que elegí caminar: la docencia. Desde mis abuelos, la gran mayoría de mis familiares han sido maestros o por lo menos han dado algún curso. El escuchar de pequeño las pláticas de mis padres, hermanos y tíos sobre sus clases, los alumnos, y las cosas trágico-cómicas que solían acontecerles, me fueron describiendo un mundo que apenas iba conociendo. Otro recuerdo me traslada a los cursos de regularización que mis papás ofrecían a los vecinos, me gustaba estar en una de las bancas rayando un libro como si estuviese tomando apuntes. Para bien o para mal, nunca tuve la oportunidad de que alguno de mis padres resultara también ser mi maestro, pero las cosas que se decían sobre ellos como buenos docentes, cada uno en su área (primaria mamá, matemáticas en secundaría papá), hizo ganarme su admiración y respeto.

Edmundo O´Gorman (historiador a quien admiro profundamente) señalaba que en la elección de la profesión siempre entraba en juego la vocación, su etimología: (del latín vocatĭo, -ōnis, acción de llamar). “Llamado”, según O´Gorman, uno debía de sentir ese llamado de la profesión hacía uno para saber que estábamos en el camino correcto. Hoy explico mi “llamado” como docente en historia gracias a un recuerdo, inexacto como suelen ser los recuerdos. Al entrar a nivel secundaria me topé con la sorpresa que ahora tendría un profesor por cada una de las materias. De inmediato los extremos: Aurora Álvarez Durán, profesora de Física fue el mayor ejemplo que tuve como profesor y persona: estricta, pero justa; regañona, pero alentadora; simplemente uno de esos maestros con los que uno coincide en la vida, y por su forma de enseñar o por su forma de ser, nos siembran la idea de “ser maestro”. Todos hemos pasado por esa idealización: “ser como aquel maestro”.

Sin embargo, no puedo decir lo mismo del profesor de Historia que tuve en secundaria. Felipe de Jesús, sólo recuerdo el nombre, nunca me dio una clase. Quizás la primera, la única en que lo vi de pie y no como el resto de las ocasiones: sentado en su escritorio leyendo el periódico. La dinámica en los dos años que tuve con él nunca cambió: Abrir el libro de Historia[2] en la lección correspondiente y elaborar un resumen, o un cuestionario, o diez conclusiones. Sólo eso. Sin explicación, ni métodos pedagógicos, teorías hermenéuticas, o empleo de alguna TIC. Nada. En cada una de las clases (tres a la semana) hacer alguna de estas “actividades” en clase y terminarla a tiempo para que el profesor calificara, lo firmara, y anotara en su lista que trabajaste. No voy a negarlo: era cómodo. Él hacía como que enseñaba y nosotros hacíamos como que aprendíamos. Él hacía como que revisaba y nosotros hacíamos como que escribíamos. Una vez, en un resumen, coloqué en éste la frase, palabras más palabras menos: “y seguramente el maestro no se dará cuenta porque hace como que revisa”. Dicho y hecho, me levanté para que calificara mi actividad, le dio un vistazo y lo calificó. Mi incredulidad de aquella ocasión me hace revisar hoy día todo lo que me dan a leer. No vaya a ser que me pillen como lo hice alguna vez.
En el último año de secundaria, Historia de México, cambié de profesor, mas la dinámica en clase también dejaba mucho que desear. Bueno, en verdad, a esas alturas de la vida aún no comprendía por qué nos enseñaban historia. “Para saber las cosas importantes que han pasado a través del tiempo”… ¿sólo eso? El profesor, Raymundo Zamudio, al entrar a clase, colocaba pliegos de papel bond en el pizarrón con la información del tema de la clase correspondiente. Acto seguido, abrir el cuaderno para “transcribir” (eso era) la información de la lámina a la hoja de la libreta. Cuando no era copiar láminas, era tomar dictado de unas fichas de trabajo que el profesor llevaba consigo. Ambos ejemplos, años después (cuando ingresé a la licenciatura en Historia), provocaron en mí un desdén: así no era cómo se debía de enseñar la Historia. Ese fue el “llamado”, la vocación, saber que en alguna parte, en algún salón de clases, podía enseñarse la Historia de una manera distinta. Me di cuenta, entonces, que ahí estaba mi manera de ser, de actuar, de pensar, para hacer algo por el bien mío y de los que me rodean. Inevitablemente vienen a mí las palabras de Joaquín García Icazbalceta en una carta que le escribió a José Fernando Ramírez, en enero el 22 de enero de 1850:

Mas como estoy persuadido de que la mayor desgracia que puede sucederle a un hombre es errar su vocación, procuré acertar con la mía, y hallé que no era la de escribir nada nuevo, sino acopiar materiales para que otros lo hicieran; es decir, allanar el camino para que marche con más rapidez y con menos estorbos el ingenio a quien esté reservada la gloria de escribir la historia de nuestro país. Humilde como es mi destino de peón, me conformo con él, no aspiro a más; quiero sí, desempeñarlo como corresponde, y para ello sólo cuento con tres ventajas: paciencia, perseverancia y juventud[3].

Mi experiencia como docente se dio cuando estaba cursando la mitad de la licenciatura. Pese a la negativa por parte de la Coordinación del Colegio de Historia, por ser aún muy joven, fui ayudante de profesor en la materia de Historiografía de México (I, II, III y IV) durante un año. Los aquí presentes no me dejarán mentir cuando, en la primera clase, los nervios surgen de forma repentina e inexorable. Al final de la clase recibí las recomendaciones de la profesora Carmen de Luna, para mí resultó desastroso. Además, sin ánimos de justificarme, en aquel entonces atravesaba por un tórrido romance que me llevó a tomar la decisión de abandonar la ayudantía y formar una familia con ella y su hijo. Un año después, las cosas no funcionaron, cada uno cargó con su parte de culpa y nostalgia, comprendimos que si bien nuestras vidas habían coincidido, no supimos cómo entrelazarlas. 

Volví a la vida académica y retomé la ayudantía de profesor, ahora con otra maestra y asignatura: Margarita Moreno en Comentario de Textos. Con más experiencia, en lo académico y en la vida, tuve la oportunidad de conducir más actividades y dar más clases. Entre ellas destaco una donde les pedí a los alumnos que hicieran un breve ensayo sobre el por qué querían ser historiadores, qué los motivaba. La respuesta de ellos fue fructífera, la gran mayoría tenía un ideal: enseñar de forma distinta la Historia, fomentar la conciencia histórica de las personas. En el mismo curso se desarrolló un coloquio sobre la relación entre la historia y la literatura. Se trabajó con novelas históricas y se tuvo la oportunidad de convivir y comentar la obra con los autores dentro del coloquio. Y finalmente destaco una clase que dirigí sobre el cuento histórico, de la que partí para desarrollar mi tesis (el cuento histórico y la divulgación de la historia).

El empleo de las TIC para la enseñanza de contenidos en materia de Historia no ha sido desarrollado por completo. Resulta general la idea de una brecha existente en el uso de tecnologías entre el cuerpo docente y los alumnos. Es menester la actualización constante del docente, que aprehenda (con “h” intermedia) para sí el uso de las nuevas tecnologías y la aplicación de éstas. Desde una cuenta de correo o una presentación de diapositivas en Power Point, hasta la elaboración de cursos completos en plataformas de aprendizaje como la que ofrece Chamilo, pasando por la creación de bitácoras en Blogger, o la elaboración de actividades lúdicas con programas como Hot potatoes

Es aquí donde el conectivismo, como se le ha llamado a la teoría del aprendizaje con base en el desarrollo tecnológico, sirve como columna vertebral para la organización y enseñanza de contenidos a un alumnado inmerso dentro de la tecnología. Enseñar historia, no ya para aprenderse de memoria las fechas, acontecimientos y personajes más importantes, sino para crear y desarrollar una autoconciencia del alumno, los conceptos de procesos, temporalidades, y entramados históricos, explicarle no sólo la historia per se, sino también la manera en que se ha venido escribiendo, los intereses que hay de por medio, la multiplicidad de interpretaciones cimentadas en una investigación científica, acercarlos a las novelas y cuentos con temática histórica; ver el resto de las materias como complemento de la Historia misma, de la elaboración de nuevas formas de evaluación. Es momento, pues, de ofrecer los contenidos históricos al servicio de las tecnologías en aras de un mayor aprendizaje del alumnado, y desarrollar una historia como O´Gorman la quería, como yo también la quiero:  

Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras, una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente casualidad; una historia sólo inteligible con el curso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable[4].     

Si mi novia me volviese a preguntar: ¿qué es lo que hizo a Carlos querer ser historiador?, ésta sería gran parte de la respuesta. La otra parte queda en estas últimas palabras: fomentar a través de la Historia la cultura, el arte, el desarrollo de la conciencia, germinar en mis alumnos la necesidad de ser mejores consigo mismos. Que la Historia es autoconocimiento. Libertad.   

Ciudad Nezahualcóyotl, 1 de julio de 2011.


[1] Colegio de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.
[2] En segundo año de secundaria, el libro de texto fue el siguiente: Héctor J. Treviño, Rogelio Velázquez, Alberto Solís, Historia 2, 2da. edición, México, Ediciones Castillo, 2000, 198 pp.   
[3] Manuel Gutiérrez Martínez, Don Joaquín García Icazbalceta y su lugar en la historiografía mexicana, México, Porrúa, 1950, p.18.
[4] Edmundo O´Gorman, Ensayos de la Filosofía de la Historia, México, UNAM-IIH, 2007, p.109.

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