Para ti: todos los dinosaurios
Carlos Agustín Córdova Flores
Para Aline Ugalde:
“Tech yanil: en tus manos quedo”.
Los papás creyeron que
estaba mintiendo. “Sacaste lo mentiroso de tu madre”, “puras farsas, igualito a
tu padre”. El niño no quiso entender de razones ni, como dicen, ver la “o” por
lo redondo. Él cuenta lo que vio con esos ojitos avellana que sacó del abuelo
Eleuterio. Y no es que tuviera antecedentes de ser un niño mentiroso o
problema. Suele hacer sus deberes en casa, aunque con cierta desgana; gusta de
ir a la escuela pese a que falla en las matemáticas –estúpidos quebrados–, y le aburre la
historia por los sepulcrales nombres y las áridas fechas. Ayuda en el local del
mercado, casi nunca enferma y por lo regular no se queja cuando no le compran
algo que quiere. Si le piden de favor las cosas, algún mandado o trabajo, no se
niega y lo hace. Y si llora, como lo hizo para que le creyeran, toma la manga
de su suéter de lana y se la lleva al rostro para limpiarse las lágrimas
mientras gimotea. “Yo no lo vendí”.
***
“Gente día, gente sol,
gente creo, gente lila, gente tronco, gente fandango, gente homicida, gente
urgida, gente fraude, gente plástico, gente fama, gente tiempo, gente trama,
gente marca, gente nube, gente luz, gente llovizna, gente noche”.
Aquí estoy, cansado y viejo, esperando de
nuevo un golpe de suerte, una caridad del mundo que bien sé no llegará nunca.
Si tan sólo estuvieras, tan siquiera una hora. Sesenta minutos serían apenas
los necesarios para dejar de extrañarte, para terminar de decirte que eres mi
caos y yo tu orden. Caminar de nuevo por la Alameda Central, la misma en que nos
hicimos novios hace tantos años y en la que coincidimos por accidente.
Desayunar en La Pagoda esperando que
la mesera no olvide traerte una vez más tu bísquet con mermelada que tanto
degustabas. Escuchar un “Gus”, una risa provocada por mi extinto sentido del humor,
un “Teamodoro” al final del día.
Sigo
aquí, enlutado y taciturno, caminando por nuestra Alameda que, como yo, día con
día viene a menos. Tomar asiento en la misma banca donde todas las mañanas de
domingo te leía una de las innumerables conversaciones de Mañanas de la alameda de México de Carlos María de Bustamante:
“Para facilitar a las señoritas el estudio de la historia de su país”.
De aquí me voy, furioso y nostálgico,
viendo cómo transita la gente para llegar a su trabajo, a un negocio, a una
cita, a un asunto sin tomarme en cuenta. Si estuvieras… si estuvieras aún
conmigo, junto a esta banca, en el centro del universo que es esta Alameda,
tendría el coraje suficiente para confrontar al destino, o tan siquiera, la
mínima voluntad para perderme y marcharme contigo.
***
“Ese niño es un pingo”,
dijo el abuelo Eleuterio el fin de semana que la familia fue a visitarlo a su
casa en Cuatitlán Izcalli. “Qué bueno que me lo traen, hija, con el niño la
casa cobra vida”. Y en verdad sucede. El niño se divierte explorando la inmensa
vivienda con sus pasillos de tezontle, escaleras de madera barnizada, paredes
de azulejos lustrosos y puertas con vitrales multicolor. El niño juega y se
esconde, se sorprende y descubre nuevas flores que no había visto en su última
visita –ese día le tocó la fortuna de encontrarse con un diente de león listo
para ser diseminado por un soplo pueril–. Si por él fuera, se quedaría en la
casa de su abuelo toda la vida. Jugaría a ser el guardián del rey y del
castillo, jugar a que se es grande, como los grandes juegan en ocasiones a ser
chicos. “Él dice que no lo vendió, papá, pero ni Juan ni yo lo vendimos”.
Yahír –su mamá veía con devoción el realityshow de La Academia, tanto así que le pareció cumplido nombrarlo como su
participante favorito– quería que
le creyeran como él creía en los Reyes Magos aunque nunca le trajeran todo lo
que pedía. “Este año sí” se decía para sus adentros cada que se acercaba la
fecha. Esperaba despertar este próximo día de reyes y encontrar los regalos que
él había pedido encima del sofá o escondidos en toda la casa o quizás sobre la
alfombra descolorida de la casa del abuelo alumbrados por las lucecitas
navideñas. Sólo le faltaban tres dinosaurios para completar su colección,
exactamente el número de reyes magos que llegarían por la noche mientras él
durmiera, y amanecer con la sorpresa de tener a toda la Fuerza Dinocombate. “No lo vendí, se escapó”.
***
Hace unas semanas Julio
vino a la casa, seguramente para ver si todavía estaba vivo o, como él dice: “si
ya había devuelto el envase”. Eso es lo que quiere, verme muerto para poder
quedarse con la casa, el muy huevón quiere dejar de seguir pagando la renta.
Por mí que se la quede, la venda o haga lo que le pegue la gana. No sé hasta
cuándo respete tu última voluntad: “Hijo, si yo muero, deja que Gus se quede en
la casa”. No sé si su esposa sea la que en realidad quiere sacarme de aquí.
Agradezco tu gesto, querida, pero si ellos deciden que me vaya no puedo negarme,
las escrituras están a nombre de tu hijo. ¿A dónde iré? podré quedarme por
temporadas con algunos de mis amigos. También tengo algo de dinero ahorrado
para rentar un departamento apenas con lo necesario. Sigo en la primaria, los
niños son cada vez más inquietos y yo cada vez menos tolerante. Tan sólo un año
más para poder jubilarme por antigüedad y así retomar muchas de mis lecturas
atrasadas y que nunca concluí en mi época de estudiante, como los dos tomos de El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en
la época de Felipe II de Fernand Braudel, los cuatro tomos de El Virreinato de José Ignacio Rubio
Mañé, o cada uno de los cinco volúmenes de las Lecturas históricas mexicanas compiladas por Ernesto de la Torre
Villar.
En unos días será Noche Buena y también
Año Nuevo. Julio me hizo la invitación para acompañarlos en su casa en esas
fechas. Le agradecí el gesto, pero le comenté que algunos amigos de antaño ya
me habían hecho una invitación para estar con ellos. Lo más seguro es que, en
ambas celebraciones, me quede aquí en casa. Me prepararé algo sencillo, lo
acompañaré con algo de licor, quizá el ron Zacapa
que guardé para festejar nuestro aniversario de bodas de oro que ya no se
cumplieron, fumaré el par de tabacos que me regaló Jorge Hernández como
recuerdo de su último viaje a Cuba, y me quedaré dormitando mientras escucho el
álbum Soultrane de John Coltrane.
Para qué te digo todo esto, haga o deje de
hacer ya no importa. Adentro de tu ataúd también se quedaron las mañanas cuando
me despertaba el sonido de la regadera y tu canto mientras te duchabas y tus
pasos mientras te acercabas desnuda y tus ojos, piel y cabellos recién húmedos
y evocadores. Se enterraron las salidas en el automóvil rumbo al trabajo, los
mensajes y llamadas por celular que me duele ahora ya no puedas responder, las
llegadas a la casa para encontrarte trabajando en la computadora. Bajo tu
sepulcro yacen para siempre la ternura, la complicidad, lo erótico y la
inspiración. En tu cuerpo queda mi correspondencia, mi ansia, mi necesidad, mi
querencia.
***
Yahír se levanta temprano
y lo primero que hace es tallarse con los dedos las lagañas que quedan en las
comisuras de los párpados. Ir al baño, mear en el retrete, echarse agua en la
cara y el cabello, vestirse, acomodar los útiles en la mochila, salir con su
papá rumbo al mercado en un destartalado Chrysler
Shadow de faros opacos y amarillentos. Dormir en el camino, despertar con
la voz áspera del padre. Llegar al mercado, caminar atrás de él hasta llegar al
local, abrir los candados y esperar a que su papá eleve la cortina de metal
estridente. Y al subirse por completo, el rostro de Yahír cambia para mostrar
una sonrisa. De inmediato se acerca a cada una de las peceras que se encuentran
dentro del local. Empieza a contar: primero los periquitos australianos cuya
cabeza se esconde entre las alas, después cuenta cada hámster que están, según
el niño: “hechos bolita”, en una de las esquinas de la jaula. Yahír suele jugar
con éstos: intenta tomar un hámster sin que éste despierte –sólo lo ha logrado
una vez–; continúa con las tortugas de caparazones hechizantes, que le
recuerdan a sus dinosaurios de juguete, hasta llegar a la cantidad de quince,
después intenta enumerar cada uno de los peces polícromos y finalmente cuenta a
los gatitos y perritos de miradas enternecedoras.
Darles de comer y cuidarlos es la tarea
principal de Yahír, toma asiento en uno de los bancos, suele desayunar una
guajolota de dulce con champurrado, y se dedica a terminar la tarea. La
primaria queda atrás del mercado, por lo que Yahír, al dar la hora, sale rumbo
a la escuela. Después de clases, regresa al local y se dedica a ayudar de nueva
cuenta en el local hasta las seis de la tarde, tiempo en que su papá cierra el
negocio y regresan a casa en el mermado automóvil. Yahír era feliz en el local,
incluso en la escuela, porque en ambos lugares, podía jugar con éstps e imaginar
que eran como sus dinosaurios de la Fuerza
Dinocomabate.
***
Anteayer perdí los
estribos. No sólo fue iniciar este año sin tu compañía, de estos domingos en la Alameda ahora innecesarios;
la esperanza de seguir esperando una llamada a mi teléfono o el sonido de la
chapa de la puerta de la casa cediendo ante la llave, el no encontrar la
computadora encendida, un “algo” que me dé la certeza de saber que sólo es un
mal sueño; que te fuiste de viaje o decidiste pasar la noche con tu hijo y su
familia. Tenía que suceder, desquité toda la soledad con los niños de la
primaria. Es como si escuchara tu desaprobación: “¡Ay mi Gus!”. Incluso los
libros, cómplices de mis más profundos pensamientos, me hicieron hincapié en lo
sucedido. Gabriel García Márquez, con su cuento Un señor muy viejo con unas alas enormes me confrontó: “Aunque
muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde
entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su
pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo
en reposo”. Y es que parecía que no les importaba mi esfuerzo, mi persona, mi
duelo; era como aquella vez en la Alameda: ignorado y excluido por la gente
toda; como si no importara que te perdí para siempre, como obligándome a continuar
con la vida, como si se trataran de armatostes ciegos, sordos e insensibles;
como si el trato humano fuera la ley del “chingo o me chingan”. Entraron al
salón de clases de forma desordenada para platicar con sus compañeros sobre las
vacaciones y lo que todos le iban a pedirles a los reyes magos. Pregunté por la
tarea que les dejé antes de salir de vacaciones, pero ninguno la hizo, creo que
ni siquiera abrieron un libro. No quisieron sacar el cuaderno de matemáticas
para dar inicio a la clase, se levantaban de sus asientos, había dormido poco
esa noche y desperté resfriado. No, no les pegué, aunque ahora que lo pienso,
quizás y lo que les dije fue más fuerte que una nalgada o un jalón de greñas.
Para colmo de males, el día de ayer antes de entrar a la escuela, ya me
esperaba una comitiva de padres de familia indignados y efusivos. Acusaciones,
señalamientos, advertencias y hasta mentadas de madre. Si no es que la
directora intercedió para llevarme a la dirección, bien pude haber sido objeto
de alguna agresión física. “Yo le recomiendo que se tome unos días económicos,
profesor”. Tal vez me tome algunos días de la próxima semana, pero no por el
momento. Además: ¿quién dice que ellos no lo sabían? Yo lo supe a su edad y
aquí me tienen: cincuenta y ocho años, sociólogo frustrado y sin título,
maestro de primaria por necesidad y por una “cuota de inversión” para comprar
la plaza en el SNTE. Y desde hace un mes: viudo. Qué tiene de malo que lo
sepan, que se den cuenta que el mundo está peor día con día, que para nadie los
niños siguen siendo la esperanza, que muchos de ellos no reciben el cariño de
sus padres, que otros tantos no los tienen ni juntos, que los educan en casa
con golpes y gritos y regaños y castigos e indiferencia. Entonces: ¿por qué
enfadarse si les dije a los niños que no existen los reyes magos?
***
Las palabras del profesor
Gustavo le cayeron a Yahír como un balde de agua fría. Cómo podía ser posible
que los reyes magos se trataran en realidad de los padres. Al salir de la
escuela, rumbo al mercado, Yahír intentó hacer un ejercicio de retrospección.
Cada cinco de enero, él intentaba quedarse dormido, pero sus papás le insistían
en que durmiera para que así los reyes magos pudieran llegar a entregar los
regalos. Infirió, con la habilidad casi de un adulto, el por qué de aquellos
recorridos por los centros comerciales y ferias de juguetes para hacer su carta
de reyes; misma que era revisada por su mamá para ver “si estaba bien escrito y
los reyes magos le trajeran, sin temor a confundirse, los juguetes que pedía”. Sus
últimos juguetes, los dinosaurios de la serie Fuerza Dinocombate, eran en realidad obsequios sus papás. Se
preguntó si, en caso de ser verdad, compraban los juguetes desde antes o el
mismo día, y principalmente: en dónde los guardaban. En esos años, Yahír no
había notado nada extraño como para creer en lo dicho por el profesor. ¿A él le
habrán traído regalos los reyes magos? “Igual y nunca le trajeron regalos y por
eso dice mentiras” pensó el niño para sus adentros cuando llegó al local.
Yahír quiso saber la verdad. Después de
ayudar en el local, le dio de comer a los peces y tortugas, se fue en silencio
durante el camino a casa en el automóvil. Observó a su padre y quiso
preguntarle si es verdad que era, aparte de papá, rey mago. Llegó a casa, cenó
y mientras los papás se quedaron en la sala viendo la televisión, Yahír entró
al cuarto donde ellos dormían. Buscó en el ropero, en alguno de los cajones del
tocador, hasta que, debajo de la cama, dio con ellos. Ahí estaban dos de los
últimos tres dinosaurios para completar su colección: Fuerzatriceratops y Fuerzavelociraptor.
El profesor tenía razón: no existían los reyes magos.
***
Verónica: hoy un niño me
despertó del sueño, me abrió los ojos del velo de tu ausencia. Al término de la
clase él se acercó, pensé que iba a reprocharme por haberle dicho a todo el
grupo que los reyes magos no existían. Sacó de su mochila ocho dinosaurios de
juguete, los acomodó sobre mi escritorio y me dijo: “Para ti: todos los
dinosaurios”. Me platicó sobre cada uno de ellos y cómo los fue adquiriendo. “El
último lo compré” y al preguntarle si había ahorrado sus domingos, me dijo que
vendió un cachorro días antes en el local que tiene con sus papás, que se quedó
con el dinero y les dijo que se había escapado. Con un nudo en la garganta, le
dije que no podía recibirlos, que eran suyos. “Los reyes magos te los trajeron”,
le dije, y su respuesta me terminó por humedecer mis ojos: “pero a ti nunca te
trajeron, por eso te los doy”. Guardé los dinosaurios en su mochila y me
despedí de él diciéndole que sí existen los reyes magos, que él era un rey mago
porque me regaló no sus dinosaurios sino su tierna inocencia, la realidad de
los niños y un corazón en paz que, tras tu muerte, había perdido. Sé que estás
conmigo, en todas partes, todo tiempo, en la vida misma: nuestra coincidencia
más allá de la Alameda.