miércoles, 20 de julio de 2011

El hacedor de nostalgias.


El hacedor de nostalgias
Carlos Agustín Córdova Flores[1]

Para Aline Ugalde:
“Tech yanil”

“La nostalgia es hoy la palabra universal
 a la hora de considerar el pasado,
ningún término expresa mejor
el malestar moderno.”

El pasado es un país extraño,
David Lowenthal.

(En humilde homenaje a David Lowenthal, quien sin su obra, no hubiese sido posible este escrito).

*Estado de la cuestión de la palabra “nostalgia”.

El motor de búsqueda en internet, a través de su spider, de Bing (buscador de MSN) registra la cantidad de 21,600,000 resultados de la palabra “nostalgia”. Por otro lado, el buscador Google (el más conocido y utilizado en la actualidad) registra una cantidad de 92,900,000 resultados en un tiempo estimado de 0.08 segundos. El resultado de la búsqueda se bifurca en páginas con hipertexto y otra de videos e imágenes.

Musicalmente hay varias interpretaciones, todas con el nombre de “Nostalgia”. Nocturnal Depression posee una de ellas, curiosamente la palabra, que no su significado, aparece hasta la parte final de la letra, si se ve el video musical, se infiere que trata de todo menos de la nostalgia. Por otro lado, Rafael Orozco (colombiano) canta su canción “Nostalgia” con un ritmo sudamericano. Yanni Chryssomallis, pianista y compositor griego, en 1995 presentó en concierto su canción “Nostalgia” dentro del majestuoso salón At Albert, en London. También en piano, Richard Clayderman ejecuta su canción “Nostalgia” de forma cuasi exquisita. En el bolero, Bienvenido Granda (conocido entre su público como “el bigote que canta”) prestaba su voz a la canción hecha por Carlos Eleta, también llamada “Nostalgia”. Alex Lora, en el concierto sinfónico conmemorativo por los 30 años del TRI, desmenuza su canción titulada “Nostalgia”, llevándola a un estándar más generalizado. Ángel Canales, puertorriqueño,  y Andrés Calamaro, argentino, tienen versiones del tango “Nostalgias” (tango histórico en Argentina), creado por el poeta Enrique Cadicamo en 1936 y musicalizado por Juan Carlos Cobian, destacando la versión hecha con la voz de Carlos Gardel.

En cuestión de libros, la palabra “Nostalgia” aparece en los títulos: Nostalgia, de Avelino de Sousa; Nostalgia, de Adolfo Morales Mondaca; Modernidad y nostalgia: seis meditaciones sobre la nostalgia de mi mundo, de Jorge Luis Gómez; Cartas a los años de nostalgia, de Kenzaburo; Nostalgia de la muerte, de Javier Villaurrutia, Océano de nostalgias, de Marta Gómez Garrido; El ángel de nuestras nostalgias, de Guadalupe Loaeza; Con y sin nostalgia,  de Mario Benedetti; Nostalgia de la sombra, de Eduardo Antonio Parra; Nostalgia de la luz, de Mario González Suárez; y Nostalgia del absoluto, de George Steiner.

Cinematográficamente, Andrei Tarkovsky tiene una producción dramática titulada Nostalgia. En el arte dramático, hay una puesta en escena, en el foro La Gruta del Centro Cultural Helénico, titulada: Diálogos de nostalgia y pollos, escrita y dirigida por Manuel Cisneros, creada con base en la técnica Clown y de una fotografía llamada “ego paralizado” del alemán Jürgen Klauke.

La palabra “nostalgia” se escribe prácticamente igual en varias lenguas:

nostalgia, en español;
nostalgia, en inglés;
nostalgia, en italiano;
nostalgia, en portugués,
nostalgie, en francés;
nostalgie, en alemán;
nostalgie, en holandés;

Si la nostalgia tuviese que representarse en un color, sería el sepia… quizás el blanco y negro; y si la nostalgia tuviese que representarse en una pintura, como el pasado se representa en el rostro del Angelus Novus de Klee, según la novena tesis sobre la historia de Walter Benjamín, sería el rostro del puma hecho por el argentino Ezequiel Martin Baró, un óleo sobre madera que se titula “Nostalgia”.

*El tianguis como verbigracia nostálgica.

¿Qué si lo recuerdo? Con nostalgia lo recuerdo. Si mi memoria no me falla, tenía entre ocho y diez años, y estaba de vacaciones. Sí, debió ser más o menos por esa edad porque aún iba en la escuela primaria. Mis papás no tenían vacaciones por lo que me dejaban encargado con mi abuelita, quien vivía con nosotros. Ese día, me paré tarde y sin arreglarme bajé con mi pijama, una con los Power Rangers, al comedor para desayunar.  Mi abuelita ya estaba despierta y desde la cocina me preguntó si había dormido bien. “Sí abuelita”. Enseguida ella trajo el desayuno a la mesa: jamón con huevo y mi vaso favorito, uno de plástico de color azul con popote incluido, con leche y Chocomilk. Después de desayunar me fui a la sala para prender la tele y ponerle en el cinco para ver las caricaturas, supongo que mientras veía la televisión, mi abuelita aprovechaba el tiempo para desayunar o poner la carga de ropa en la lavadora o ambas cosas.

“Vente hijo, vámonos al tianguis”. No sé por qué las abuelitas también lo llaman a uno por “hijo”, quizás ven en nuestro rostro al niño que criaron hace años. Lo que sí sé es que no hay niño al que no le maravillen los tianguis. Subí a mi cuarto para cambiarme la pijama y ponerme mis tenis con luz, sí, de ésos que destellaban una luz roja a cada paso que dabas. Al bajar, mi abuelita ya me esperaba en la entrada de la casa, llevaba en sus manos un par de bolsas de mandado, ambas de colores brillantes. Ya en la calle, mi abuelita me tomaba de la mano, recuerdo que cada que salía a la calle pasábamos por un árbol, ahora sé que era un pino, del que me gustaba recoger unas “piñitas” que caían al suelo; también estaba un camión que recolectaba cascajo, siempre estaba estacionado y no sé por qué me daba miedo; y antes de llegar a la esquina de la casa había un árbol en forma de oso, siempre quise que cobrara vida.

A lo lejos podía observarse cómo la gente caminaba hacia el tianguis, y cómo las telas de un color rojizo deslavado servían de techo en cada uno de los negocios, cómo los lazos se cruzaban entre sí formando telarañas como las extensiones de corriente eléctrica sobre el asfalto, cómo las bicicletas y las carriolas y los carritos para el mandado se disputaban el paso por los pasillos angostos, cómo las básculas pesaban frutas y verduras que se tendían en montículos sobre el suelo, cómo la canción de moda sonaba en los puestos de música, cómo se abarrotan los puestos de carnitas y antojitos mexicanos, cómo la gente se prueba por encima el pantalón o la camisa con interés en comprarla, cómo el carrito de supermercado o la bicicleta con canasta recorren el tianguis vendiendo aguas y tacos, cómo los juguetes se extendían sobre el puesto envueltos en plástico, cómo las cazuelas de aluminio o los bloques de hielo hervían el chicharrón y mantenían fresco el pescado, cómo las bolsas de mandado se van llenando, cómo la gente va viendo los puestos en afán de distraerse o encontrar algo, cómo las avenidas y calles y topes y semáforos se pierden y abren paso; cómo en los puestos se puede encontrar casi de todo y regatear unos cuantos pesos, cómo el silbido se transforma en lenguaje, y cómo el lenguaje se va construyendo:

“Qué le falta, güerita”
“Cómo qué buscaba, joven”
“Pruébeselo, sin compromiso”
“Pásele, marchantita”
“Lléveselo aunque le pierda”
“Dígame, seño, qué va a llevar”
“Qué le damos, patrón, qué le damos”
“Reina, qué va a querer”

De niño me gustaba ir al tianguis con mi abuelita, ver tantas cosas, tanto ruido, tanto movimiento, tanta gente; además, para esa ocasión había guardado el domingo que me dio mi papá, al reconocer el puesto de juguetes me solté de la mano de mi abuelita y corrí al puesto. Había muchos juguetes y estaba indeciso, no sabía si comprar la pistola anaranjada con balas amarillas, o el camión que traía cochecitos (hoy sé que se les dice tráiler madrina), o el autobús de pasajeros, o el ring de madera con dos luchadores, o la espada con armas ninja, o el boliche de plástico, o una bolsita de canicas, o el estanque de pececitos que giraban dándoles cuerda e intentabas atraparlos con unas cañitas. Mi abuelita no tardó en alcanzarme. “No te me sueltes así, hijo, que te pueden robar”.

De regreso, camino a casa, mi abuelita llevaba las bolsas del mercado llenas, quise ayudarle a cargar una, pero estaban muy pesadas para mí. En la esquina, antes de dar vuelta a la calle de la casa, mi abuelita bajó las bolsas al suelo, pasó una de sus manos sobre su frente para quitarse algo del sudor que traía. “Abuelita, tengo sed”. Y para mi sorpresa ella sacó de una de las bolsas de plástico una bolsa con agüitas de sabor, eran unas tiritas de plástico, que también podían ser congeladas, no sé si te acuerdes. Enseguida tomé una roja. “Gracias, abuelita”. Ella sujetó de nuevo las bolsas de plástico y continuamos rumbo a la casa. “Pásate al frente, hijo, para que te vea”. Caminaba con mi abuelita detrás mientras tomaba mi agüita de grosella y miraba mi juguete nuevo. Estaba tan distraído con mi juguete que no me percaté que pasaba a la lado del camión que levantaba cascajo, cuando voltee a verlo estaba a punto de rebasarlo y me di media vuelta para agarrarme de mi abuelita. Entonces no la vi, me dieron ganas de llorar. “¡Abuelita!”, tiré mi agüita y por intuición rodee el camión. La encontré y el alma de niño me regresó al cuerpo. “No te escondas, abuelita, me asustas”. Ella soltó una leve risa. “Cómo crees que te voy a dejar, hijo, sólo era para ver qué hacías”. El resto de camino iba con los ojos tristes, rojos.

¿Qué si lo recuerdo? Ahí lo tienes, por eso nunca olvidaré el tianguis, como no olvido a mi abuelita y el miedo que aún le tengo a los camiones de volquete. Sí, acertaste, el juguete que me compré en el tianguis fue el de los pececitos.

*Breve historia de la nostalgia.

La nostalgia, sus manifestaciones, existen desde el tiempo de la misma existencia humana. Las primeras civilizaciones intentaron, al menos eso se cree, inmortalizar su paso por el mundo a través de las edificaciones y las primeras artes como fue el caso de la pintura. Posteriormente, griegos y romanos encontraron un refugio en las letras para sus respectivas épocas, la más de las veces en tiempos decadentes o de crisis. Conforme se fue suscitando el desarrollo de la humanidad la nostalgia paso a ser una diosa omnipresente. El tiempo que se vivió en la niñez se había perdido como hoy día suelen perderse las llaves. La fuerza y éxito, en cierta medida, del romanticismo del siglo XVIII y XIX se debe al refugió que presentó frente a los cambios drásticos, profundos y constantes en que se vivía; y es que aunque el ser humano ontológicamente está diseñado para el cambio, el movimiento, a nadie le agrada que surja de forma abrupta, salvo que sea para mejor, como sacarse la lotería o volverse famoso de la noche a la mañana. En las primeras décadas del siglo XX el término “a la antigua” se transfiguro, gracias a la mercadotecnia que comenzaba a desarrollarse, en un concepto de añoranza, de ofrenda y alabanza.

Sin embargo, hay un dato que campea, la nostalgia era considerada una aflicción. “La nostalgia del siglo XVII era más una queja física que una mental, una enfermedad con síntomas explícitos y a menudo letales”, señala Lowenthal en su obra El pasado es un país extraño. Johannes Hofer acuñó y diagnosticó por vez primera a la nostalgia como una aflicción, que podía llevar al paciente hasta la muerte. Philipe Pinel, neurólogo, tiempo después se dedicó a investigar los síntomas que presentaba la enfermedad. Entre éstos, destacaba la apariencia triste y demacrada, mirada perdida, actitud indiferente, falta de energía, silencios prolongados, abstención al alimento; hasta llegar a la muerte. Aunque morían de causas fisiológicas, la gente creía que la persona fallecía de nostalgia. Cabe señalar que la mayoría de los afligidos eran soldados o mercaderes, en ambos casos se cumplía un requisito previo, correspondiente a la etimología de la palabra en cuestión: estar lejos de su tierra natal. De ahí que los medicamentos en contra de la nostalgia fueran desde las purgas y sesiones con sanguijuelas hasta el retorno inmediato a sus hogares, pasando incluso por el opio. De esa manera, la nostalgia se mantuvo como aflicción durante mucho tiempo, casi hasta la mitad del siglo XX. A finales del siglo decimonónico, surgió un tratado médico sobre el padecimiento, los síntomas y su tratamiento. Se le consideraba contagiosa, al nivel de una epidemia. Para el ejército de los Estados Unidos, en plena Segunda Guerra Mundial, la nostalgia figuraba en la lista de enfermedades que podrían afectar al combatiente. En los años de la posguerra, la nostalgia cambió de aflicción física a enfermedad psicológica. Ahí fue donde los antidepresivos como el Prozac invadieron el mercado farmacéutico.

En la actualidad, la nostalgia ha dejado de figurar como aflicción física o enfermedad psicológica, se ha convertido en un estado emocional. En el sistema económico, capitalista y globalizado, la nostalgia se ha vuelto una de las mejores herramientas para la venta de productos y servicios. Se gana dinero con la nostalgia de la gente, la mercadotecnia lo sabe, y frases como “edición limitada” o “reviva el pasado”, provocan el arremolinamiento de la gente por poseerlo, ser uno de esos “pocos”, “especiales”. Camisas con la imagen de grupos musicales extintos como Nirvana o The Beatles; conciertos de grupos que tiempo atrás se habían desintegrado como Timbiriche, Magneto y Ov7; discos de vinilo de músicos recientes como Alejandro Fernández o Zoé; versiones de productos conmemorativos como Coca-Cola, vehículos que retoman el diseño y nombre de uno anterior como el Charger o Challenger de Dodge; repetición de partidos de fútbol en la televisión como la reciente final de México contra Uruguay por la copa mundial sub-17; es más, hasta gansitos con envolturas diferentes, cada una conmemorativa a una década pasada.

De todo lo anterior quizás se infiera una fórmula: a mayor incertidumbre del futuro y desconsuelo del presente, mayor es el estímulo de la nostalgia y la aprehensión del pasado.                 

*El hacedor de nostalgias.

Lo conocí en una cantina, cerca del Zócalo. Llegué a ésta por azares del destino, al menos eso creí en un principio.
Horas antes, Elizabeth y yo nos habíamos mandado a la chingada. No tenía ganas de saber más de ella. Nada mejor que el alcohol para olvidarla. Tomé asiento junto a la barra y comencé a pedir caballitos de tequila reposado Herradura. Al tercer caballito revisé mi celular, tenía el deseo de encontrar un mensaje o una llamada perdida de ella, pero nada. Guardé el teléfono y bebí el tequila de un solo sorbo. Limón y sal. ¿Por qué no llamaba? ¿No quería arreglar el problema? Me cree pendejo si piensa que yo voy a ser el rogón cuando la culpa fue de ella, y del otro cabrón. Hijo de puta. Cuatro caballitos de tequila, la música no ayudaba, cuando no era una canción que le había dedicado, era otra que inevitablemente me hacía recordarla. Quizás por eso aún existen las cantinas, para llorar las penas y vomitar los problemas. De nuevo la pregunta en mi mente: ¿por qué? Quise distraerme con cualquier otra cosa y observé al resto de la gente en la cantina. Entonces me percaté que en una de las mesas de la esquina sucedía algo poco común.

Un hombre delgado, de tez morena, cabello chino y entrecano, con barba algo prominente y vestido como un dandy hacia anotaciones en lo que parecía una servilleta. Frente a él se encontraba un hombre totalmente calvo, robusto, rasurado, de lentes, quien se reclinó en su asiento después de que él hombre entrecano escribió y le cedió uno de los dos tragos que tenía de su lado, para después beber de golpe el suyo y levantarse rumbo a la salida dejando un par de billetes sobre la mesa. En seguida, otro hombre, que estaba sentado en una de las mesas contiguas cambió de lugar y tomó asiento con el hombre de cabello chino y entrecano. Su rostro no hacía gesto alguno, tenía la vista fija en lo que parecía alguna confesión del hombre en turno. Pedí el quinto caballito del tequila al hombre de la barra y le pregunté si sabía algo. “Cuestión de negocios” Al parecer, quienes trabajaban en la cantina no tenían interés en saber más, era razonable. Después de hacer un acto similar como lo hizo con el hombre calvo y de lentes, el hombre entrecano se quedó solo en la mesa. El interés me invadió y me levanté de la barra un tanto mareado rumbo a su mesa, justo antes de llegar no me percaté que había entrado otro hombre que de inmediato fue en la misma dirección. Llegamos casi al mismo tiempo, pero el otro hombre me ganó el asiento. “Él ya estaba aquí desde antes”, escuché la voz grave, profunda, del hombre entrecano dirigiéndose al hombre que me había ganado el asiento, por lo que se levantó y se dirigió hacía otra mesa mientras me barría con la mirada. Me senté y comenzó la charla:

-¿Procedencia?- preguntó el hombre y ante mi rostro de ignorancia, tomó un sorbo de su trago.
-La verdad, es la inquietud. Pregunté al hombre de la barra y como no me supo decir de qué negocio se trataba, quise saberlo –dije esperando su comprensión.
-Entonces la inquietud te vino a meterte en una cantina que no conoces, a ver lo que la demás gente hace, a sentarte con un extraño con la posibilidad de que sea secuestrador o narcotraficante, a que te meta un balazo entre los ojos por andar, como dices, de inquieto –dijo el hombre sin inmutarse.
Entendí la estupidez que estaba cometiendo y quise levantarme del asiento, pagar la cuenta y salir del lugar.
-Por suerte, hace unas horas terminaste con ella. De no ser así, le hubiera dejado al otro hombre sentarse y no a ti.
Sus palabras se me vinieron como un balde de agua fría.
-Entonces: ¿escribo o no su nombre?  
Las sorpresas y preguntas iban en aumento. ¿Cómo lo sabía?, ¿qué hará si le doy el nombre? Un dolor punzante en el estómago me comenzó a dar. Tal vez, si seguía adelante, se aclararía la situación.
-Elizabeth… Elizabeth Mondragón –dije llevándome la mano al estómago.
-Ahora, platícame lo que pasó –dijo fijando mientras tomaba una servilleta con la mano y su pluma con la otra. Reconocí que era una Mont Blanc.
Mientras le platicaba la situación, el dolor en el estómago comenzó a desaparecer. Nunca me he considerado bueno para contar historias. Lo más curioso, es que todos somos capaces de construirlas. Terminé mi narración con la pelea de hace unas horas, la que él sabía por alguna extraña razón. El hombre entrecano escribió una línea en la servilleta y después la dobló por la mitad. Supongo que había escrito el nombre de ella.
-Estas son las reglas –dijo mientras yo tomaba un sorbo al caballito de tequila-, más vale que las entiendas porque no voy a repetirlas. Uno: un nombre, por lo que una vez hecha no vuelvas a buscarme. Dos: una procedencia, sólo le puedes decir a una persona lo que pasó, a nadie más; de esta manera, si la persona viene a buscarme, y me dice el nombre de la nostalgia, sabré de quién se trata, quién le habló de mí: tú no cumplías con esa regla. Tres: un pago, dejas dinero sobre la mesa o invitas un trago. Ahora elige y márchate.

Sin preguntar más, me levanté del asiento y dejé un par de billetes. Le tendí la mano para despedirme pero el hombre entrecano no correspondió. Enseguida el hombre que estaba esperando a que terminara se sentó. Me fui a la barra, terminé el caballito de tequila que aún tenía y pagué la cuenta. Llegué a casa y encendí el televisor. Tomé un six de cervezas Tecate y me senté a tomar en la sala mientras veía un maratón de películas por cable. De vez en cuando revisaba mi celular, seguía sin mensajes ni llamadas de ella. Si eso quería, a la chingada entonces…

Escuché el sonido del celular. Contesté sin ánimos. Me tomó por sorpresa su voz. “Hola, mi amor, ¿estás en casa?” ¡Qué? “Ay, mi amor, tú siempre tan gracioso, voy para allá. Te extraño”. Me levanté y abrí la puerta. Para mí sorpresa, ahí estaba ella, con el mismo vestido cuando la conocí en aquella fiesta. De inmediato me abrazo y comenzó a besarme. Empecé a desnudarla, su piel se veía más clara, se sentía más suave. Me montó sobre la sala y terminó en un orgasmo que nos dejó tendidos uno sobre el otro. Me repetía una frase al oído: “te extrañaba, cuánto te extrañaba”. Ahora servía el desayuno mientras me sonreía. Al parecer, el hombre entrecano me había devuelto a Elizabeth. Fui a la cantina y se lo agradecí, mi novia también lo hizo. Él, mal encarado, dijo lo mismo cuando me despedí de él. “Márchate”. Ahora lo hacíamos en su departamento, en la ducha, ahora recuerdo que esa fue la última vez que lo hice con ella antes de pelear. Pero ya no importaba, ella estaba aquí y no tenía por qué volver a irse. “Bésame”. Veíamos una película, compramos una casa, le hice el amor en la playa. Luego escuchaba un sonido fuerte, constante, como si se trataran de golpes. “Te amo, mi amor, te amo”. Yo también, mi amor, y qué bueno que estás aquí, que no peleamos. Qué eres mía y sólo mía, que nunca pasó nada con ese hijo de puta. Todavía no lo creo, todavía y aquí te veo.

Abrí los ojos, escuché el sonido de la televisión y que alguien tocaba a la puerta. Un sueño, el más real que había tenido hasta entonces, podía escuchar, oler, sentirla en lo más profundo, en lo más presente. Dejaron de tocar y yo seguía tendido en el sofá. Busqué mi celular y encontré un mensaje de ella: “Mañana paso por las cosas que tengo en tu casa”. Entendí que el hombre entrecano de la cantina me había timado, como los anuncios que prometen amarres de amor o éxito en la vida. Decidí esperar a que anocheciera y salir a buscarlo a la misma cantina para reclamarle. No me iba a ver la cara de pendejo.

Pasadas las horas llegué a la cantina, el hombre entrecano estaba en la misma mesa y vestido prácticamente igual. Esperé en la entrada sin que me viera y cuando hubo de terminar de charlar con un joven me abalancé sobre su mesa. Le gané el asiento a un anciano que estaba esperando en la mesa contigua.

-Te dije que no regresaras –dijo de forma tajante.
-Necesito aclarar unas cosas contigo y tu juego infantil –dije un tanto enfadado.
-Él ya estaba aquí desde antes –dijo señalando con la mirada al anciano.
-¿Ah, en serio?, pues que espere. Total, esto es una farsa –le dije.

El hombre finalmente accedió. Pedí un par de tragos y comencé a pedirle explicaciones.

-¿Cómo funciona exactamente? –pregunté con desdén.
-Es fácil, das un nombre y yo provoco la nostalgia –respondió mientras guardaba una servilleta en uno de sus bolsos.
-¿Cómo? –pregunté esperando a que me respondiera con la verdad.
-Eso no te lo puedo decir –dijo mientras se llevaba la copa con vino a su boca.
-Y supongo que se viven en el sueño –dije mientras el cantinero colocaba los tragos sobre la mesa.
-Convierto las nostalgias en sueños casi reales, sólo eso –dijo despreocupado.
-Una vil estafa –dije buscando incomodarlo.
-Una oportunidad, diría yo. Cuántos no quieren recuperar el pasado, un día, una persona, un juguete, en fin, un momento, un nombre. Tú te sientes ultrajado porque no supiste aprovecharlo. Y ése, no es mi problema –dijo en tono de sentencia.
-Suena tan irreal –dije un tanto resignado.  
-Tan irreal como los sueños o las nostalgias; y sin embargo, aquí están, así las vives –dijo evidenciando mis palabras.
      
Me bebí de un solo sorbo el trago, le dejé el otro y me levanté del asiento. Entonces él me pidió un nombre, no podía ser él mismo. Al menos me estaba dando otra oportunidad. “Eustacio Ramírez”. Salí de la cantina. Me fui a casa, tenía que ver a Elizabeth por la mañana para que tomara sus cosas. Además, entre más horas de sueño, mejor. Esa noche soné… viví con mi papá, quien murió en un accidente en la fábrica cuando era muy niño. Lo último que recuerdo de lo que viví con él es que jugamos una partida de ajedrez.
Ahora saben dónde y cómo lo conocí. Incluso, tienen algo que yo no tuve en un principio: la procedencia.

*La definición de la palabra “nostalgia”.
El diccionario de la Real Academia Española, define:
nostalgia.
(Del gr. νστος, regreso a la tierra natal y –algia, sufrir o penar).
1. f. Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos.
2. f. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.


Si me lo preguntan, la nostalgia es… fuga retrospectiva. Una droga de la que todos somos sigilosos adictos.


[1] Colegio de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.

viernes, 1 de julio de 2011

En el alba de la docencia histórica

En el alba de la docencia histórica

Carlos Agustín Córdova Flores[1]

Para Aline Ugalde:
“Hace poco, hace tanto, hace siempre”.

“Cómo pueden ser historiadores 
si no leen novelas, si no beben, 
si no hacen el amor".
Edmundo O´Gorman.

Ahí estaba, en una noche sin lluvia y con la computadora encendida, con el procesador de textos abierto esperando a que vaciara, vomitara, mi historia. Enseguida me vino a la mente la última reunión que tuve con mi novia y la pregunta que lanzó al aire mientras comentábamos el documental que minutos antes habíamos observado (La gran venta): ¿qué es lo que hizo a Carlos querer ser historiador? No respondí, bueno, sólo hice una mueca de alegría. Y mientras ella continuaba con la crítica cinematográfica, social, mi mente entraba en retrospectiva…

Nunca me consideré un niño talento, mis deberes escolares los hacía porque, al cumplirlos, mis papás se congratulaban en ello. Tampoco voy a venderles la imagen profética de alguien que siempre, desde infante, deseo ser historiador. De pequeño y hasta inicios de la preparatoria siempre me interesó la medicina: ¿por qué? asumí que los médicos ganaban mucho dinero, y que teniendo dinero conseguiría estabilidad, una buena familia, felicidad, para acabar pronto. Hoy sé que no es así, y para ser sinceros, no hubiese tenido la fuerza suficiente para terminar la carrera de medicina. 

Hay algo que quizás condicionó sobremanera la senda que elegí caminar: la docencia. Desde mis abuelos, la gran mayoría de mis familiares han sido maestros o por lo menos han dado algún curso. El escuchar de pequeño las pláticas de mis padres, hermanos y tíos sobre sus clases, los alumnos, y las cosas trágico-cómicas que solían acontecerles, me fueron describiendo un mundo que apenas iba conociendo. Otro recuerdo me traslada a los cursos de regularización que mis papás ofrecían a los vecinos, me gustaba estar en una de las bancas rayando un libro como si estuviese tomando apuntes. Para bien o para mal, nunca tuve la oportunidad de que alguno de mis padres resultara también ser mi maestro, pero las cosas que se decían sobre ellos como buenos docentes, cada uno en su área (primaria mamá, matemáticas en secundaría papá), hizo ganarme su admiración y respeto.

Edmundo O´Gorman (historiador a quien admiro profundamente) señalaba que en la elección de la profesión siempre entraba en juego la vocación, su etimología: (del latín vocatĭo, -ōnis, acción de llamar). “Llamado”, según O´Gorman, uno debía de sentir ese llamado de la profesión hacía uno para saber que estábamos en el camino correcto. Hoy explico mi “llamado” como docente en historia gracias a un recuerdo, inexacto como suelen ser los recuerdos. Al entrar a nivel secundaria me topé con la sorpresa que ahora tendría un profesor por cada una de las materias. De inmediato los extremos: Aurora Álvarez Durán, profesora de Física fue el mayor ejemplo que tuve como profesor y persona: estricta, pero justa; regañona, pero alentadora; simplemente uno de esos maestros con los que uno coincide en la vida, y por su forma de enseñar o por su forma de ser, nos siembran la idea de “ser maestro”. Todos hemos pasado por esa idealización: “ser como aquel maestro”.

Sin embargo, no puedo decir lo mismo del profesor de Historia que tuve en secundaria. Felipe de Jesús, sólo recuerdo el nombre, nunca me dio una clase. Quizás la primera, la única en que lo vi de pie y no como el resto de las ocasiones: sentado en su escritorio leyendo el periódico. La dinámica en los dos años que tuve con él nunca cambió: Abrir el libro de Historia[2] en la lección correspondiente y elaborar un resumen, o un cuestionario, o diez conclusiones. Sólo eso. Sin explicación, ni métodos pedagógicos, teorías hermenéuticas, o empleo de alguna TIC. Nada. En cada una de las clases (tres a la semana) hacer alguna de estas “actividades” en clase y terminarla a tiempo para que el profesor calificara, lo firmara, y anotara en su lista que trabajaste. No voy a negarlo: era cómodo. Él hacía como que enseñaba y nosotros hacíamos como que aprendíamos. Él hacía como que revisaba y nosotros hacíamos como que escribíamos. Una vez, en un resumen, coloqué en éste la frase, palabras más palabras menos: “y seguramente el maestro no se dará cuenta porque hace como que revisa”. Dicho y hecho, me levanté para que calificara mi actividad, le dio un vistazo y lo calificó. Mi incredulidad de aquella ocasión me hace revisar hoy día todo lo que me dan a leer. No vaya a ser que me pillen como lo hice alguna vez.
En el último año de secundaria, Historia de México, cambié de profesor, mas la dinámica en clase también dejaba mucho que desear. Bueno, en verdad, a esas alturas de la vida aún no comprendía por qué nos enseñaban historia. “Para saber las cosas importantes que han pasado a través del tiempo”… ¿sólo eso? El profesor, Raymundo Zamudio, al entrar a clase, colocaba pliegos de papel bond en el pizarrón con la información del tema de la clase correspondiente. Acto seguido, abrir el cuaderno para “transcribir” (eso era) la información de la lámina a la hoja de la libreta. Cuando no era copiar láminas, era tomar dictado de unas fichas de trabajo que el profesor llevaba consigo. Ambos ejemplos, años después (cuando ingresé a la licenciatura en Historia), provocaron en mí un desdén: así no era cómo se debía de enseñar la Historia. Ese fue el “llamado”, la vocación, saber que en alguna parte, en algún salón de clases, podía enseñarse la Historia de una manera distinta. Me di cuenta, entonces, que ahí estaba mi manera de ser, de actuar, de pensar, para hacer algo por el bien mío y de los que me rodean. Inevitablemente vienen a mí las palabras de Joaquín García Icazbalceta en una carta que le escribió a José Fernando Ramírez, en enero el 22 de enero de 1850:

Mas como estoy persuadido de que la mayor desgracia que puede sucederle a un hombre es errar su vocación, procuré acertar con la mía, y hallé que no era la de escribir nada nuevo, sino acopiar materiales para que otros lo hicieran; es decir, allanar el camino para que marche con más rapidez y con menos estorbos el ingenio a quien esté reservada la gloria de escribir la historia de nuestro país. Humilde como es mi destino de peón, me conformo con él, no aspiro a más; quiero sí, desempeñarlo como corresponde, y para ello sólo cuento con tres ventajas: paciencia, perseverancia y juventud[3].

Mi experiencia como docente se dio cuando estaba cursando la mitad de la licenciatura. Pese a la negativa por parte de la Coordinación del Colegio de Historia, por ser aún muy joven, fui ayudante de profesor en la materia de Historiografía de México (I, II, III y IV) durante un año. Los aquí presentes no me dejarán mentir cuando, en la primera clase, los nervios surgen de forma repentina e inexorable. Al final de la clase recibí las recomendaciones de la profesora Carmen de Luna, para mí resultó desastroso. Además, sin ánimos de justificarme, en aquel entonces atravesaba por un tórrido romance que me llevó a tomar la decisión de abandonar la ayudantía y formar una familia con ella y su hijo. Un año después, las cosas no funcionaron, cada uno cargó con su parte de culpa y nostalgia, comprendimos que si bien nuestras vidas habían coincidido, no supimos cómo entrelazarlas. 

Volví a la vida académica y retomé la ayudantía de profesor, ahora con otra maestra y asignatura: Margarita Moreno en Comentario de Textos. Con más experiencia, en lo académico y en la vida, tuve la oportunidad de conducir más actividades y dar más clases. Entre ellas destaco una donde les pedí a los alumnos que hicieran un breve ensayo sobre el por qué querían ser historiadores, qué los motivaba. La respuesta de ellos fue fructífera, la gran mayoría tenía un ideal: enseñar de forma distinta la Historia, fomentar la conciencia histórica de las personas. En el mismo curso se desarrolló un coloquio sobre la relación entre la historia y la literatura. Se trabajó con novelas históricas y se tuvo la oportunidad de convivir y comentar la obra con los autores dentro del coloquio. Y finalmente destaco una clase que dirigí sobre el cuento histórico, de la que partí para desarrollar mi tesis (el cuento histórico y la divulgación de la historia).

El empleo de las TIC para la enseñanza de contenidos en materia de Historia no ha sido desarrollado por completo. Resulta general la idea de una brecha existente en el uso de tecnologías entre el cuerpo docente y los alumnos. Es menester la actualización constante del docente, que aprehenda (con “h” intermedia) para sí el uso de las nuevas tecnologías y la aplicación de éstas. Desde una cuenta de correo o una presentación de diapositivas en Power Point, hasta la elaboración de cursos completos en plataformas de aprendizaje como la que ofrece Chamilo, pasando por la creación de bitácoras en Blogger, o la elaboración de actividades lúdicas con programas como Hot potatoes

Es aquí donde el conectivismo, como se le ha llamado a la teoría del aprendizaje con base en el desarrollo tecnológico, sirve como columna vertebral para la organización y enseñanza de contenidos a un alumnado inmerso dentro de la tecnología. Enseñar historia, no ya para aprenderse de memoria las fechas, acontecimientos y personajes más importantes, sino para crear y desarrollar una autoconciencia del alumno, los conceptos de procesos, temporalidades, y entramados históricos, explicarle no sólo la historia per se, sino también la manera en que se ha venido escribiendo, los intereses que hay de por medio, la multiplicidad de interpretaciones cimentadas en una investigación científica, acercarlos a las novelas y cuentos con temática histórica; ver el resto de las materias como complemento de la Historia misma, de la elaboración de nuevas formas de evaluación. Es momento, pues, de ofrecer los contenidos históricos al servicio de las tecnologías en aras de un mayor aprendizaje del alumnado, y desarrollar una historia como O´Gorman la quería, como yo también la quiero:  

Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras, una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente casualidad; una historia sólo inteligible con el curso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable[4].     

Si mi novia me volviese a preguntar: ¿qué es lo que hizo a Carlos querer ser historiador?, ésta sería gran parte de la respuesta. La otra parte queda en estas últimas palabras: fomentar a través de la Historia la cultura, el arte, el desarrollo de la conciencia, germinar en mis alumnos la necesidad de ser mejores consigo mismos. Que la Historia es autoconocimiento. Libertad.   

Ciudad Nezahualcóyotl, 1 de julio de 2011.


[1] Colegio de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.
[2] En segundo año de secundaria, el libro de texto fue el siguiente: Héctor J. Treviño, Rogelio Velázquez, Alberto Solís, Historia 2, 2da. edición, México, Ediciones Castillo, 2000, 198 pp.   
[3] Manuel Gutiérrez Martínez, Don Joaquín García Icazbalceta y su lugar en la historiografía mexicana, México, Porrúa, 1950, p.18.
[4] Edmundo O´Gorman, Ensayos de la Filosofía de la Historia, México, UNAM-IIH, 2007, p.109.