martes, 20 de septiembre de 2011

Sé que tendrás que llorar (décima entrega)


Sé que tendrás que llorar
Carlos Agustín Córdova Flores[1]

Para Aline Ugalde:
 “Tech yanil”

Para Adela Flores:

Por eso quiero recordarte,
que pase lo que pase,
no me olvido de ti.

Volar,
Zinkiyos y los Rebujitos

      
     El frío de la mañana lo despertó, sintió los pies helados. Quiso recobrar el sueño, pero la alarma del celular comenzó a escucharse: Bonobo – The shark. Se levantó de la cama, apagó la alarma y caminó rumbo a la cocina para encender el boiler, el trayecto lo hizo casi con los ojos cerrados, la distribución de los muebles no había cambiado en más de tres años; lo único “nuevo” era una mesita de centro que compró dos meses atrás, para colocar sobre ésta un crisantemo blanco que su novia le regaló. Después de encenderlo, regresó a la habitación para escoger la ropa y recostarse en la cama un par de minutos más. La ducha terminó por despertarlo, el vapor que escapaba por una de las ventanas lo hizo pensar en las nubes. En quince minutos terminó de arreglarse, el tiempo le alcanzó para prepararse un licuado y un tazón de avena. Tomó las llaves, se ajustó la corbata, se despidió de su padre y sin recibir alguna señal como respuesta salió rumbo al trabajo. Se preguntó, como todas las mañanas de lunes a viernes, desde hace tres años, si volvería a escuchar un “te vas con cuidado” de su padre. Su papá dejó de preocuparse por él tras la muerte de su esposa.

En el camino recibió una llamada de su novia, a ella le dieron la tarde libre en el trabajo y quería pasar el día con él, era miércoles y el pasado fin de semana no pudieron verse, como era su costumbre. Intercambiaron unas palabras, quedaron de acuerdo para verse pasadas las seis de la tarde. Comerían juntos y quizás saldrían al cine si encontraban algo bueno en la cartelera. El día grisáceo amenazaba con lluvia, por lo que él apresuró el paso, olvidó el paraguas en el departamento.

Eran mediados de octubre, hace un mes el país celebró, conmemoró tal vez, un año más del Grito de Dolores, de la Independencia Nacional. En las esquinas de las principales calles y avenidas de la ciudad hubo modestos puestos de madera sobre ruedas con infinidad de adornos, regalos, insignias y chucherías tricolores. Pasado el festejo, donde se enarboló un patriotismo desgastado, en centros comerciales y mercados se inició la venta del siguiente festejo: el día de muertos. Una tradición que, año con año, dejaba de serlo, asemejando más, de forma lamentable y garrafal, con el Halloween anglosajón.

Eran mediados de octubre y Alfredo, después de media hora de trayecto, llegó al trabajo. Poco le importó la parafernalia nacionalista, el desfile de la violencia, la supuesta guerra, el fanfarrón tricolor. Checó su hora de entrada, saludó a sus compañeros de oficina, encendió el ordenador y esperó cerca de quince minutos para que el Centro de Atención Telefónica abriera sus puertas. La única buena noticia que pronosticó el día fue el que vería a su novia. Nueve de la mañana, la primer sonrisa gracias a su recuerdo.

***

     Día de San José, 19 de marzo de 1987. Aproximadamente las dos de la mañana. La mayor parte de la gente dormía en sus hogares. Mientras, en el patio de la casa más lujosa, a orillas del tiradero de Santa Catarina, una sombra sagaz y delgada, se abrió paso entre guardias de seguridad, entró sin ser detectado y subió cada uno de los peldaños de la escalera hasta llegar a la recámara. En ésta, tres personas concilian el sueño, una familia. La sombra se internó por la puerta que quedó entreabierta. La madre despertó de improviso, como reconociendo la sombra y lo que estaba por suceder. Había llegado el momento. Tomó al niño, de apenas cuatro años, cuidando de no despertar a él o a su esposo. Caminó despacio hacia la esquina y se reclinó con el niño en brazos. La luz de la luna, a través del ventanal que daba al huerto de la planta baja, se reflejó contra un instrumento tosco y plateado que la sombra, aparentemente, sacó de uno de sus bolsillos. La señal se dio: la esposa volteó el rostro hacia un lado. Primer balazo: pecho izquierdo y el grito sórdido del esposo y el hijo que despertó bruscamente. Segundo balazo: antebrazo izquierdo, la lucha del esposo y la alerta en toda la casa. Tercer balazo: la barbilla y el miedo de la sombra al ver que el hombre no moría. Cuarto balazo: cerca del ojo derecho, el cuerpo sangrante tirado al lado de la cama y las primeras planas en los diarios de la mañana: Muere “El rey de la basura”.

Fue temido y respetado, le llamaban: “El rey de la basura”, porque controló la recolección de desperdicios en la ciudad de México, en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado. La fortuna que amasó se calculó en millones de pesos. Su poder fue basto,  incluso llegó a formar parte en la política como diputado suplente en la delegación de Iztapalapa con el PRI. Dicen que el poder y el dinero lo volvieron “loco”. Bastaba una seña para mover a miles de pepenadores como acarreados para el partido político, bastaba un chasquido con los dedos para hacer desaparecer a un pepenador, a cualquier persona que tuviera una deuda pendiente con él; hay quien dice que ordenaba atropellar con un camión recolector al que se pasara de listo, tirando el cuerpo con un camión de trascabo en el relleno sanitario; bastaba una mirada para obligar a los padres pepenadores de entregar a su hija, sólo porque al rey le gustaba y se la quería coger. Quiso tener 180 hijos, dejando la cuenta en cincuenta y tantos, de quién sabe cuántas mujeres, cuántas violaciones.

Logró su poder, fama y fortuna a través de la basura, lo que para la RAE o para nosotros significa: suciedad, residuo, lo que ya no sirve; él hizo que volviera a servir. Vendió cantidades industriales de cartón, papel, aluminio, vidrio etc. a las empresas para su reciclaje. Entre la basura no faltó el cubierto de plata, un arete de oro extraviado, un electrodoméstico descompuesto. Gracias a él, se aumentó  la tarifa por la recolección de basura. Si el gobierno del Distrito Federal no accedía pagar por el servicio de limpia, las puertas de tiradero se cerraban y ningún camión haría los trayectos.  

La otra cara de la moneda fue para las personas allegadas a él, a todos los pepenadores con los que él contaba, con su familia. Renovó el parque vehicular, mandó a construir casas para los pepenadores. Pavimentación, electricidad y telefonía, nuevas calles alrededor del tiradero de Santa Catarina. Si un familiar estaba en aprietos económicos, bastaba visitarlo para obtener el dinero. Era devoto de la Virgen de Guadalupe, mandó a construir una iglesia en Santa Catarina. Todas las navidades y años nuevos mandaba cerrar las puertas del tiradero y hacía una gran fiesta. Los días de la madre las señoras asistían gustosas con él para que les obsequiara algún electrodoméstico nuevo: licuadoras, lavadoras, refrigeradores, televisiones. Uniformes y salarios estables para los pepenadores. Protección legal si un chofer tenía un accidente con la unidad. Los seis de enero, niñas y niños hacían inmensas filas para recibir juguetes de su mano. En días de muerto, barriles de pulque para que la gente bebiera lo que quisiera y festejara a sus muertos. Autobuses una vez al año, que viajaban hacia Acapulco. Los quince de septiembre, él ondeaba la bandera como el presidente de la república. Su Zócalo era Santa Catarina. Fuegos artificiales: ¡Viva México!, porque le dio todo cuanto quiso.

Cambió el apellido de su madre, quien falleció cuando joven, mediante una nueva acta de nacimiento que tramitó, con ayuda de un amigo, colocando ambos apellidos de su padre, además de quitarse tres años (1942), y poner como fecha de nacimiento el 31 de diciembre, porque quería que su gente, familiares y pepenadores, festejaran su cumpleaños con la magnitud con la que se celebraba el año nuevo. Pepenador desde joven, chofer de camión que recolectaba basura; el niño que hacía sonar la campana en tanto se vislumbraba en la esquina de la calle el camión de basura o el carruaje de metal oxidado, montado sobre un par de neumáticos desgastados, y tirado por un caballo o asno. El infante que, jugando, se lastimó el ojo derecho, teniendo que ser intervenido, y desde entonces hacerse inseparable de unas gafas oscuras.

Rafael Gutiérrez Moreno nació el 4 de enero de 1939. 

***

     Alfredo fumó un cigarro a las afueras del trabajo, era su hora de descanso. Comió un sándwich, unas galletas y un jugo de uva para quitarse el hambre, que consiguió en la tienda de abarrotes, a dos cuadras del trabajo. Lo más probable es que saldría a cenar con su novia, por lo que no quiso comer demás. Tiró la colilla, la pisó con la suela del zapato izquierdo y entró para terminar las horas de trabajo restantes. Su jefe inmediato lo interrumpió para encomendarle más trabajo. le entregó una lista, más de diez hojas, con los mejores clientes que el Centro de Atención Telefónica de la zona tuvo en el año: puntualidad en los pagos, cambio del plan tarifario a uno de mayor costo, cambios de equipo, etc. Le pidió que de forma personal, número por número, llamara departe de la compañía para corroborar los datos del cliente, en especial la dirección de los hogares, puesto que la empresa planeaba otorgar en diciembre, a dichos usuarios, el libro: Avatares del teléfono en México de Fátima Fernández Christlieb. Su jefe le dejó uno de los ejemplares y le pidió tener hecha la relación antes de finalizar el mes de noviembre. Alfredo no tuvo más que acatar con la indicación.

–Por eso eres mi consentido, Alfredo, nunca me dices que no –dijo el jefe con un tono fanfarrón.

Alfredo sonrió sólo para darle gusto. La verdad es que lo aborrecía. El jefe se fue del lugar y él comenzó a hojear el libro mientras seguía trabajando. Descubrió que en el año de 1874 se otorgó la primera concesión para el uso del invento, el teléfono, en el país. Una de las primeras instalaciones telefónicas se dio en la calle de Coliseo, en Tlalpan. Casi una década después, se dio la primera llamada a larga distancia internacional desde Matamoros, Tamaulipas, hasta Brownsville, Texas. A principios de la última década del siglo decimonónico, se elaboró el primer directorio telefónico de la capital. Las primeras ciudades que contaron con el servicio en el país fueron: Guadalajara, Puebla, Oaxaca, Mérida y Veracruz. Entrado el siglo XX, México contaba con dos compañías telefónicas: Mexicana y Ericsson. En 1947 se funda TELMEX, por decreto presidencial de Miguel Alemán Valdés, fusionando ambas empresas en una sola, en función del Estado mexicano. Medio siglo después, 1990, Carlos Salinas de Gortari inició el proceso de privatización de la empresa, y Carlos Slim, junto con su consorcio, resultó ser el grupo de inversionistas ganador. En la década de los ochenta se manifestó el nuevo reto: la telefonía celular. Iusacell se convirtió en el líder y TELMEX entró a la contienda con la compañía Telcel, quince años después, gracias a la crisis económica del país, los papeles cambiaron, colocando a Telcel por encima del resto de las compañías que prestaban el servicio. Finalmente Internet, en 1996 TELMEX compró IBM, la empresa para sostener el servicio y SEARS, la tienda departamental proveedora del servicio, ofreciendo de esta manera Prodigy Internet a México. Hoy día, Telmex Internacional da servicio en Estados Unidos, Uruguay, Perú, Ecuador, Colombia, Chile, Brasil, Argentina… Latinoamérica entera en menos de diez años.

Alfredo llegó a la Plaza Comercial donde se quedó de ver con su novia. No tardó en reconocerla. Cabello negro recogido, un vestido blanco e impecable que llegaba por arriba de las rodillas, unas sandalias de color café y con poco maquillaje. Ella como una diosa helénica, como su nombre: Grecia. De inmediato fue a su encuentro. La besó como se besa cuando se extraña: irremediablemente. La lluvia que se pronunció todo el día comenzó a caer, por lo que decidieron cenar y pasear por la plaza mientras paraba la lluvia. Las ocho de la noche y ellos cenaron comida China. Alfredo tiene una fascinación por el chop suey. Caminaron por la plaza, entrando a cada una de las tiendas departamentales que les llamó la atención. Pasaron a un Mixup y compraron un par de películas al no encontrar nada bueno en la cartelera del cine de la plaza. La lluvia se convirtió en una tenue llovizna. Salieron de la plaza rumbo a la estación del metro. Afortunadamente, Grecia llevó consigo un paraguas, aparte de su abrigo, para cubrirse. Caminaron hacia la estación del metro próxima, a lo lejos observaron algo inusual: la gente salía de la estación y caminando en diferentes direcciones o llamando por teléfono. La línea dejó de dar servicio en varias estaciones debido a la torrencial lluvia. Alfredo y Grecia tuvieron que caminar por varios minutos para encontrar un taxi vacío. Después de abordarlo: el transito a vuelta de rueda. Media hora y no avanzaron ni medio kilómetro. El taxista comenzó a hacer la plática para mermar el tedio del viaje. Alfredo se preguntó cómo es que la humanidad había logrado un desarrollo tecnológico, como el teléfono, y aún así seguía siendo tan frágil ante una simple lluvia. Agua.

Dieron las diez de la noche y estaban próximos a la casa de Grecia. Descubrieron que, aparte de la lluvia, el transito fue provocado por un camión recolector de basura descompuesto, dejando inutilizable un carril de los dos que tenía la avenida, provocando un cuello de botella. El olor de la basura era penetrante. Alfredo y Grecia se taparon la nariz mientras pasaban junto al camión. El chofer del taxi les platicó que él trabajó un tiempo como chofer de camiones recolectores de basura. Les dijo que el olor que despedía el camión apenas si era lo común, los tiraderos y rellenos sanitarios olían peor. Les platicó de una persona en específico: las personas del tiradero hacían referencia de él como El mutante. El hombre hacía un viaje en específico, un viaje que la gran mayoría hacía con dificultad. En la Central de Abastos se llenaba un camión de una caja grande de color blanco. El desperdició que contenía y transportaba eran desechos de pescado y mariscos que se producían en el lugar. Por órdenes del departamento de Medio Ambiente del Distrito Federal, los residuos no podían mezclarse con ninguno otro. El problema era el olor que producía, dos o hasta tres veces más penetrante u nauseabundo que la basura común y corriente. Muchos no lograban completar el trayecto, teniéndose que turnar entre tres o cinco personas para llevar el camión desde la Central de Abastos hasta el tiradero. Muchos de los que intentaban hacer el viaje terminaban vomitando y no duraban más de una mes con el trabajo. Carlos Fuentes era el único que lograba hacer cada uno de los trayectos sin ningún problema, sin presentar algún síntoma repulsivo...

***

–Nombre –solicitó la mujer de la línea de autobuses.
–Carlos Fuentes –respondió el hombre alto, de complexión robusta, cabello negro y semblante malhumorado.
–Como el escritor –señaló la mujer en un tono de curiosidad por la homonimia.
–Sí, como él –contestó el hombre, cuya expresión en el rostro manifestaba: “no eres la primera que me lo dice”.
–Entonces le confirmo: un boleto de adulto a la Ciudad de México, asiento 23, con salida a las 7:20 de la mañana, a nombre de Carlos Fuentes. Serían 120 pesos.

Carlos pagó y tomó asiento en la sala de espera de la terminal. Los minutos de espera se desvanecieron mientras hacía un par de llamadas con su celular. Ingresó al autobús. Sólo llevó una mochila pequeña como equipaje. Fue a visitar a su padrino Joaquín Ávila, quien se encontraba viviendo en la ciudad de Puebla hace un par de años. El 16 de octubre fue su cumpleaños, el número veintiocho, y Carlos quiso festejarlo con él. La gente de la Central de Abastos, lugar donde trabajaba, lo apreciaba y le dio el fin de semana como descanso. Carlos no desaprovechó la oportunidad, el día domingo desde temprano lo pasó con su padrino a quien estimaba como un padre. El día sábado fue a visitar a su madre a la cárcel.

Sentencia número 8/88, expediente 76/87, 4 de enero de 1988, dictada por el licenciado Roberto Martín López, Juez Décimo Octavo Penal, por el delito de homicidio, en contra de Martha Alicia García González, Elena García González, Antonio García González y Juan Carlos Roque Saenz.
En marzo de 1987, la primera dijo tener 28 años, ser viuda, católica, sin apodo, sin antecedentes penales, con domicilio en Santa Catarina, originaria de Guanajuato. Autora intelectual del crimen.
Elena García González, 39 años, soltera, católica, sin apodo, sin antecedentes penales, dedicada al hogar, sin instrucción. Cómplice del crimen.
Antonio García González, 30 años, casado, católico, sin apodo, sin antecedentes penales, primaria, empleado, originario de Tamaulipas, con domicilio en Renovación, Iztapalapa. Cómplice del crimen.
Juan Carlos Roque Saenz, 26 años, unión libre, católico, sin apodo, primaria, obrero, originario del D.F. Actor material del crimen.

Se les condena a 25, 21, 24 y 34 años de prisión, respectivamente, por encontrarse culpables bajo el cargo de homicidio en primer grado en contra del ciudadano Rafael Gutiérrez Moreno.

Camino a la ciudad de México. Carlos recordó la sentencia, se la sabía de memoria. Esperó que un día, al leerla, observar en los años de condena menos de veinticinco, pero nunca fue así. En cada una de las visitas a la cárcel, que empezó a hacer desde joven, su madre trataba de reconfortarlo. “Ya falta menos” le decía su madre con cariño. Las dos horas de viaje, su recién cumpleaños, la visita a su madre y padrino, le hicieron recordar su historia. Carlos se creía esclavo del destino, un alma con el designio de Dios.

En aquella época no se llamaba Carlos Fuentes. Se llamaba como su padre: Rafael Gutiérrez García. El primer recuerdo de la infancia es el estruendo, los balazos. Recuerda su niñez con sus abuelos, los paternos, y con alguna de sus tías, hermanas de Rafael. La basura fue el mundo que lo vio crecer. Desde pequeño, se imaginó mil y una aventuras en el tiradero de Santa Catarina, recorrió dumas de arena, que no eran más que montículos de basura. Su gran compañero de viaje fue Gaturro, un felino callejero que rondaba con frecuencia entre las casas de los pepenadores. A los diez años comió su primer “lorito”, como así se le conoce entre los pepenadores a una pieza de pollo o de res con algunos días de descomposición. Recordó el relato que le platicaba su abuelita, al que tenía miedo, sobre un tal Cambalachero: un hombre que vivía de intercambiar basura, timar con los anhelos, y robarse a los niños.

En la reciente visita que hizo a la cárcel, su madre le volvió a platicar cómo fue que su padre le enseñó a nadar, en un fin de semana que viajaron a Acapulco. Le señaló, como tantas veces, que Rafael siempre le decía cuando era pequeño: “Te vas a parecer a mí”. Sus hermanos mayores, Cuauhtémoc y Norma Gutiérrez, hoy día metidos en la política mexicana a través del PRI, le enseñaron a leer y escribir, no había dinero ni quién para llevarlo todos los días a la escuela. A los dieciocho años comenzó a trabajar como recolector de basura. A los veintitrés años lo ascendieron para conducir uno de los camiones de basura. Se enamoró de Sonia, hija de unos pepenadores del tiradero de Santa Catarina. Los padres, al verlo en persona, reconocer que era el vivo reflejo de su padre, le prohibieron a la hija que se juntara con él. A Rafael le pesó como nunca su nombre y apellido, la crueldad que su padre hizo en vida. Quiso hacer una nueva vida. Al mes siguiente le tocó trabajar como pepenador en uno de los “viajes”, el camión cargado con basura, que había llegado. Entre la basura encontró un ejemplar sucio e incompleto de La región más transparente de Carlos Fuentes. Leyó lo que pudo y quedó maravillado. En aquel tiempo su padrino aún tenía contactos en uno de los Registros Civiles de Iztapalapa, le pidió una nueva acta de nacimiento, una nueva fecha de nacimiento, un nuevo nombre y apellido, una nueva oportunidad, una oportunidad que no pesara tanto como la que le dejó su padre.  

Rafael Gutiérrez García, que nació el 9 de abril de 1983, mudó a Carlos Fuentes García, con nacimiento del 16 de octubre de 1985.    

Carlos llegó a la estación de autobuses de San Lázaro. Tenía tiempo de sobra para llegar a buena hora a su trabajo en la Central de Abastos, tenía que hacer el viaje de la tarde. Trabajo que consiguió hace tres años. Sabía del apodo que sus compañeros le habían colocado: El mutante. A Carlos le valía madres. Vivía sólo en un departamento pequeño. Ganaba cerca de quinientos pesos al día, la renta del departamento era apenas de mil seiscientos pesos. La gran parte del dinero que ganaba se lo gastaba en nuevos celulares, botellas caras de alcohol, cajetillas de cigarros y puteros. Sus cuatro grandes vicios. Carlos descendió del autobús y observó cómo una viejita sacaba de la parte del equipaje del autobús dos cubetas tapadas con un plástico azul, una de ellas contenía tortillas y quesos, y la otra venía con diferentes semillas, que la mujer llevaba a vender a uno de los mercados de la ciudad. Carlos, al ver que el resto de los pasajeros no prestaban la menor atención, fue en su ayuda. Tomó con algo de prisa una de las cubetas y la llevó hasta la entrada de la terminal. La viejita, que cargó la otra cubeta, lo alcanzó después de un momento y al ver el noble gesto, sacó de uno de los bolsos del mandil rosado un durazno fresco y dulce. Se lo acercó al rostro para que lo degustara, mientras le daba las gracias. Carlos Fuentes hizo un gesto de asco al oler el durazno.

***

     El taxi llegó  a la casa de Grecia, descendieron de él y pagaron cerca de setenta pesos. Eran cerca de las once de la noche y Grecia le pidió a Alfredo que por hoy se quedara en casa. Él aceptó con un poco de reserva. Era la primera ocasión que él visitaba la casa de ella. Todos sus familiares ya se encontraban descansando y Grecia lo condujo de la mano hasta el comedor. Al pasar por la sala, Alfredo notó que en la casa ya se había colocado la ofrenda del día de muertos. El olor inconfundible de cempasúchil, parafina, pan, calabaza, chocolate, fruta, azúcar, de noviembre. La familia tenía la costumbre de colocar la ofrenda semanas antes del festejo. Alfredo tomó asiento mientras Grecia entró a la cocina para prepararle un chocolate caliente, algo que reconfortara la noche húmeda y fría por la que habían pasado hace un momento. Alfredo continuó observando la casa, notó que al fondo había un pequeño jardín, el escondite preferido de Grecia cuando la tristeza la afligía.

Después de dar un breve vistazo por la casa, Alfredo revisó su celular. No había ninguna llamada perdida. Suspiró desilusión, poco le importó a su padre saber dónde se había metido, si regresaría al departamento o no. Grecia salió de la cocina con dos tazas de chocolate caliente y dos piezas de pan de muerto que sus padres habían comprado por la tarde. Cenaron mientras platicaban sobre los pendientes en cada uno de los trabajos. Él se sintió como en casa. Estaba por darle una mordida de nueva cuenta al pan, cuando ella le hizo un comentario inesperado:

–Cariño, me gustaría acompañarte al panteón para visitar a tu mamá.

Entonces Alfredo una fisura. No supo qué provocó aquel escalofrío, no supo si fue la benevolencia que producía el hogar, el chocolate caliente, el sabor particular del pan, la petición de Grecia o Grecia misma. Asentó con el rostro, dijo que le encantaría la idea, pero que prefería ir una semana antes porque los días primero y segundo de noviembre no cabe un alma, viva o muerta, más en los panteones. En los meses que llevaban de relación, Alfredo sólo daba unas cuantas referencias de su madre, todas insípidas. Intentó describirle a Grecia cómo fue su madre, pero las palabras se hacían cada vez más entrecortadas. Fueron cayendo en retrospectiva. El pecho se le fue llenando de nostalgia, la mente de vagos recuerdos, que comenzaron a desbordarse en lágrimas pausadas. Para sorpresa de él mismo, comenzó a llorar por su madre. Después de tres años de ausencia, que bien podrían valer el doble, Alfredo sintió de golpe la ausencia, el dolor, la angustia, el desasosiego. Se le fueron cayendo sobre la mesa del comedor los antifaces: “todo está bien”, “casi no la recuerdo”, “tuvo que pasar”, “no tengo por qué llorar”. Ni en su lecho de muerte, ni en el velorio, ni siquiera en la sepultura, Alfredo mostró la mínima expresión de lamento. Quizás, después de todo ese tiempo, logró entender el significado de la palabra “muerte”: finitud. Grecia, quien estaba sentada a su lado, lo recostó sobre su pecho, abrazándolo con ternura, como se abraza cuando se necesita; era la primera ocasión que lo veía llorar profundamente. Alfredo lloró recuerdos.

Las ocasiones en que su mamá lo llevaba al jardín de niños. Cuando lo levantaba temprano y lo arreglaba para llevarlo a la primaria. Cuando le festejaba sus cumpleaños con pasteles y regalos. Cuando saltaba en la cama para despertarla los fines de semana. Cuando le pedía dinero para comprar su Kinder sorpresa o su Boing de triangulo. Las navidades donde ella solía cocinar pavo, romeritos y espagueti. Los días de la madre donde Alfredo siempre le regalaba un dibujo y ella lo guardaba en el buró de su recámara. Todas las tardes cuando ella llegaba y lo primero que hacía era buscarlo. Las cosquillas, las escondidas, los juegos de mesa. Las canciones a la hora de dormir. La alegría cuando Alfredo se quedó en el bachillerato que quería. Las bendiciones al salir de casa rumbo a la preparatoria. El primer libro que Alfredo leyó por gusto y que su madre le compró. La última vez que platicó con ella. La carta, las tres promesas. Su mirada, su temple, su risa.

Alfredo terminó de llorar. Se secó las lágrimas con las manos. Grecia no supo qué decir, y la verdad es que no necesitaba decir algo más, ya había hecho bastante. Alfredo sintió una carga menos, lo único que pidió fue acostarse. Dejaron las cosas sobre la mesa y Grecia lo llevó a su habitación. Alfredo, por vez primera desde su muerte, logró soñar con ella.

***

–Hola. Buenas tardes. Disculpe: ¿hablo con el señor Carlos Fuentes?
–Buenas tardes. Así es: ¿qué quiere?
–Mi nombre es Alfredo Gómez, le hablo del Centro de Atención Telefónica.


[1] Colegio de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.

miércoles, 20 de julio de 2011

El hacedor de nostalgias.


El hacedor de nostalgias
Carlos Agustín Córdova Flores[1]

Para Aline Ugalde:
“Tech yanil”

“La nostalgia es hoy la palabra universal
 a la hora de considerar el pasado,
ningún término expresa mejor
el malestar moderno.”

El pasado es un país extraño,
David Lowenthal.

(En humilde homenaje a David Lowenthal, quien sin su obra, no hubiese sido posible este escrito).

*Estado de la cuestión de la palabra “nostalgia”.

El motor de búsqueda en internet, a través de su spider, de Bing (buscador de MSN) registra la cantidad de 21,600,000 resultados de la palabra “nostalgia”. Por otro lado, el buscador Google (el más conocido y utilizado en la actualidad) registra una cantidad de 92,900,000 resultados en un tiempo estimado de 0.08 segundos. El resultado de la búsqueda se bifurca en páginas con hipertexto y otra de videos e imágenes.

Musicalmente hay varias interpretaciones, todas con el nombre de “Nostalgia”. Nocturnal Depression posee una de ellas, curiosamente la palabra, que no su significado, aparece hasta la parte final de la letra, si se ve el video musical, se infiere que trata de todo menos de la nostalgia. Por otro lado, Rafael Orozco (colombiano) canta su canción “Nostalgia” con un ritmo sudamericano. Yanni Chryssomallis, pianista y compositor griego, en 1995 presentó en concierto su canción “Nostalgia” dentro del majestuoso salón At Albert, en London. También en piano, Richard Clayderman ejecuta su canción “Nostalgia” de forma cuasi exquisita. En el bolero, Bienvenido Granda (conocido entre su público como “el bigote que canta”) prestaba su voz a la canción hecha por Carlos Eleta, también llamada “Nostalgia”. Alex Lora, en el concierto sinfónico conmemorativo por los 30 años del TRI, desmenuza su canción titulada “Nostalgia”, llevándola a un estándar más generalizado. Ángel Canales, puertorriqueño,  y Andrés Calamaro, argentino, tienen versiones del tango “Nostalgias” (tango histórico en Argentina), creado por el poeta Enrique Cadicamo en 1936 y musicalizado por Juan Carlos Cobian, destacando la versión hecha con la voz de Carlos Gardel.

En cuestión de libros, la palabra “Nostalgia” aparece en los títulos: Nostalgia, de Avelino de Sousa; Nostalgia, de Adolfo Morales Mondaca; Modernidad y nostalgia: seis meditaciones sobre la nostalgia de mi mundo, de Jorge Luis Gómez; Cartas a los años de nostalgia, de Kenzaburo; Nostalgia de la muerte, de Javier Villaurrutia, Océano de nostalgias, de Marta Gómez Garrido; El ángel de nuestras nostalgias, de Guadalupe Loaeza; Con y sin nostalgia,  de Mario Benedetti; Nostalgia de la sombra, de Eduardo Antonio Parra; Nostalgia de la luz, de Mario González Suárez; y Nostalgia del absoluto, de George Steiner.

Cinematográficamente, Andrei Tarkovsky tiene una producción dramática titulada Nostalgia. En el arte dramático, hay una puesta en escena, en el foro La Gruta del Centro Cultural Helénico, titulada: Diálogos de nostalgia y pollos, escrita y dirigida por Manuel Cisneros, creada con base en la técnica Clown y de una fotografía llamada “ego paralizado” del alemán Jürgen Klauke.

La palabra “nostalgia” se escribe prácticamente igual en varias lenguas:

nostalgia, en español;
nostalgia, en inglés;
nostalgia, en italiano;
nostalgia, en portugués,
nostalgie, en francés;
nostalgie, en alemán;
nostalgie, en holandés;

Si la nostalgia tuviese que representarse en un color, sería el sepia… quizás el blanco y negro; y si la nostalgia tuviese que representarse en una pintura, como el pasado se representa en el rostro del Angelus Novus de Klee, según la novena tesis sobre la historia de Walter Benjamín, sería el rostro del puma hecho por el argentino Ezequiel Martin Baró, un óleo sobre madera que se titula “Nostalgia”.

*El tianguis como verbigracia nostálgica.

¿Qué si lo recuerdo? Con nostalgia lo recuerdo. Si mi memoria no me falla, tenía entre ocho y diez años, y estaba de vacaciones. Sí, debió ser más o menos por esa edad porque aún iba en la escuela primaria. Mis papás no tenían vacaciones por lo que me dejaban encargado con mi abuelita, quien vivía con nosotros. Ese día, me paré tarde y sin arreglarme bajé con mi pijama, una con los Power Rangers, al comedor para desayunar.  Mi abuelita ya estaba despierta y desde la cocina me preguntó si había dormido bien. “Sí abuelita”. Enseguida ella trajo el desayuno a la mesa: jamón con huevo y mi vaso favorito, uno de plástico de color azul con popote incluido, con leche y Chocomilk. Después de desayunar me fui a la sala para prender la tele y ponerle en el cinco para ver las caricaturas, supongo que mientras veía la televisión, mi abuelita aprovechaba el tiempo para desayunar o poner la carga de ropa en la lavadora o ambas cosas.

“Vente hijo, vámonos al tianguis”. No sé por qué las abuelitas también lo llaman a uno por “hijo”, quizás ven en nuestro rostro al niño que criaron hace años. Lo que sí sé es que no hay niño al que no le maravillen los tianguis. Subí a mi cuarto para cambiarme la pijama y ponerme mis tenis con luz, sí, de ésos que destellaban una luz roja a cada paso que dabas. Al bajar, mi abuelita ya me esperaba en la entrada de la casa, llevaba en sus manos un par de bolsas de mandado, ambas de colores brillantes. Ya en la calle, mi abuelita me tomaba de la mano, recuerdo que cada que salía a la calle pasábamos por un árbol, ahora sé que era un pino, del que me gustaba recoger unas “piñitas” que caían al suelo; también estaba un camión que recolectaba cascajo, siempre estaba estacionado y no sé por qué me daba miedo; y antes de llegar a la esquina de la casa había un árbol en forma de oso, siempre quise que cobrara vida.

A lo lejos podía observarse cómo la gente caminaba hacia el tianguis, y cómo las telas de un color rojizo deslavado servían de techo en cada uno de los negocios, cómo los lazos se cruzaban entre sí formando telarañas como las extensiones de corriente eléctrica sobre el asfalto, cómo las bicicletas y las carriolas y los carritos para el mandado se disputaban el paso por los pasillos angostos, cómo las básculas pesaban frutas y verduras que se tendían en montículos sobre el suelo, cómo la canción de moda sonaba en los puestos de música, cómo se abarrotan los puestos de carnitas y antojitos mexicanos, cómo la gente se prueba por encima el pantalón o la camisa con interés en comprarla, cómo el carrito de supermercado o la bicicleta con canasta recorren el tianguis vendiendo aguas y tacos, cómo los juguetes se extendían sobre el puesto envueltos en plástico, cómo las cazuelas de aluminio o los bloques de hielo hervían el chicharrón y mantenían fresco el pescado, cómo las bolsas de mandado se van llenando, cómo la gente va viendo los puestos en afán de distraerse o encontrar algo, cómo las avenidas y calles y topes y semáforos se pierden y abren paso; cómo en los puestos se puede encontrar casi de todo y regatear unos cuantos pesos, cómo el silbido se transforma en lenguaje, y cómo el lenguaje se va construyendo:

“Qué le falta, güerita”
“Cómo qué buscaba, joven”
“Pruébeselo, sin compromiso”
“Pásele, marchantita”
“Lléveselo aunque le pierda”
“Dígame, seño, qué va a llevar”
“Qué le damos, patrón, qué le damos”
“Reina, qué va a querer”

De niño me gustaba ir al tianguis con mi abuelita, ver tantas cosas, tanto ruido, tanto movimiento, tanta gente; además, para esa ocasión había guardado el domingo que me dio mi papá, al reconocer el puesto de juguetes me solté de la mano de mi abuelita y corrí al puesto. Había muchos juguetes y estaba indeciso, no sabía si comprar la pistola anaranjada con balas amarillas, o el camión que traía cochecitos (hoy sé que se les dice tráiler madrina), o el autobús de pasajeros, o el ring de madera con dos luchadores, o la espada con armas ninja, o el boliche de plástico, o una bolsita de canicas, o el estanque de pececitos que giraban dándoles cuerda e intentabas atraparlos con unas cañitas. Mi abuelita no tardó en alcanzarme. “No te me sueltes así, hijo, que te pueden robar”.

De regreso, camino a casa, mi abuelita llevaba las bolsas del mercado llenas, quise ayudarle a cargar una, pero estaban muy pesadas para mí. En la esquina, antes de dar vuelta a la calle de la casa, mi abuelita bajó las bolsas al suelo, pasó una de sus manos sobre su frente para quitarse algo del sudor que traía. “Abuelita, tengo sed”. Y para mi sorpresa ella sacó de una de las bolsas de plástico una bolsa con agüitas de sabor, eran unas tiritas de plástico, que también podían ser congeladas, no sé si te acuerdes. Enseguida tomé una roja. “Gracias, abuelita”. Ella sujetó de nuevo las bolsas de plástico y continuamos rumbo a la casa. “Pásate al frente, hijo, para que te vea”. Caminaba con mi abuelita detrás mientras tomaba mi agüita de grosella y miraba mi juguete nuevo. Estaba tan distraído con mi juguete que no me percaté que pasaba a la lado del camión que levantaba cascajo, cuando voltee a verlo estaba a punto de rebasarlo y me di media vuelta para agarrarme de mi abuelita. Entonces no la vi, me dieron ganas de llorar. “¡Abuelita!”, tiré mi agüita y por intuición rodee el camión. La encontré y el alma de niño me regresó al cuerpo. “No te escondas, abuelita, me asustas”. Ella soltó una leve risa. “Cómo crees que te voy a dejar, hijo, sólo era para ver qué hacías”. El resto de camino iba con los ojos tristes, rojos.

¿Qué si lo recuerdo? Ahí lo tienes, por eso nunca olvidaré el tianguis, como no olvido a mi abuelita y el miedo que aún le tengo a los camiones de volquete. Sí, acertaste, el juguete que me compré en el tianguis fue el de los pececitos.

*Breve historia de la nostalgia.

La nostalgia, sus manifestaciones, existen desde el tiempo de la misma existencia humana. Las primeras civilizaciones intentaron, al menos eso se cree, inmortalizar su paso por el mundo a través de las edificaciones y las primeras artes como fue el caso de la pintura. Posteriormente, griegos y romanos encontraron un refugio en las letras para sus respectivas épocas, la más de las veces en tiempos decadentes o de crisis. Conforme se fue suscitando el desarrollo de la humanidad la nostalgia paso a ser una diosa omnipresente. El tiempo que se vivió en la niñez se había perdido como hoy día suelen perderse las llaves. La fuerza y éxito, en cierta medida, del romanticismo del siglo XVIII y XIX se debe al refugió que presentó frente a los cambios drásticos, profundos y constantes en que se vivía; y es que aunque el ser humano ontológicamente está diseñado para el cambio, el movimiento, a nadie le agrada que surja de forma abrupta, salvo que sea para mejor, como sacarse la lotería o volverse famoso de la noche a la mañana. En las primeras décadas del siglo XX el término “a la antigua” se transfiguro, gracias a la mercadotecnia que comenzaba a desarrollarse, en un concepto de añoranza, de ofrenda y alabanza.

Sin embargo, hay un dato que campea, la nostalgia era considerada una aflicción. “La nostalgia del siglo XVII era más una queja física que una mental, una enfermedad con síntomas explícitos y a menudo letales”, señala Lowenthal en su obra El pasado es un país extraño. Johannes Hofer acuñó y diagnosticó por vez primera a la nostalgia como una aflicción, que podía llevar al paciente hasta la muerte. Philipe Pinel, neurólogo, tiempo después se dedicó a investigar los síntomas que presentaba la enfermedad. Entre éstos, destacaba la apariencia triste y demacrada, mirada perdida, actitud indiferente, falta de energía, silencios prolongados, abstención al alimento; hasta llegar a la muerte. Aunque morían de causas fisiológicas, la gente creía que la persona fallecía de nostalgia. Cabe señalar que la mayoría de los afligidos eran soldados o mercaderes, en ambos casos se cumplía un requisito previo, correspondiente a la etimología de la palabra en cuestión: estar lejos de su tierra natal. De ahí que los medicamentos en contra de la nostalgia fueran desde las purgas y sesiones con sanguijuelas hasta el retorno inmediato a sus hogares, pasando incluso por el opio. De esa manera, la nostalgia se mantuvo como aflicción durante mucho tiempo, casi hasta la mitad del siglo XX. A finales del siglo decimonónico, surgió un tratado médico sobre el padecimiento, los síntomas y su tratamiento. Se le consideraba contagiosa, al nivel de una epidemia. Para el ejército de los Estados Unidos, en plena Segunda Guerra Mundial, la nostalgia figuraba en la lista de enfermedades que podrían afectar al combatiente. En los años de la posguerra, la nostalgia cambió de aflicción física a enfermedad psicológica. Ahí fue donde los antidepresivos como el Prozac invadieron el mercado farmacéutico.

En la actualidad, la nostalgia ha dejado de figurar como aflicción física o enfermedad psicológica, se ha convertido en un estado emocional. En el sistema económico, capitalista y globalizado, la nostalgia se ha vuelto una de las mejores herramientas para la venta de productos y servicios. Se gana dinero con la nostalgia de la gente, la mercadotecnia lo sabe, y frases como “edición limitada” o “reviva el pasado”, provocan el arremolinamiento de la gente por poseerlo, ser uno de esos “pocos”, “especiales”. Camisas con la imagen de grupos musicales extintos como Nirvana o The Beatles; conciertos de grupos que tiempo atrás se habían desintegrado como Timbiriche, Magneto y Ov7; discos de vinilo de músicos recientes como Alejandro Fernández o Zoé; versiones de productos conmemorativos como Coca-Cola, vehículos que retoman el diseño y nombre de uno anterior como el Charger o Challenger de Dodge; repetición de partidos de fútbol en la televisión como la reciente final de México contra Uruguay por la copa mundial sub-17; es más, hasta gansitos con envolturas diferentes, cada una conmemorativa a una década pasada.

De todo lo anterior quizás se infiera una fórmula: a mayor incertidumbre del futuro y desconsuelo del presente, mayor es el estímulo de la nostalgia y la aprehensión del pasado.                 

*El hacedor de nostalgias.

Lo conocí en una cantina, cerca del Zócalo. Llegué a ésta por azares del destino, al menos eso creí en un principio.
Horas antes, Elizabeth y yo nos habíamos mandado a la chingada. No tenía ganas de saber más de ella. Nada mejor que el alcohol para olvidarla. Tomé asiento junto a la barra y comencé a pedir caballitos de tequila reposado Herradura. Al tercer caballito revisé mi celular, tenía el deseo de encontrar un mensaje o una llamada perdida de ella, pero nada. Guardé el teléfono y bebí el tequila de un solo sorbo. Limón y sal. ¿Por qué no llamaba? ¿No quería arreglar el problema? Me cree pendejo si piensa que yo voy a ser el rogón cuando la culpa fue de ella, y del otro cabrón. Hijo de puta. Cuatro caballitos de tequila, la música no ayudaba, cuando no era una canción que le había dedicado, era otra que inevitablemente me hacía recordarla. Quizás por eso aún existen las cantinas, para llorar las penas y vomitar los problemas. De nuevo la pregunta en mi mente: ¿por qué? Quise distraerme con cualquier otra cosa y observé al resto de la gente en la cantina. Entonces me percaté que en una de las mesas de la esquina sucedía algo poco común.

Un hombre delgado, de tez morena, cabello chino y entrecano, con barba algo prominente y vestido como un dandy hacia anotaciones en lo que parecía una servilleta. Frente a él se encontraba un hombre totalmente calvo, robusto, rasurado, de lentes, quien se reclinó en su asiento después de que él hombre entrecano escribió y le cedió uno de los dos tragos que tenía de su lado, para después beber de golpe el suyo y levantarse rumbo a la salida dejando un par de billetes sobre la mesa. En seguida, otro hombre, que estaba sentado en una de las mesas contiguas cambió de lugar y tomó asiento con el hombre de cabello chino y entrecano. Su rostro no hacía gesto alguno, tenía la vista fija en lo que parecía alguna confesión del hombre en turno. Pedí el quinto caballito del tequila al hombre de la barra y le pregunté si sabía algo. “Cuestión de negocios” Al parecer, quienes trabajaban en la cantina no tenían interés en saber más, era razonable. Después de hacer un acto similar como lo hizo con el hombre calvo y de lentes, el hombre entrecano se quedó solo en la mesa. El interés me invadió y me levanté de la barra un tanto mareado rumbo a su mesa, justo antes de llegar no me percaté que había entrado otro hombre que de inmediato fue en la misma dirección. Llegamos casi al mismo tiempo, pero el otro hombre me ganó el asiento. “Él ya estaba aquí desde antes”, escuché la voz grave, profunda, del hombre entrecano dirigiéndose al hombre que me había ganado el asiento, por lo que se levantó y se dirigió hacía otra mesa mientras me barría con la mirada. Me senté y comenzó la charla:

-¿Procedencia?- preguntó el hombre y ante mi rostro de ignorancia, tomó un sorbo de su trago.
-La verdad, es la inquietud. Pregunté al hombre de la barra y como no me supo decir de qué negocio se trataba, quise saberlo –dije esperando su comprensión.
-Entonces la inquietud te vino a meterte en una cantina que no conoces, a ver lo que la demás gente hace, a sentarte con un extraño con la posibilidad de que sea secuestrador o narcotraficante, a que te meta un balazo entre los ojos por andar, como dices, de inquieto –dijo el hombre sin inmutarse.
Entendí la estupidez que estaba cometiendo y quise levantarme del asiento, pagar la cuenta y salir del lugar.
-Por suerte, hace unas horas terminaste con ella. De no ser así, le hubiera dejado al otro hombre sentarse y no a ti.
Sus palabras se me vinieron como un balde de agua fría.
-Entonces: ¿escribo o no su nombre?  
Las sorpresas y preguntas iban en aumento. ¿Cómo lo sabía?, ¿qué hará si le doy el nombre? Un dolor punzante en el estómago me comenzó a dar. Tal vez, si seguía adelante, se aclararía la situación.
-Elizabeth… Elizabeth Mondragón –dije llevándome la mano al estómago.
-Ahora, platícame lo que pasó –dijo fijando mientras tomaba una servilleta con la mano y su pluma con la otra. Reconocí que era una Mont Blanc.
Mientras le platicaba la situación, el dolor en el estómago comenzó a desaparecer. Nunca me he considerado bueno para contar historias. Lo más curioso, es que todos somos capaces de construirlas. Terminé mi narración con la pelea de hace unas horas, la que él sabía por alguna extraña razón. El hombre entrecano escribió una línea en la servilleta y después la dobló por la mitad. Supongo que había escrito el nombre de ella.
-Estas son las reglas –dijo mientras yo tomaba un sorbo al caballito de tequila-, más vale que las entiendas porque no voy a repetirlas. Uno: un nombre, por lo que una vez hecha no vuelvas a buscarme. Dos: una procedencia, sólo le puedes decir a una persona lo que pasó, a nadie más; de esta manera, si la persona viene a buscarme, y me dice el nombre de la nostalgia, sabré de quién se trata, quién le habló de mí: tú no cumplías con esa regla. Tres: un pago, dejas dinero sobre la mesa o invitas un trago. Ahora elige y márchate.

Sin preguntar más, me levanté del asiento y dejé un par de billetes. Le tendí la mano para despedirme pero el hombre entrecano no correspondió. Enseguida el hombre que estaba esperando a que terminara se sentó. Me fui a la barra, terminé el caballito de tequila que aún tenía y pagué la cuenta. Llegué a casa y encendí el televisor. Tomé un six de cervezas Tecate y me senté a tomar en la sala mientras veía un maratón de películas por cable. De vez en cuando revisaba mi celular, seguía sin mensajes ni llamadas de ella. Si eso quería, a la chingada entonces…

Escuché el sonido del celular. Contesté sin ánimos. Me tomó por sorpresa su voz. “Hola, mi amor, ¿estás en casa?” ¡Qué? “Ay, mi amor, tú siempre tan gracioso, voy para allá. Te extraño”. Me levanté y abrí la puerta. Para mí sorpresa, ahí estaba ella, con el mismo vestido cuando la conocí en aquella fiesta. De inmediato me abrazo y comenzó a besarme. Empecé a desnudarla, su piel se veía más clara, se sentía más suave. Me montó sobre la sala y terminó en un orgasmo que nos dejó tendidos uno sobre el otro. Me repetía una frase al oído: “te extrañaba, cuánto te extrañaba”. Ahora servía el desayuno mientras me sonreía. Al parecer, el hombre entrecano me había devuelto a Elizabeth. Fui a la cantina y se lo agradecí, mi novia también lo hizo. Él, mal encarado, dijo lo mismo cuando me despedí de él. “Márchate”. Ahora lo hacíamos en su departamento, en la ducha, ahora recuerdo que esa fue la última vez que lo hice con ella antes de pelear. Pero ya no importaba, ella estaba aquí y no tenía por qué volver a irse. “Bésame”. Veíamos una película, compramos una casa, le hice el amor en la playa. Luego escuchaba un sonido fuerte, constante, como si se trataran de golpes. “Te amo, mi amor, te amo”. Yo también, mi amor, y qué bueno que estás aquí, que no peleamos. Qué eres mía y sólo mía, que nunca pasó nada con ese hijo de puta. Todavía no lo creo, todavía y aquí te veo.

Abrí los ojos, escuché el sonido de la televisión y que alguien tocaba a la puerta. Un sueño, el más real que había tenido hasta entonces, podía escuchar, oler, sentirla en lo más profundo, en lo más presente. Dejaron de tocar y yo seguía tendido en el sofá. Busqué mi celular y encontré un mensaje de ella: “Mañana paso por las cosas que tengo en tu casa”. Entendí que el hombre entrecano de la cantina me había timado, como los anuncios que prometen amarres de amor o éxito en la vida. Decidí esperar a que anocheciera y salir a buscarlo a la misma cantina para reclamarle. No me iba a ver la cara de pendejo.

Pasadas las horas llegué a la cantina, el hombre entrecano estaba en la misma mesa y vestido prácticamente igual. Esperé en la entrada sin que me viera y cuando hubo de terminar de charlar con un joven me abalancé sobre su mesa. Le gané el asiento a un anciano que estaba esperando en la mesa contigua.

-Te dije que no regresaras –dijo de forma tajante.
-Necesito aclarar unas cosas contigo y tu juego infantil –dije un tanto enfadado.
-Él ya estaba aquí desde antes –dijo señalando con la mirada al anciano.
-¿Ah, en serio?, pues que espere. Total, esto es una farsa –le dije.

El hombre finalmente accedió. Pedí un par de tragos y comencé a pedirle explicaciones.

-¿Cómo funciona exactamente? –pregunté con desdén.
-Es fácil, das un nombre y yo provoco la nostalgia –respondió mientras guardaba una servilleta en uno de sus bolsos.
-¿Cómo? –pregunté esperando a que me respondiera con la verdad.
-Eso no te lo puedo decir –dijo mientras se llevaba la copa con vino a su boca.
-Y supongo que se viven en el sueño –dije mientras el cantinero colocaba los tragos sobre la mesa.
-Convierto las nostalgias en sueños casi reales, sólo eso –dijo despreocupado.
-Una vil estafa –dije buscando incomodarlo.
-Una oportunidad, diría yo. Cuántos no quieren recuperar el pasado, un día, una persona, un juguete, en fin, un momento, un nombre. Tú te sientes ultrajado porque no supiste aprovecharlo. Y ése, no es mi problema –dijo en tono de sentencia.
-Suena tan irreal –dije un tanto resignado.  
-Tan irreal como los sueños o las nostalgias; y sin embargo, aquí están, así las vives –dijo evidenciando mis palabras.
      
Me bebí de un solo sorbo el trago, le dejé el otro y me levanté del asiento. Entonces él me pidió un nombre, no podía ser él mismo. Al menos me estaba dando otra oportunidad. “Eustacio Ramírez”. Salí de la cantina. Me fui a casa, tenía que ver a Elizabeth por la mañana para que tomara sus cosas. Además, entre más horas de sueño, mejor. Esa noche soné… viví con mi papá, quien murió en un accidente en la fábrica cuando era muy niño. Lo último que recuerdo de lo que viví con él es que jugamos una partida de ajedrez.
Ahora saben dónde y cómo lo conocí. Incluso, tienen algo que yo no tuve en un principio: la procedencia.

*La definición de la palabra “nostalgia”.
El diccionario de la Real Academia Española, define:
nostalgia.
(Del gr. νστος, regreso a la tierra natal y –algia, sufrir o penar).
1. f. Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos.
2. f. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.


Si me lo preguntan, la nostalgia es… fuga retrospectiva. Una droga de la que todos somos sigilosos adictos.


[1] Colegio de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.