El chip de la vida
Un grupo de médicos, científicos y bioingenieros
de las mejores universidades del mundo dieron a conocer una mañana el proyecto
por el que estuvieron trabajando más de un cuarto de siglo: la creación del
“chip de la vida”.
Sin
pensar en las reacciones que pudiera traer consigo dicho invento, el cuerpo
colegiado presentó en la conferencia de prensa, que era cubierta por los medios
de comunicación más importantes a nivel internacional, el resultado de sus
continuos desvelos, desbordadas pasiones y fallidas pruebas de laboratorio. El
chip sería un artilugio que, según sus palabras: “cambiaría, de ahora en
adelante, el destino de la humanidad”. Pero, eso sí, se decían conscientes del
valor de la vida, de manera que no la tomaban como un juego ni mucho menos
pretendían ser más que Dios. Todo su esfuerzo era “en beneficio de la humanidad”,
según sus palabras.
Milán
Takahashi, el científico que fue designado para dar la noticia, refirió las
propiedades y los beneficios que obtendrían las personas que decidieran,
siempre por voluntad propia, instalárselo. Pronosticaba que, en menos de cinco
años y con los patrocinios suficientes, cada uno de los países podía adquirir
los aparatos necesarios para su adecuado funcionamiento. Los líderes nacionales
que dotaran en su administración pública los servicios de salud para la
instalación y el mantenimiento gratuito del chip, tenían más que asegurada su
permanencia en el poder.
La
primera característica del invento mencionado por Takahashi era un sistema que
permitía la ubicación exacta de la persona, a través de un posicionamiento
geosatelital, misma que podía ser obtenida desde una página en internet, aún en
construcción; resguardada por “vigilantes de la salud”, personas que
trabajarían para controlar y mantener estables y con buena saludo a todos los
portadores del artilugio. Lo segundo, es que el chip ofrecía un análisis y
seguimiento, segundo a segundo, de los signos vitales de la persona. Programaba,
de acuerdo a las necesidades de cada usuario, un análisis frecuente de la condición
médica de cada uno de los sistemas del cuerpo humano, con la finalidad de
situar cualquier descompensación fisiológica y evitar futuras enfermedades. Por
si fuera poco, el chip estaba dotado para indicar cualquier situación que
pusiese en riesgo la sanidad del portador. Si bien no podía combatir aún los
paros respiratorios, infartos o embolias, emitía, minutos antes de que sucediesen,
una leve sensación de hormigueo en todo el cuerpo, alertando así a la persona y
recibir con mayor prontitud los primeros auxilios (previo envío de una
ambulancia, por los “vigilantes de la salud”), teniendo una mayor probabilidad
de salvar su vida.
Decidieron
nombrarlo “el chip de la vida” porque con cada una de las acciones que podía
llevar a cabo aumentarían de forma potencial el estándar y calidad de la misma.
Aunque aún no evitaba las muertes accidentales, los asesinatos o los suicidios,
sus inventores pronosticaban el interés y desarrollo de la ingeniería biomédica
en el mundo gracias a su invento, en aras de llevar a cada país, a cada
habitante, la posibilidad real de prolongar su vida por mucho más tiempo. Takahashi
dio por terminada la conferencia presentando a Stephen Reichel, la primera
persona con el chip instalado. Aunque no se le permitió a la prensa hacer
alguna pregunta al ciudadano, éste expresó unas palabras: “Los invito a
protagonizar junto conmigo la nueva era”.
Después
de la noticia, las personas quedaron a la expectativa de lo que consideraban
“el invento del siglo”. Representantes de los laboratorios médicos y químicos
más importantes se arremolinaron en las instalaciones donde se llevaba a cabo
la investigación, esperando poder tener en sus manos la patente y con ello la
producción infinita y su distribución a gran escala. Ricos, empresarios y
mandatarios, voltearon la mirada e impulsaron como nunca a las ciencias médicas
y a la infraestructura tecnológica. Varias universidades instauraron en sus
aulas cursos, talleres, diplomados y hasta nuevas carreras afines a la ciencia
biomédica.
Por
su parte, la Iglesia –que para todo tiene una opinión– protestó en contra de
los científicos creadores de tan “infernado invento”, además de pregonar en la
feligresía que su uso era ir en contra de la voluntad de Dios. Quien osara
instalarse el “diabólico circuito”, estaría perjurando el designio divino. Por
otro lado, los humanistas, cultos, filósofos y letrados –quienes eran los menos
claros a la hora de definir “vida”– comenzaron a reinterpretar el concepto, como
queriendo reavivar el debate que hasta hace poco parecía acabado sobre el ser y
su existencia. Sea cual fuere la trinchera de pensamiento, todos estaban a la
expectativa de saber los costos, cuidados y demás parafernalia que traería consigo
el uso del sorprendente instrumento.
Con
el paso del tiempo, en los países subdesarrollados, el implante médico-electrónico
fue instalado a un porcentaje mínimo de las poblaciones. Millonarios, artistas
de televisión y figuras del medio político, tenían la dicha de perpetuar su
salud por muchos años más, y con ello continuar amasando su fortuna. Protestas,
marchas y plantones con motivo de la desigualdad de oportunidades para la
instalación del chip no se hicieron esperar. Bajo las consignas “el chip al
pueblo”, “nosotros pagamos por tu chip, político, ahora tú paga por el
nuestro”, “los de arriba viven más con el chip, los de abajo morimos peor sin
él” entre otras tantas, los ciudadanos exigían al Estado políticas públicas que
permitieran y gestionaran la gratuidad del chip, o de menos, los instrumentos
necesarios en cada hospital público para que la intervención quirúrgica no
fuera exclusiva de los hospitales privados.
El
mercado negro –que todo lo fabrica– hizo del deseo y la necesidad de la gente
de poseer un chip el negocio perfecto. Pronto supieron descifrar la
configuración del circuito integrado, además de su programación e instalación
médica, para elaborar chips genéricos a un menor costo y con las mismas o más
propiedades. Poco pudieron hacer los organismos mundiales de salud para detener
la comercialización de “chips piratas”. Las campañas publicitarias para
erradicar su compra y venta ilegal fueron ineficientes ante la propagación de
centros clandestinos para su instalación. Todos querían tener la oportunidad de
aumentar más de veinte años su vida, según las estadísticas ofrecidas por un
estudio socio-científico publicado por la revista Biosalud, una de las más reconocidas en el medio de la salud y la
ciencia.
Pasado
un lustro, la compañía Hoechst-Rhône presentó la “revolución del chip”, al ser los
responsables del primer implante de circuitos integrados simbióticos. Los
individuos Philippe y Nathalie –no se dieron sus apellidos–, fueron la primera
pareja en la historia que decidió someterse a tal operación. La novedad que
presentaba el invento era la posibilidad de acompañar a la pareja en el lecho
de su muerte, es decir, que en cuanto una de las personas portadoras falleciese
su chip emitiría una última señal, misma que llegaría al chip del otro portador
para generar el bloqueo de las fibras haz de his (las cuales se encargan de
transportar impulsos eléctricos al corazón), suspendiendo los latidos
cardiacos, provocando la muerte del otro portador en cuestión de minutos.
Defensores de los derechos humanos, moralistas y combatientes pro vida
reprobaron las acciones de la compañía pues, según éstos, se habían rebasado
los límites establecidos con la supuesta innovación del “chip de la vida”. El
portavoz de la empresa envió un comunicado al respecto, donde se hacía
referencia que Hoechst-Rhône no obligaba a ninguna persona a consumir su
producto, sino que, por el contrario, ofrecían una posibilidad real a millones
de personas de acompañar a su ser amado más allá de la muerte. “Somos una
opción si es tu decisión”, fue la frase que adoptó la compañía como slogan para
la venta de su producto. En plazas comerciales y tiendas departamentales, se
abrieron locales para adquirir y
promocionar el producto. Las autoridades se hicieron, como quien dice, “de la
vista gorda”, aceptando sobornos económicos o la instalación gratuita de chips
a familiares y amigos a cambio de su silencio y firma para aprobar la apertura
de más clínicas. Otro tanto de la población, gente de la tercera edad, se
dijeron agradecidos por tener la posibilidad de morir a la par que su pareja.
No se imaginaban, y no querían, pasar el resto de su vida en duelo. Preferían
la muerte a la nostalgia constante del recuerdo de la vida que pasaron
acompañados de su ser amado.
A su vez, en la telefonía móvil, un grupo de hackers lograron colocar en
el mercado de aplicaciones para los celulares, un programa que permitiera
registrar la ubicación del la otra persona, sólo con el código de identidad que
poseía cada chip. Celosos y celosas –que por todos lados se cuecen habas–,
hicieron de la aplicación la herramienta de su preferencia para tener ubicada a
la pareja en todo momento. No faltaron los y las que descubrieron al amor de su
vida en un motel. No faltaron los y las que terminaron con su relación porque
descubrieron a su pareja siguiéndolos a todas partes. Tampoco faltaron los
primeros muertos por el chip simbiótico a raíz de una pelea con la pareja, como
el extraño caso de suicidio-homicidio de Berenice y Joaquín. Ella descubrió que
su pareja le fue infiel, y como castigo, decidió suicidarse el mismo día en que
descubrió tan importunada verdad, y así, quitándose la vida, dejó sin función
el chip de su compañero, quien fue sorprendido mientras trabajaba. Falleció
casi al instante. Dicen que los peritos encontraron una carta hecha por ella,
en su casa, donde describía todo el odio y frustración de saberse engañada, y
más, con una mujer mucho más joven que ella. “Si ya no quería ser mío, ¿por qué
no decirlo? Pues bien, si mío no es, entonces de nadie”.
Sea como fuere, el chip de la vida había logrado ser un parteaguas en la
historia de la humanidad, en la vida cotidiana, en la forma de amar y de
relacionarse. Usted: ¿se lo instalaría?
Rodrigo O´Gorman